Con mirada inocente me preguntaste ¿Crees que soy buena niña?
Y antes de articular palabra, tus ojos brillaron mientras me
mirabas con picardía, al tiempo que agitabas con descaro la botella, haciendo
saltar su contenido con la fuerza de un géiser, soltando una carcajada
diabólica, a la vez que clavabas tu mirada en mi entrepierna.
Eres perversa, te dije entonces, sabedores de la erección que tu
maldad había provocado al verte disfrutar con ese gesto, alegoría de la acción
que horas nates habías ejecutado con maestría en mi carnal anatomía.
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