METRICOOL

viernes, 21 de junio de 2024

NOCHE DE DIFUNTOS



Acompañando a la luna llena, tan brillante como siniestra, las campanas tañeron fúnebres a golpe de inerte badajo, anunciando la llegada de la larga noche en la que las ánimas despiertan, por única vez en el año, al oír la llamada de los repliques del bronce, que las guían desde el más allá para reencontrarse con los todavía mortales que habitamos este mundo.

Puntuales y austeras las recuerdo hoy, cuando el solemne sonido todavía resuena en mis oídos, cuando intento recordar qué es lo que sucedió anoche, pues siento mi cuerpo cansado, mi mente dispersa y confundida y mi deseo anulado.

Exhausto amanecí esta mañana cuando los rayos del sol de otoño golpearon mis cerrados párpados mientras, inmerso en un profundo sueño, yacía desnudo en mi cama, amnésico y agotado.

Extraño me sentí y, somnoliento, me dirigí a lavarme la cara para desperezarme, y mientras el agua corría intenté reconocer a aquel que, frente a mí, en el espejo se reflejaba. Y era yo, pero no reconocía el gesto ni el rictus del serio hombre que, con afilada mirada clavaba sus pupilas en mis ojos. Me refresqué la cara con la fría agua en dos o tres ocasiones, froté mi rostro y mis ojos y me sequé con la toalla de manos. Volví a mirar al reflejado extraño intentando reencontrarme y recordar qué había pasado.

Seguía sintiéndome raro cuando, caminando por el pasillo hasta la cocina para poner la cafetera, me vi reflejado, de cuerpo entero en el espejo que ilumina el final del pasillo, no dando crédito a lo que mis ojos estaban viendo.

Mi cuerpo estaba magullado con arañazos por el pecho y el abdomen, huellas de mordiscos en mis hombros y cuello y heridas en la espalda y en mis nalgas como si me hubieran clavado las uñas con desgarradoras ganas.

Aturdido por la escena, no alcanzaba a recomponer los acontecimientos que la pasada noche habían acontecido.

Me di la vuelta y regresé al baño con una necesidad desconocida por ducharme, como queriendo limpiar mi cuerpo de los restos del todavía desconocido suceso, y mi alma del embrujo de la litúrgica noche.

Cuando comenzó a correr el agua tibia me metí bajo la ducha, alzando la cara al cielo abrí los ojos y dejé que la cálida lluvia limpiara mi mirada y comencé a enjabonar mi cuerpo con mis manos, mientras mi piel herida se quejaba, escociéndome ligeramente, pero tan soportablemente como para poder incidir, intentado desinfectar y aliviar las laceraciones, pero lo más sorprendente no lo había descubierto todavía.

Al enjabonar mi pubis, mi sexo no reaccionó como habitualmente hacía, alegrándose del frote de mis jabonosas manos, todo lo contrario. Sentí mi glande hipersensibilizado, de manera que casi me molestaba cualquier roce, por suave que fuera. Di por finalizada la ducha apresuradamente. Me sequé y fui con urgencia a tomarme el pospuesto café.

En albornoz, sentado en la cocina, mi mente se atormentaba por no recordar lo sucedido. Miré el reloj, eran las doce y pensé, doce horas han pasado de la llamada, a golpe de replique de campanas, al aquelarre en el que celebrar la comunión de los muertos con los vivos, cuando sonó mi smartphone.

Eras tú, comprobé al mirar la pantalla del teléfono. Hola, te saludé, intentando sonar alegre. Hola, me respondiste jovial, interpelándome al instante ¿Qué tal lo pasaste anoche? Mmmm, dudé un instante y me sinceré: no me acuerdo de mucho, la verdad, pero si te apetece refrescarme la memoria, te invito a un café, está recién hecho.

Apenas me había dado tiempo a ventilar el piso cuando, habiendo pasado unos quince o veinte minutos como mucho, estaba cerrando las ventanas y sonó el telefonillo. Soy yo, dijiste, y abrí inmediatamente.

Al abrir tus ojos brillaban y, esbozando una sonrisa, te pusiste de puntillas para darme un beso en los labios. No reaccioné para inclinarme y acercarme, todavía confuso.

Estabas muy guapa, divertida y locuaz, como si hubieras dormido quince horas, lo cual me desconcertaba más todavía. ¿Quieres ir al salón? No, en la cocina está bien, así que fuimos allí. ¿Caliento el café, o pongo otra cafetera? igual se ha quedado frío, te aclaré. No, así está bien, y te serví una taza con unas gotas de leche apenas difuminando la negra infusión, como sé que te gusta. Yo me serví otra, con un polvito de canela y comprobé que todavía estaba templado.

Tu mirada se tornó traviesa cuando, mientras le dabas un sorbo al café, me miraste con descaro y con un aura de superioridad. Así que no te acuerdas mucho de lo que pasó anoche, reflexionaste en voz alta, sabiendo que generabas en mí una incertidumbre poderosa.

La verdad es que no, recuerdo el sonido de las campanas y poco más. Cuando he despertado estaba muy cansado y al verme en el espejo, tenía arañazos por todo el cuerpo, y mientras te relataba todo esto, tus pupilas aumentaban su brillo y tus labios dibujaban una sonrisa inquietante.

Son señales del encuentro, de la comunión, del sacrificio en el aquelarre al que fuimos convocados cuando cayó la noche, me dijiste haciéndote la interesante.

Con los ojos como platos te rogué que continuarás, necesitaba darle explicación a mi estado y a mi mente.

Como todas las noches de difuntos, comenzaste el relato, fuimos convocados al aquelarre en el que, las ánimas desorientadas y errantes que vagan por páramos desiertos, son llamadas al encuentro con humildes mortales, para celebrar la liturgia del sagrado respeto a los ausentes y, si la comunión lo demanda, ofrecer en sacrificio al humano, de manera que los Dioses se contenten y guíen a las desorientadas almas por senderos luminosos que las lleven al descanso eterno.

Me petrifiqué al oírte y, a la vez que le daba un largo trago al café, mi mente comenzaba a hilvanar, a duras penas, lo que había podido suceder.

Sigue, por favor, te pedí mientras me servía otra taza de café.

Habíamos quedado a las once y media, te recogí con mi coche y nos fuimos hacia el cementerio. Aparcamos a la entrada del Camposanto y, andando, nos dirigimos por el camino que lleva a la pradera que hay cerca del río. A los dos nos gusta el misterio, lo esotérico, lo inexplicable y conocíamos la leyenda urbana de que en ese sitio se habían registrado algunos fenómenos extraños. No hacía falta linterna, la luz de la luna iluminaba el camino perfectamente y empezamos a andar cuando comenzaron a oírse las campanas, presentando la puntual hora que daba por finalizado un día y anunciaba la llegada de la gran noche, y tañendo solemnes acto seguido, con el inconfundible y sagrado replicar del toque a difuntos. Un largo escalofrío recorrió nuestra columna, y te apreté la mano buscando protección al sentir miedo a lo desconocido. Apenas había una media hora de recorrido y según nos acercábamos vimos que algo resplandecía cuando al final del camino, los árboles se abrían dejando a la vista la espectacular belleza de esa dehesa.

Una brisa fría y húmeda se levantó y el silencio se apoderó de la noche a la vez que extraños destellos se imaginaban entre el bosque, lo que provocó que nuestros corazones comenzaran a bombear descontrolados, casi con angustia, a pesar de lo cual continuamos.

Y según me contabas mi mente comenzaba a recrear la escena y a recordar lo sucedido, por lo que te pedí que me dejaras seguir a mí y me corrigieras si no estaba en lo cierto.

Sí, recuerdo ese apretón que me diste y como te cogiste a mi brazo y buscaste refugio en mi cuerpo, pero continuamos caminando, como atrapados por la llamada de esos destellos que se veían al final del camino. Según nos acercábamos pudimos comprobar que se trataba de una hoguera, casi una pira funeraria, de no demasiado diámetro pero con altas llamaradas erigiéndose poderosamente hacia el cielo.

Sin poder saber cómo, ni quién ni cuándo se había encendido ese fuego, a la prudencial distancia que el calor que desprendía nos permitía, le dimos la vuelta completa, buscando una explicación a lo inexplicable, cuando de repente cuatro estrellas brillantes comenzaron a girar a nuestro alrededor y el de la hoguera, aumentando su tamaño a cada vuelta, aumentando su brillo en cada recorrido, a una velocidad desconocida, hasta que metamorfosearon en seres tangibles de carne y hueso, que levitaban circunscribiendo el purificador fuego.

Un rito desconocido por nosotros dio comienzo, en una lengua nunca oída y mirándote vi que te transformabas en un alado ángel blanco, en una mujer delicada, bella e inocente, en una virgen doncella. Y ensimismado e hipnotizado en tu proceso no reparé en el mío hasta que sentí sobre mi frente la cornamenta del negro cabrón que busca la comunión para su propia salvación.

Mis manos se tornaron en garras y, a pesar de bípedo, mis piernas eran patas que escondían la verga salida, colgando imponente, de este macho cabrío que necesitaba saciar el celo que se despertaba.

El ritual continuó, alzándome sobre el fuego, presidiendo la ceremonia, mostrándote a ti al otro lado de las llamas, levitando, cual ofrenda a Belcebú y cerrando el cortejo, dos por cada lado, las cuatro mujeres que habían invocado el aquelarre, flotando y bailando en el aire.

Las féminas hablaron y el ritual continuó y, a pesar de no entender lo que rezaban, ni lo que rogaban, ni las ofrendas que hacían, mi mente me abandonó dando paso al Lucifer que debía consumar la carnal comunión en ofrenda al Dios que debía devolver la luz del camino a las almas perdidas.

Y así se hizo.

Salté sobre el fuego y delante de ti aparecí. Desnuda y bella te vi. El instinto se aceleró, y mientras te abrazaba, a mi cuerpo te ceñías con fuerza, aplastando tus suaves senos en mi pecho, no llegando a comprender que no sintieras animadversión o rechazo por la bestia que tenías delante, más bien al contrario, parecía que te excitaba tanto como a mí.

El embrujo continuaba y tu timidez ibas perdiendo a medida que sentías el calor de mi cuerpo en tu piel. Te volteé y por la espalda te abracé, pasando mis brazos bajo tus blancas alas y recorriendo tu abdomen hasta acunar y masajear tus pechos, sintiendo como tus pezones se erguían del mismo modo que se erguía mi verga, que rozaba entre tus nalgas según se hinchaba y empujaba, buscando el dulce túnel que escondes entre tus muslos.

Arqueaste la espalda al tiempo que levantabas tus talones y separabas tus piernas facilitándome el acceso y, sujetándote por las caderas, comencé a buscar con mi ariete la puerta de tu templo, hasta que el calor y la humedad me hicieron saber que era el momento de consumar. Y con una medida presión, comencé a deslizarme hasta que sentí mi glande cobijado entre tus labios vaginales.

No sé si suspiré o gruñí, solo sé lo que sentí, que fue un dulce placer que me llevó a presionar con suavidad, a pesar de la necesidad, hasta que un leve quejido me hizo detenerme.

Entonces entendí la ceremonia. Los ofrecidos éramos nosotros, víctimas de un perverso ritual. Tú, convertida en virgen dama a la que desvirgar ante el altar en llamas. Yo, convertido en bestia sin compasión por los demás.

Sin haber perdido la delicadeza por completo intenté saber qué querías que hiciera, pero en medio de esta reflexión, comenzaste a mover el culo de una manera que hacía que fueras engulléndome lentamente, provocando que mi polla erecta se enervara más todavía, que mis testículos, que colgaban abandonados, se endurecieran e hincharan, y que mis pezuñas resbalaran al intentar buscar apoyo para empujar hasta alcanzar lo más profundo de tu cuerpo.

Me tumbaste y te pusiste sobre mí, cabalgándome con las ganas de una amazona que siente que llega a la meta con su mejor potro entre los muslos. Sentía tu cuerpo liberando elixires que impregnaban mis huevos y resbalaban por mis ingles, por mi perineo, por mi ano. Saltabas con ritmo, apoyando tus manos en mi pecho mientras yo buscaba tus tetas con mi boca. Y me arañabas, rasgabas mi piel con tus uñas en comedidas lanzadas, haciendo que mis caderas empujaran hacia arriba y obligándote a mantenerte en equilibrio haciendo uso de tus blancas alas.

Y las cuatro mujeres etéreas sobre nosotros estaban, absortas en el sacrílego encuentro, ajenas al placer que sentíamos, simplemente expectantes esperando el desenlace mientras no cesaban en tus ininteligibles rezos.

Y con un batir de tus alas me desmontaste, sobre un colchón de hojas te tumbaste y con una mirada me indicaste que ahora fuera yo el que te montara. Y así lo hice, cubriéndote con cuidado, empujando con deseo pero mimo, sintiendo como mi espalda con tus manos abrazabas, como mis nalgas acariciabas y como con tus muslos mi cintura rodeabas.

Y con rítmicos envites, mi pubis aplastaba tu hinchado clítoris a la vez que mis testículos golpeaban en tu culo, produciéndome un placer indescriptible.

Las cuatro almas perdidas elevaron el volumen en sus cánticos rituales, resonando en mi cabeza como un maléfico mantra, que me absorbía la razón y me llevaba a seguir su ritmo cada vez que te penetraba.

Y empujaba cada vez más rápido y cada vez más fuerte, sintiendo las vagantes ánimas cada vez más cerca de nosotros, hasta que comenzaste a exhalar agónicos gemidos de placer, anunciando la llegada de tu clímax, momento en el que comencé a sentir como tus uñas se clavaban en mi espalda y en mis nalgas, llevándome a empujar desesperado hasta que pasaste una manos entre nuestros cuerpos y, al tiempo que me mordías en los hombros y en el cuello me apretabas con fuerza las pelotas, provocando que roncos gruñidos se escaparan de mi garganta cuando descargaba todo mi néctar en tu interior y caía derrotado sobre ti, al tiempo que un destello de luz iluminaba el cielo.

El sacrificio se había producido, la ofrenda estaba hecha, el ritual había concluido y el aquelarre se daba por terminado.

Recuperaste tu ser y perdiste tus alas. Mis cuernos se reabsorbieron y recuperé mi cuerpo de mortal hombre. Las cuatro meigas marcharon, siguiendo ese rayo iluminado que las guiaría hacia el descanso eterno.

Me devolviste a mi casa. Amanecí desorientado.

El ritual nos llevó a entrar en trance.

Me mirabas absorta. Lo recordaste, me dijiste. No sé si repetiré, añadiste. Yo tampoco, asentí.

¿Otro café? te sugerí, no, vamos a dar un paseo, me apuntaste. Vístete, necesitamos que nos dé el aire, sí, mejor, afirmé, lo necesitamos y de paso compraremos huesitos de santo.

 

jueves, 20 de junio de 2024

DUCHA


Sudor impertinente el que corría por mi espalda cuando la luna se reflejaba brillando por mi piel. Calor agobiante el que me desvelaba y, sin razón aparente, hacía que tu cuerpo regresara a mi memoria, tu aroma a mi nariz, tu sabor a mi boca. Extraña excitación la que se apodera de mi cuerpo cuando el sol tímido se cuela por las rendijas de la persiana llevando mi cuerpo a su máxima expresión, rígido e inamovible. Solo una buena ducha me hará recobrar la calma.

¿Me acercas la toalla?

 

miércoles, 19 de junio de 2024

DOMINGO Y COLADA


Uffff!!! Domingo aburrido en el que tengo que hacer todas las tareas domésticas que no hice a lo largo de la semana. Limpiar el polvo, pasar el aspirador, el baño, la cocina, la colada…. He comenzado por lo que menos me desagrada, que es poner la lavadora, habida cuenta de la gran fantasía, que aún no he llevado a cabo, que es hacerlo sentándote sobre ella en pleno centrifugado. Vacío el cubo de la ropa que me ido poniendo a lo largo de la semana, quito las sábanas, cambio las toallas. Ropa blanca, de color, de algodón, sintética. Vaya lío. ¡No hay quien se aclare! No quiero desesperarme y de nuevo tu recuerdo y mi deseo te hacen regresar a mi mente. ¿No te apetecerá venir a ayudarme?

 

martes, 18 de junio de 2024

ESTA NOCHE TUVE CALOR



Esta noche tuve calor e hizo que me destapara, dejando mi cuerpo desnudo flotando sobre las sábanas, húmedas por mi sudor.

Siento el aire acariciar mis nalgas y provoca que la piel se me erice, como cuando siento tus manos recorriendo mi espalda.

La luz de la luna se cuela entre la persiana de mi ventana y, al girarme boca arriba, ilumina mi sexo despierto, como si velara mi sueño, inquieto y expectante, preparado para la lid que ansía ejecutar contra las curvas de tu cuerpo.

Ese cuerpo ausente que, sin embargo, cada vez que abrazo tu almohada, hace que me estremezca, inundando con tu recuerdo mi mente, hasta sentir tu aroma al hundir mi nariz en el plumón.

Ese aroma que me recuerda a esas noches de encuentros, apasionados, morbosos, salvajemente excitantes que llevan a mi sexo a un grado más de excitación, que hacen que, inconscientemente, lo frote contra el fino hilo de las sábanas.

Ese roce que aumenta mi temperatura corporal, que hace que se me acelere el corazón, que mi respiración se agite, que mis manos me busquen hasta no poder evitar derramarme como un adolescente.

 

lunes, 17 de junio de 2024

AUSENCIA


Cuando tu ausencia se hace eco en mi cabeza, cuando tu deseo me atormenta, lo único que me consuela es saber que me leerás, saber que mis labios no podrán besarte esta noche una vez más, pero saber que tus palabras las encontraré al amanecer es lo único que vagamente me reconforta.

 

domingo, 16 de junio de 2024

HOY TENGO GANAS


Anodina mañana de jueves en la que el sol, perezoso, se resiste a iluminar el día y a templar los cueros. Cuerpos yacientes dormidos en el discreto tálamo, templo de placeres compartidos. Almas perversas que despiertan traviesos rincones privados de nuestras anatomías Almas que calientan más que el propio sol que se anuncia, sexos que curiosos reaccionan.

Deseo febril.

Mástil templado que al alba se yergue cuando mi mente todavía duerme, buscando entre sueños tu dulce bandera con la que enarbolar la mañana.

Calor ardiente.

Hoy tengo ganas de despertar sobre ti, te tomarte sin permiso, de cubrirte con mi cuerpo, de poseerte y amarte, de hacerte disfrutar y gozar, de llevarte al paraíso del placer, de hacer que tu vientre explote hasta empaparme, y que me exprimas no dejando en mi interior ni una gota de mi néctar, para deleitarnos los dos con el placer del desayuno más sabroso.

Tras la pasión las miradas, los besos, los abrazos. Una caricia, un te quiero, una taza de café.


 

sábado, 15 de junio de 2024

NOVATA SOMETIDA


Siempre supe que no sería fácil doblegar tu irreverencia, más lo comprendiste rápido. Nunca te imaginaste postrada y ofrecida a las artes que se iban a desdibujar sobre la piel de tu cuerpo. El silbido del látigo, cortando el aire, hace que se te encoja el estómago, pero que se te erice la piel, pero eso no es nada comparado con las húmedas e involuntarias reacciones que tu entrepierna experimenta al sentir el cuero sobre tus nalgas. Gemidos ahogados que se escapan de tu garganta con cada caricia. Espalda que se arquea y cimbrea como junco verde cada vez que el cuero se posa sobre tu cuerpo. Pechos que despiertan insolentes marcando tus pezones vigías al sentir como tu sexo se contrae rítmicamente.

Ahora sigues sin entenderlo, pero lo suplicas, consciente de que el dolor se ausenta cuando aparece el goce. Buscando el placer que mi presencia provoca en tu mente, buscando el placer que mi disciplina provoca en tu sexo. Buscando placer y más placer.

Placer sublime e indescriptible.


 

viernes, 14 de junio de 2024

BATERÍA BAJA



Todos tenemos momentos angustiosos en los que sentimos que nos falta la energía, estamos decaídos, flojos, con las baterías bajas, como ese viejo juguete que, a duras penas, consigue moverse y hacer parpadear las luces cuando lleva meses condenado al ostracismo del fondo de un cajón con las pilas alcalinas a punto de expirar.

Eso es lo que le ocurre a mi cuerpo cuando hace tiempo que no comparte momentos de especial intimidad y unión con una mujer que sepa sacar mi lado más romántico y cariñoso y provoque el oscuro y perverso.

Como un vampiro que barrunta el alba, y precisa alimentar su alma con la sangre de una damisela inocente, yo necesito alimentar mi cuerpo y mi mente, con las caricias, palabras, besos y esencias de una mujer contundente, de una mujer entregada, de una poderosa hembra.

Una fémina que haga que mi sangre hierva, que mi cuerpo dormido metamorfosee y recobre la vida y que mi sexo entre en incandescencia. Una mujer que sienta su vientre revolverse al contacto con mi piel, que sienta entre tus muslos el rescoldo de unas brasas que se avivan por momentos, que sienta el deseo irreprimible de colmar sus puertas de placer con la entrada de mi más servicial invitado.

Y así, los dos, en privado encuentro, en visceral coyunda, en salvaje y animal cópula dar rienda suelta a nuestras ansias, dejar que se liberen nuestras tensiones, compartir fluidos y cargar nuestras baterías hasta el próximo encuentro.

 

jueves, 13 de junio de 2024

SOLEDAD


Soledad es lo que siento cuando, de noche y desnudo, tumbado en mi cama, alargo la mano buscando tu cuerpo y solo encuentro tu ausencia.

Soledad es quien me visita por sorpresa cuando, excitado, necesito tenerte y al buscarte no alcanzo la tersura de tu piel.

Soledad es la que me arroja al abismo de la autocomplacencia cuando, nublado por mis instintos, no puedo evitar buscar y apretar con desesperación mi sexo.

Soledad es la que me acompaña, me dirige y me agita, susurrándome que libere la tensión que se acumula en mis testículos.

Soledad es la que me abraza, consuela y acuna, una vez derramado, saciado y tranquilo, esperando el momento de volver a provocarme.

¿Eres tú mi soledad?


 

miércoles, 12 de junio de 2024

TÚ A SOLAS



Preguntaste y contesté. Y tu imaginación comenzó a desbordarse. Y tu curiosidad comenzó a despegar. Y tras una pregunta vino otra, y otra, y otra, convirtiendo la velada en un tercer grado sobre mis artes amatorias. Cuando terminamos la botella de vino quisiste más. No te conformaste con palabras y demandaste pruebas fehacientes de lo que unas copas de vino antes, te había explicado. La ropa fue cayendo mostrando nuestros cuerpos sin adornos, salvo con los propios que la naturaleza nos otorgó. Te tumbaste y me retaste: -vamos, demuéstrame lo que me has dicho. Y cerraste los ojos y te abandonaste a toda suerte de caricias y de besos. Y seguiste con diligencia las instrucciones sobre lo que tenías que hacer con determinados músculos todavía desconocidos. Y ejecutaste con disciplina cada uno de los ejercicios, sorprendiéndote a ti misma de cómo tu cuerpo reaccionaba, de cómo tu piel ardía, de cómo tu sexo destilaba tu jugo más íntimo.

Y caricias en rincones ocultos te retorcían de placer mientras tus caderas se elevaban, arqueando tu espalda, clavando tus talones en la cama. Cada vez te costaba más ahogar en tu garganta gemidos imposibles. Y cada vez estabas más sorprendida del nivel de excitación que te invadía.

Y el ritmo de las caricias aumentó, en velocidad y en presión, y una extraña sensación invadió tu vientre, y dudaste, pero seguiste. Y mis dedos desbocados frotaban ese resorte de placer desconocido por ti, y sentí tus contracciones, esta vez involuntarias, premonitorias del clímax que se asomaba entre tus muslos. Y avancé, y aceleré, y perseveré con la certeza de que lo mejor estaba por llegar, hasta que no pudiste evitarlo y comenzaste a derramarte como un manantial en primavera, salpicando mi cuerpo con ese nuevo elixir, jadeando desconsoladamente mientras te retorcías, mientras tu cuerpo temblaba y se convulsionaba, mientras cerrabas con fuerza tus muslos apresando mi mano entre ellos, todavía con mis dedos dentro de ti.

Ni por un momento buscaste mi cuerpo, esta era tu noche y tu placer fue el mío.

Hoy has amanecido sola y el recuerdo de esa sensación ha llegado a tu mente, y tu cuerpo ha deseado volver a experimentarla. Hoy ya sabes cómo y dónde acariciar. Hoy lo harás tú sola.

martes, 11 de junio de 2024

ENTREGA


Nívea piel la de tus nalgas desnudas que se tornan sonrosadas cada vez que la palma de mi mano cae sobre ellas. Resuello que recuperas cuando las acaricio con suavidad hasta que mi mano se ausenta. Cabalga tu corazón de nuevo, te preparas, lo intuyes y no yerras, pues mi mano cae de nuevo sobre tus cachetes no pudiendo contener ese respingo. Y de nuevo la caricia reconforta tu culo, mientras con profundidad inspiras.

Lenta tortura que como un maldito mantra se repite una y otra vez, preparada en mis rodillas. Lenta agonía la que sientes cuando con cada cachetada, tu prenda se empapa, absorbiendo la esencia de tu excitación.

Desisto, es pronto para que tu cuerpo se abandone al placer definitivo.

Arrastro la levedad del tanga, que te tapa, por tus piernas. Divino paisaje el de tu piel completamente despojada de nada que la proteja.

Acaricio tu espalda, acaricio tu cuerpo, acaricio tus nalgas, buscando rincones escondidos. Sientes el roce de mi dedo en el tostado anillo de tu tesoro virgen. Suave lo froto, contraes inconscientemente como intentando protegerte. Solo una leve presión dibujando círculos lentamente a tu alrededor.

¿Te gusta?, sigue, contestas. Recojo tu néctar y lo llevo justo ahí. Sigo. Te erizas, arqueas tu espalda, elevas tus nalgas.

Sientes de nuevo esa caricia circular, lenta, sutil, intensa. Notas la presión, sientes tu humedad, te excitas.

“Contrae”, te digo y aprietas con fuerza. Sientes mi dedo y tus nalgas se ajustan. “Aguanta”, prosigo, y asientes, ahogando gemidos, hasta que oyes: “relaja”, y sueltas el aire contenido, y te aflojas, y caes sobre mis piernas, y respiras con fuerza, y sientes las caricias cada vez más intensas. “Aprieta”, te ordeno, y con fuerza te cierras, y sientes tu sexo mojarse sin freno mientras los círculos sobre tu esfínter se acercan. Y mantienes esa contracción constante hasta que de nuevo un “suelta” oyes y así te desplomas. Alargo mi mano y siento el calor y la humedad de tu vulva estimulada. Y recojo tus flujos y sobre tu rincón los extiendo al tiempo que me escuchas otro “contrae, aprieta con fuerza”. Y mi dedo acecha. Acaricia, presiona, dibuja círculos sobre tu escondido clavel, hasta ordenar un “suelta”, relajas, y empujo y sientes tu cuerpo invadido por el prohibido pasillo. Y jadeas, y cierras, sintiendo como me aprisionas, sintiendo como palpitas. Aguanto el placer de sentirme prisionero por tu cuerpo hasta que de nuevo sueltas. Te calmo, no hay prisa. Y recuperada de nuevo te digo que aprietes con fuerza. Y tu vientre vibra, y tu cuerpo se contorsiona manteniendo el equilibrio sobre mis piernas. “Relaja”, te ordeno y al sentirme libre empujo suavemente hasta lo que la longitud de mi dedo me permite. Y gimes, mientras tu espalda acaricio, tu cabello peino, mientras tu cuerpo se abandona. Y digo “aprieta”, y aprietas y tu fuerza siento de nuevo en mi piel y vibro en tu interior haciendo tus nalgas batirse, e insisto, “aprieta, no sueltes ahora” y te alteras, jadeas, el aire te falta, tu cuerpo tirita, “aguanta, prosigo”, y ciñes con fuerza tu cuerpo a mi cuerpo mientras de tu entrepierna, un hilillo de tu esencia resbala en el aire buscando posarse sobre la caoba. Y “sigue”, te ordeno, y te agitas, te mueves, gruñes, te estiras, te corres, con esas rítmicas contracciones de tu vientre ardiente, de tu sexo inundado, de tu profanado ano.

Te acojo en mi regazo, te beso, te abrazo. Tu entrega me abruma, tu placer me satisface, tu sumisión me colma.

Desconcertada todavía por el placer desconocido de un orgasmo especial, buscas en mi pecho el arrullo que retorne la paz y la serenidad a tu cuerpo exhausto.

Placer y entrega.

 

lunes, 10 de junio de 2024

ASIENTO ENDIABLADO


Saciada de sexo quedaste.

Eso dijiste.

En darte placer me empleé.

Y tras gemidos, jadeos,

gruñidos y sudores,

los cuerpos reposo buscaron,

alientos girados,

bramidos audibles.

Y en tu merecido reposo, mi reina,

especial trono te preparé.

Altar de viuda de hombre

con cuerpo caliente.

Asiento endiablado,

profundo y ardiente.

Viril aderezo,

dureza brillante,

prepara tus nalgas,

penetra con ganas,

engulle el saliente.


 

domingo, 9 de junio de 2024

PLACERES SATISFACTORIOS


Según arde tu entrepierna,

tu boquita se entreabre.

Mantén tu silencio a gritos.

Inspira hondo, retén el aire.

Contrae tu vientre,

aprieta fuerte.

Siente mi dedo rozando

tus húmedos labios silentes.

Sé que tu boca se seca,

a la par que te humedeces.

Pronto alcanzarás placeres

que te dejen satisfecha.

 

sábado, 8 de junio de 2024

LA ROSA


Igual que la rosa,

fresca y hermosa,

tensa su tallo,

yo enervo mi miembro,

duro y eterno

ante ti.

Igual que la rosa,

al alba y jugosa,

despliega sus pétalos,

tú abres tus labios ante mí.

Igual que la rosa,

sin pausa, hacendosa,

estalla en flor multicolor,

tú explotas y mojas

mi cuerpo turgente

que a la par derrama

su fuego y su savia,

para calmar tu sed.


 

viernes, 7 de junio de 2024

PASIÓN DE COLOR


Camino del deseado encuentro,

nuestras manos se encuentran.

Cruce de sutiles caricias

que despiertan las pieles.

Vello erizado.

Escalofrío nervioso,

sensación inquietante.

Vientre encogido,

respiración agitada.

Corazón desbocado,

entrepierna abultada.

Humedad incipiente,

sudores en ciernes,

ropajes sobrantes,

sexos latentes.

Pasión de color que desata el roce de las yemas.

Fuego que enciende las ganas.

Irreverente.

 

jueves, 6 de junio de 2024

DULCES SUEÑOS


Dulces sueños, pero sueña traviesamente.


 

miércoles, 5 de junio de 2024

FUERTE


A veces me pides “fuerte”, cuando ansiosa deseas que te empotre contra la pared.

Solo quieres sentir la dureza de mi acero en tu interior, mientras sofocada gimes al sentirte plena.

Mueves tus nalgas, de puntillas te pones, arqueas la espalda, sientes esa cachetada que te hace arder la entrepierna y provoca que mojes mis huevos, instantes antes de correrte al sentir mi lava blanca inundando tu interior.


 

martes, 4 de junio de 2024

ESCONDIDA FLOR


Prudente descubro la escondida flor, sonrosada, aterciopelada, cálida y húmeda que comienza a desplegar sus pétalos, a la vez que mana su embriagador néctar.

Resbalo mi dedo entre ellos, apenas rozándolos, mientras se estremecen cobrando vida propia, al tiempo que se abren de par en par, boqueando como pececillos necesitados de oxígeno.

Mágica escena cuando aparece el pistilo, con su altitud turgente, demandando la atención que la yema de ese dedo que sigue jugueteando entre los pétalos, hasta que lo aplasta sin compasión, provocando la convulsión de la flor, que comienza rítmicamente a contraerse hasta estallar de pura belleza, derramando su esencia que la impregna por completo.

Bella escena, dulce placer.



 

lunes, 3 de junio de 2024

LEVANTA LAS NALGAS


Levanta las nalgas, te dije, y elevando tus caderas, tiré de tus bragas hacia mí hasta sacarlas por tus pies, a la vez que subías tus piernas, dejando tu bonito cuerpo expuesto y accesible a la perversión de mi lujuriosa mente.


 

domingo, 2 de junio de 2024

EL BESO ROTO


Amanecer luminoso que impertinente nos despierta con el sol, que insolente se cuela por las rendijas de la persiana, revelándonos uno al otro nuestras miradas cruzadas.

Miradas que provocan brillos en nuestras pupilas curiosas, que se fijan en los labios que, entreabiertos, desean besar al otro cuando la luna se acueste.

Lenguas que, como el día, se abren paso lentamente, humedeciendo las bocas y calentando el ambiente, igual que sol coge fuerza para romper el valiente beso de amor que nos damos en este día incipiente.

Y la luz rasgó el encuentro. Y las lenguas bien ardientes, suavemente se besaron, se enredaron, se anudaron, al tiempo que el rayo vil, esa luz impertinente, iba desnudando cuerpos que brillaban como aceite que reflejan ese sol, testigo mudo y ausente.

Los cuerpos quedaron expuestos. Nuestras pieles relucientes buscaron calor de otras pieles. Los sexos se despertaron bravos, duros, húmedos, calientes, y buscaron desbravarse en cópula visceral y ardiente.

Los ritmos se aceleraron, la respiración rugiente, las caderas agitadas, el entendimiento ausente, la excitación bien presente nos llevó a caer rendidos, abrazados, juntos, presentes, cuando ese impertinente rayo, que rompió el ósculo inocente, atravesó nuestros vientres, que se fundieron en vivo, en humedades, en brasas, que nos hicieron arder en la hoguera de un orgasmo muy bienvenido al alba.



 

sábado, 1 de junio de 2024

DESPLOMADA



 

Dame tu flor sonrosada,

esa flor que yo deseo,

toma mi dureza brava,

la que quieres en tu cuerpo.

Respira, transpira, goza,

gime, jadea, tiembla,

busca mi cuerpo, frota

mi más viril entrepierna.

Abandónate al placer,

deja que te recorra,

con mis labios, hasta saber

que tu cuerpo se desploma,

que ya no resistes más,

que tu sexo se derrite,

que deseas que te invite

a mi esencia más fugaz.

viernes, 31 de mayo de 2024

PLACER CLAMADO


Vienes, para despertar un viernes,

con el vibrar de tus timbales,

yaces inocente, a veces,

confundiendo mis modales.

Siento tus muslos latir,

siento tu delta inundado,

siento mi cuerpo parir

una dureza en mi falo.

Te abandonas al placer,

registras tu mejor “adagio”,

quieres mi calor lamer

hasta mi último atrio.

Gime, araña, aprieta, goza,

que de tu placer clamado,

brota mi almibarado

néctar de humedad rota.


 

jueves, 30 de mayo de 2024

EL ECLIPSE


 

Zarpamos en la pequeña lancha sobre las cinco de la tarde, más o menos. Llevábamos un par de días preparando la excursión. Una nevera repleta de hielo con un par de botellas de cava muy frío, las copas, algún aperitivo ligero, un plaid enorme, toallas, un pequeño altavoz bluetooth y, por supuesto, las imprescindibles gafas protectoras para no perdernos el fenómeno.

Sabíamos que toda la isla iba a buscar el mejor lugar para disfrutar de este eclipse total de sol, y sabíamos que la mayoría de las embarcaciones de recreo apenas saldrían de la bahía, ya que desde allí había una vista del horizonte privilegiada, pero guardábamos un as en la manga.

Como nos gustaba disfrutar de baños en el mar, en playas no muy concurridas, siempre estábamos explorando nuevos lugares donde ir. Por tierra habíamos encontrado calas impresionantemente bellas, con el acceso complicado por escarpados caminos que, la verdad, eran frecuentadas por muy pocos visitantes. Y por mar habíamos accedido a calas a las que era imposible llegar por tierra y en las que fondeábamos algunas embarcaciones. Pero esta pasada semana, en una deshabitada isla, apenas a cinco millas, habíamos descubierto una cala especialmente discreta, no tanto porque estuviera muy escondida, sino porque los bancos de arena en las proximidades de la costa la hacían especialmente peligrosa para barcos con cierto calado, corriendo el riesgo de encallar, y mi pequeña lancha, de apenas seis metros de eslora, y muy poco calado, me permitía aproximarme casi hasta la orilla sin ningún riesgo, con la única precaución de levantar apenas unos ángulos el motor fuera borda para que no rozase en el fondo marino, todo ello y a pesar de ser una playa de piedras.

En el amarre, llené el depósito de agua dulce de la ducha, comprobé el depósito de gasolina y embarcamos. Una vez salimos de puerto, nos quitamos las camisetas quedándonos en bañador, y a menos de veinte nudos, llegamos a nuestra reservada playa con tiempo suficiente para prepararnos para el espectáculo meteorológico. La corta travesía fue muy tranquila, con el mar sereno, casi sin olas y con un sol radiante. Los dos reímos cuando, en un par de ocasiones, el agua nos salpicó refrescándonos, y esa sensación del agua se agradecía al contacto con la brisa de la velocidad que llevábamos.

Al aproximarnos a nuestro paraíso, vimos que no había absolutamente nadie a la vista, ningún barquito, ni ninguna lancha, lo que confirmó nuestro vaticinio de que sería un lugar idílico para disfrutar del singular momento.

Apenas a cincuenta metros de la playa paré el motor y lo levanté. Me tiré al agua, que casi no me cubría las rodillas, y con el mismo cabo de fondeo arrastré la lancha hasta que el casco tocó arena. Solté el ancla y comencé a llevar todo lo que habíamos preparado a la playa de piedras. La incomodidad que pudieran tener se convertía en todo lo contrario, pues una vez fuera del agua no te manchabas con la arena. Solo se oían las olas como relajante mantra chocando contra las piedras.

Puse las colchonetas de proa de la lancha sobre las piedras y extendimos el plaid encima, pusimos sobre él las toallas, la nevera y el altavoz. Pusiste la play list de Spotify que habías preparado, miramos el reloj y comprobamos que teníamos tiempo de sobra para darnos un chapuzón así que, mirándonos a los ojos y con un gesto de complicidad, nos quitamos los bañadores, nos dimos un beso en los labios y, cogidos de la mano, fuimos paseando hasta quedar casi flotando en el mar.

El agua estaba a una temperatura fantástica, ni caliente ni excesivamente fría. Quitados los primeros metros de piedra, el fondo del mar era de arena. Dimos unas brazadas a crol y, donde no hacíamos pie, nos quedamos flotando boca arriba dejando que el sol nos acariciara. Estuvimos unos minutos hasta que nos recompusimos y, a braza, regresamos lentamente a la orilla mientras hablábamos sobre la expectación del eclipse.

Cuando el agua nos cubría los hombros nos pusimos frente a frente y nos abrazamos. La sensación de sentir tu cuerpo desnudo contra el mío, en el agua, me resultaba muy excitante. Tus pechos aplastando tus areolas tostadas con tus pezones turgentes por la sensibilidad a la temperatura del agua contra mi pecho era muy estimulante. Nuestras lenguas comenzaron a juguetear, y mi erección no tardó en manifestarse. Intenté evitarlo, pero fue imposible, mi cuerpo reaccionó de manera natural y sentí como me hinchaba lentamente, como iba endureciéndome y como se comenzaba a descubrir mi ariete, sintiendo la arrugada piel tensarse y liberar la protección de mi glande. Cuando sentiste mi miembro rígido contra tu cuerpo, abrazándome el cuello te aupaste y rodeaste mi cintura con tus muslos, dejando mi pene presionando en tu entrepierna y, a la vez que llevaba mis manos a tus nalgas, para sujetarte, comenzaste a mover las caderas en un vaivén cadenciosamente lento, masturbándote con mi erección.

Si ese roce me estaba endureciendo más, sentir el ritmo de nuestra respiración acelerarse y oír los ahogados gemidos que se te escapaban hacían que me sintiera en el mismo cielo, flotando entre nubes de algodón.

No pude calcular el tiempo que así te estuviste frotando, pero no debió ser mucho, porque yo no hubiese aguantado, a pesar estar así, rozándote sin penetrarte, pero el placer era superior, y lentamente comenzaste a desacelerar, hasta parar, y cuando bajaste, nos volvimos a abrazar y sin articular palabra nos dirigimos a la orilla.

Al ir saliendo del agua mi erección se mantenía, miraste mi miembro, alargaste una mano, sopesaste mis testículos, como queriendo comprobar el nivel de mi excitación por su propia carga, y reíste traviesa. De fondo se oía la música que habías puesto. Llegamos al plaid, miramos la hora, y comprobamos que todavía era temprano. Cariño, te dije, ¿Te apetece una copa de cava? Por favor, contestaste. Así que abrí la nevera, saqué las dos copas perfectamente embaladas y descorché una de las botellas. Serví las dos copas, “por nosotros y nuestro paraíso” te dije y, tras chocar delicadamente las copas, le dimos un largo sorbo al frío cava. Tenía la garganta seca, no sé si por el calor o por la excitación, el caso es que, sentir el espumoso burbujeante al tragar en mi garganta, volvió a reavivar la erección que comenzaba a desaparecer.

No teníamos ninguna prisa, la tarde era nuestra, el lugar idílico y estábamos juntos, así que, con ganas de disfrutar el uno del otro, pero sin querer terminar, comenzamos a volver a calentarnos sutilmente. Sentados, el uno frente al otro y con las piernas entrecruzadas por detrás de nuestros cuerpos, volvimos a dejar que nuestras lenguas jugaran, y mientras con mis manos retiraba el cabello mojado de tu rostro, tú me acariciabas el cuello y la espalda, arañándome con tus uñas muy delicadamente. Mi miembro de nuevo anunció su presencia, esta vez con una reacción más rápida que dentro del agua, y sentí mi glande hinchado y terso, libre al contacto con la brisa del mar.

Fui descendiendo con mis manos por los costados de tu cuerpo hasta rozar las redondeces de tus senos, y acuné tus tetas con delicadeza, masajeándolas suavemente, disfrutando de tu aterciopelada piel y dándoles la bienvenida a tus pezones que, de nuevo, se marcaban. Las areolas estaban rugosas y contrastaban con la suavidad de la copa de tus pechos y mientras una mano seguía rozándolos, la otra comenzaba a descender bajo tu ombligo, hasta llegara tu pubis. Alargué un dedito, sin presionar, y sentí las crestas de tus labios vaginales que comenzaban a desplegarse. Aplasté tu clítoris con mi dedo y tus uñas se clavaron en mi espalda a la vez que arqueabas la tuya y soltabas un gemido.

Seguí acariciándote con cariño, rozando tus ingles, abandonando tu caramelo más sensible, apenas rozando tus labios, que lentamente comenzaban a humedecerse por tus jugos naturales. Sentía en mis dedos como te ibas abriendo, sin prisa, pero sin pausa, y como las yemas de mis dedos se impregnaban en tus flujos cuando sentí tu mano agarrar con fuerza mi polla y agitarla, durante unos segundos, casi con violencia. Cuando paraste, empujándola hacia abajo, comenzaste a masturbarte de nuevo, frotándote la vulva con mi glande, que resbalaba, casi patinaba, entre tus labios vaginales totalmente abiertos y empapados en tu lubricante néctar. Y a la vez que te pajeabas movías tus caderas de adelante hacia atrás para aumentar la presión y casi sentir la cabeza de mi verga en tu interior. Tus tetas se bamboleaban delante de mi rostro y alargando mi cara las buscaba para lamer esos pezones, para abrazarlos con mis labios, para succionarlos, para mordisquearlos.

Nuestros cuerpos habían comenzado a transpirar y sentíamos las gotas de sudor caer por nuestras espaldas, hasta perderse entre nuestras nalgas. Comenzábamos a sentirnos realmente cachondos, la respiración se nos entrecortaba y, de nuevo, nuestras bocas se habían secado.

Para, te dije, no quiero que terminemos ya, e inmediatamente me soltaste, lo que hizo que mi verga saltara como un resorte hacia arriba, resbalando entre tu vulva. Nos separamos un poco, lo justo para coger aire y poder servir otras dos copas del frío cava. Estábamos sudorosos y volvimos a darle un sorbo largo al espumoso. Rellené las copas y las terminamos saboreándolas a cortos sorbos.

Te pregunté: ¿Estás bien? Corazón. Muy cachonda, me dijiste, y eso me encendió de nuevo. Démonos un baño, te dije. Nos levantamos y nos dirigimos al agua. Te pusiste dos pasos por delante de mí, como si tuvieses prisa por refrigerar tu entrepierna, lo que dejó a mi vista tu glorioso culo, dándote una sonora cachetada, que te hizo dar un saltito y volver tu mirada hacia mí con ojos revoltosos.

Repetimos el baño, unas brazadas hacia donde cubre, un poco de relax dejándonos mecer por las olas y un regreso pausado a la orilla, con la particularidad de que ahora estábamos realmente encendidos. Calculo que llevaríamos unas dos horas jugando, y estábamos muy, muy excitados, con ganas de retomar y no parar hasta que nuestros cuerpos no aguantasen más este placer delirante.

Sobre el plaid volvimos a saborear el cava, miré el reloj y apenas faltaban quince minutos para la hora prevista del eclipse. ¿Te apetece comer algo? Inquirí. Me comería tu polla, respondiste con un descaro y un tono lujurioso que hizo que me empalmara de nuevo. Ahora vamos a ver el eclipse, te recriminé.

Entre sorbo y sorbo, mirando al horizonte y ya con las gafas especiales puestas, apenas distinguíamos el brillo del astro rey, cuando sentí tu cabello caer sobre mi abdomen y tus labios rodeando mi glande. Sin mover tu boca comenzaste a jugar con tu lengua, recorriendo cada pliegue de mi polla, recreándote en el frenillo y arrancándome unos gruñidos ininteligibles de placer mayúsculo. Recorriste mi falo sin prisa, hasta lamer mi escroto y succionar en tu boca mis testículos, uno a uno, lo que hacía que me retorciera de placer. Volviste a la cabeza hinchada de mi verga, donde me lamiste, me mordisqueaste y me succionaste como queriendo extraerme ese veneno que me ponía tan caliente mientras un dedo travieso se escondía tras mis huevos y comenzaba a acariciarme el ano, lo que me provocó una oleada de calor tan intenso que tuve que retirar tu cabeza de mi polla porque sentía que me corría.

El sol cada vez estaba menos brillante y, sin decirme nada, te sentaste sobre mí, dándome la espalda, para poder verlo también. Alargaste una mano entre tus muslos y cogiste mi polla erecta, te frotaste un par de veces y, apuntando a tu entrada, te dejaste caer lentamente hasta que mis huevos hicieron tope. Te quedaste quieta y apenas sentía como tu vagina comenzaba a contraerse rítmicamente, cuando la luna comenzó a cubrir el brillo del sol.

Hubiese jurado que fue para ti una orden astral que te pidió que comenzaras a mover tu culo en un vaivén endemoniado. Me incorporé lo suficiente para poder lamerte la espalda y sujetarte las tetas que botaban descaradas con tu baile. Pincé tus pezones con dos dedos, tiré de ellos hacia la luz que se desvanecía y aumentaste el ritmo, apretaste tus músculos y la telúrica oscuridad se iba haciendo más patente. Abandoné tus pechos y te sujeté por las caderas, llevando una mano a tu clítoris y comenzando a masturbarte a la vez que me follabas, cada vez con más fuerza, cada vez más rápido, cada vez más salvaje.

El sol se ocultaba mientras sentía como mis huevos se mojaban con tus flujos. No pares cariño, te dije agonizante, intercambiando gemidos y jadeos. Sigue así, me estás volviendo loco y te di una cachetada en las nalgas. A pesar de la penumbra la espalda te brillaba, pues habíamos comenzado a transpirar de nuevo. La temperatura había bajado unos grados, pero nuestros sexos estaban abrasando. Tu clítoris asomaba hinchado y la yema de mi dedo resbalaba lubricada sobre él, presionándolo rítmicamente y agitándolo de izquierda a derecha todo lo que la apertura de tus muslos me permitía, hasta que cuando la luz se fue, me dejé caer hacia atrás, te ayudé en tu vaivén con la elevación de mis caderas y al tiempo que exclamabas un ¡Me corroooooooooooo!, un sonido desgarrador salió de mi garganta mientras nos corríamos como dos auténticos salvajes, vaciando mi semen en tu vientre y contrayéndote sobre mi verga exprimiéndola por completo.

Poco a poco la luz recuperó su brillo y nuestros corazones volvieron al ritmo normal. Recuperamos la calma. ¿Te apetece un baño? te sugerí. Aceptaste y, de nuevo, de la mano fuimos a recuperar la temperatura natural de nuestros cuerpos.

Nos secamos tumbados con el sol que el eclipse había consentido mantener. Serví cava y dijiste “Por el eclipse, por nuestro orgasmo” en un singular brindis que recogí gustoso. Hicimos sonar nuestras copas y bebimos un sorbo de cava. Tomamos algo de los aperitivos que habíamos preparado y, cuando el sol, ahora de manera natural, anunciaba su retirada en el horizonte, embarcamos de nuevo.

Nos dimos una ducha de agua dulce con la ducha de la lancha, para quitarnos restos de la sal del mar y de nuestra apasionada sesión de intenso sexo.

Nos pusimos los bañadores y pusimos rumbo a puerto.

En la corta travesía nos encontramos con embarcaciones que habían salido a disfrutar del fenómeno, pero afortunadamente, ninguna había invadido nuestra intimidad.

La felicidad se reflejaba en nuestros rostros, y el placer en nuestros sexos.

No pienso esperar hasta el próximo eclipse para repetir, te advertí en tono divertidamente amenazante. Me ha parecido oír en las noticias que mañana hay otro, me respondiste divertidamente descarada.

Mañana nos eclipsaremos al atardecer.

miércoles, 29 de mayo de 2024

SEXO INTENSO



Sexo intenso que nos deja agotados. Sexo fuerte que me hace buscar refugio en el cobijo de tu regazo. Sexo que huele, sexo que moja, sexo que excita, sexo que agota. Juega con mi cabello mesándolo como si fuese un niño. León convertido en gatito, furia en calma, dominante sometido. Recuperemos el aliento, recobremos el ritmo cardiaco. Busquemos la paz uno en el otro. Reposo. Descanso. Asueto. Y tira de mi cabello haciendo que levante mi mirada hacia ti para decirme con los ojos que quieres volver a hacerlo.

 

 

martes, 28 de mayo de 2024

LUCHA IMPARABLE


Noche larga de lucha imparable. Combate entre tus muslos, peligroso vértice húmedo y salado. Sudores, sofocos, calores, orgasmos.

Hembra insaciable buscando una y otra vez licuar mi tótem erguido, tu capricho y tu deseo. Placeres imposibles, caricias excitantes, besos apasionados. Cuerpos recorridos y lamidos, sudorosos y expectantes de dos salvajes en celo.

Perdí la cuenta de las veces que me derramé inundando tus entrañas, perdí la cuenta de las veces que sentí tu vientre contraerse rítmicamente sobre mi verga hasta arrancarme la última gota de mi esencia. Sexos insatisfechos que se buscaban cada vez recuperado el aliento hasta caer desfallecidos por el nuevo clímax. Me costó colmarte y calmar tus ansias. Me costó apagar tu fuego. Me costó llevarte a los brazos de Morfeo.

Escapé de entre tus brazos, temeroso de no poder recuperarme. Cobarde deambulé buscando quien me llevara a mi reposo. Haciendo autostop confío que despiertes y me recuerdes, parando a mi altura e invitándome a sufrir de nuevo entre tus muslos.

¿Me recoges y me llevas al infierno de tu pubis?


 

NOCHE DE DIFUNTOS

Acompañando a la luna llena, tan brillante como siniestra, las campanas tañeron fúnebres a golpe de inerte badajo, anunciando la llegada de ...