Prudente descubro la escondida flor, sonrosada, aterciopelada,
cálida y húmeda que comienza a desplegar sus pétalos, a la vez que mana su
embriagador néctar.
Resbalo mi dedo entre ellos, apenas rozándolos, mientras se
estremecen cobrando vida propia, al tiempo que se abren de par en par,
boqueando como pececillos necesitados de oxígeno.
Mágica escena cuando aparece el pistilo, con su altitud turgente,
demandando la atención que la yema de ese dedo que sigue jugueteando entre los
pétalos, hasta que lo aplasta sin compasión, provocando la convulsión de la
flor, que comienza rítmicamente a contraerse hasta estallar de pura belleza,
derramando su esencia que la impregna por completo.
Bella escena, dulce placer.
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