Acompañando a la luna llena, tan brillante como siniestra, las
campanas tañeron fúnebres a golpe de inerte badajo, anunciando la llegada de la
larga noche en la que las ánimas despiertan, por única vez en el año, al oír la
llamada de los repliques del bronce, que las guían desde el más allá para
reencontrarse con los todavía mortales que habitamos este mundo.
Puntuales y austeras las recuerdo hoy, cuando el solemne sonido todavía
resuena en mis oídos, cuando intento recordar qué es lo que sucedió anoche,
pues siento mi cuerpo cansado, mi mente dispersa y confundida y mi deseo
anulado.
Exhausto amanecí esta mañana cuando los rayos del sol de otoño
golpearon mis cerrados párpados mientras, inmerso en un profundo sueño, yacía
desnudo en mi cama, amnésico y agotado.
Extraño me sentí y, somnoliento, me dirigí a lavarme la cara para desperezarme,
y mientras el agua corría intenté reconocer a aquel que, frente a mí, en el
espejo se reflejaba. Y era yo, pero no reconocía el gesto ni el rictus del
serio hombre que, con afilada mirada clavaba sus pupilas en mis ojos. Me
refresqué la cara con la fría agua en dos o tres ocasiones, froté mi rostro y
mis ojos y me sequé con la toalla de manos. Volví a mirar al reflejado extraño
intentando reencontrarme y recordar qué había pasado.
Seguía sintiéndome raro cuando, caminando por el pasillo hasta la
cocina para poner la cafetera, me vi reflejado, de cuerpo entero en el espejo
que ilumina el final del pasillo, no dando crédito a lo que mis ojos estaban
viendo.
Mi cuerpo estaba magullado con arañazos por el pecho y el abdomen,
huellas de mordiscos en mis hombros y cuello y heridas en la espalda y en mis
nalgas como si me hubieran clavado las uñas con desgarradoras ganas.
Aturdido por la escena, no alcanzaba a recomponer los
acontecimientos que la pasada noche habían acontecido.
Me di la vuelta y regresé al baño con una necesidad desconocida por
ducharme, como queriendo limpiar mi cuerpo de los restos del todavía
desconocido suceso, y mi alma del embrujo de la litúrgica noche.
Cuando comenzó a correr el agua tibia me metí bajo la ducha, alzando
la cara al cielo abrí los ojos y dejé que la cálida lluvia limpiara mi mirada y
comencé a enjabonar mi cuerpo con mis manos, mientras mi piel herida se
quejaba, escociéndome ligeramente, pero tan soportablemente como para poder
incidir, intentado desinfectar y aliviar las laceraciones, pero lo más
sorprendente no lo había descubierto todavía.
Al enjabonar mi pubis, mi sexo no reaccionó como habitualmente
hacía, alegrándose del frote de mis jabonosas manos, todo lo contrario. Sentí mi
glande hipersensibilizado, de manera que casi me molestaba cualquier roce, por
suave que fuera. Di por finalizada la ducha apresuradamente. Me sequé y fui con
urgencia a tomarme el pospuesto café.
En albornoz, sentado en la cocina, mi mente se atormentaba por no
recordar lo sucedido. Miré el reloj, eran las doce y pensé, doce horas han pasado
de la llamada, a golpe de replique de campanas, al aquelarre en el que celebrar
la comunión de los muertos con los vivos, cuando sonó mi smartphone.
Eras tú, comprobé al mirar la pantalla del teléfono. Hola, te
saludé, intentando sonar alegre. Hola, me respondiste jovial, interpelándome al
instante ¿Qué tal lo pasaste anoche? Mmmm, dudé un instante y me sinceré: no me
acuerdo de mucho, la verdad, pero si te apetece refrescarme la memoria, te invito
a un café, está recién hecho.
Apenas me había dado tiempo a ventilar el piso cuando, habiendo
pasado unos quince o veinte minutos como mucho, estaba cerrando las ventanas y
sonó el telefonillo. Soy yo, dijiste, y abrí inmediatamente.
Al abrir tus ojos brillaban y, esbozando una sonrisa, te pusiste
de puntillas para darme un beso en los labios. No reaccioné para inclinarme y acercarme,
todavía confuso.
Estabas muy guapa, divertida y locuaz, como si hubieras dormido quince
horas, lo cual me desconcertaba más todavía. ¿Quieres ir al salón? No, en la
cocina está bien, así que fuimos allí. ¿Caliento el café, o pongo otra cafetera?
igual se ha quedado frío, te aclaré. No, así está bien, y te serví una taza con
unas gotas de leche apenas difuminando la negra infusión, como sé que te gusta.
Yo me serví otra, con un polvito de canela y comprobé que todavía estaba
templado.
Tu mirada se tornó traviesa cuando, mientras le dabas un sorbo al
café, me miraste con descaro y con un aura de superioridad. Así que no te acuerdas
mucho de lo que pasó anoche, reflexionaste en voz alta, sabiendo que generabas en
mí una incertidumbre poderosa.
La verdad es que no, recuerdo el sonido de las campanas y poco más.
Cuando he despertado estaba muy cansado y al verme en el espejo, tenía arañazos
por todo el cuerpo, y mientras te relataba todo esto, tus pupilas aumentaban su
brillo y tus labios dibujaban una sonrisa inquietante.
Son señales del encuentro, de la comunión, del sacrificio en el
aquelarre al que fuimos convocados cuando cayó la noche, me dijiste haciéndote
la interesante.
Con los ojos como platos te rogué que continuarás, necesitaba
darle explicación a mi estado y a mi mente.
Como todas las noches de difuntos, comenzaste el relato, fuimos
convocados al aquelarre en el que, las ánimas desorientadas y errantes que
vagan por páramos desiertos, son llamadas al encuentro con humildes mortales,
para celebrar la liturgia del sagrado respeto a los ausentes y, si la comunión
lo demanda, ofrecer en sacrificio al humano, de manera que los Dioses se
contenten y guíen a las desorientadas almas por senderos luminosos que las
lleven al descanso eterno.
Me petrifiqué al oírte y, a la vez que le daba un largo trago al
café, mi mente comenzaba a hilvanar, a duras penas, lo que había podido
suceder.
Sigue, por favor, te pedí mientras me servía otra taza de café.
Habíamos quedado a las once y media, te recogí con mi coche y nos
fuimos hacia el cementerio. Aparcamos a la entrada del Camposanto y, andando,
nos dirigimos por el camino que lleva a la pradera que hay cerca del río. A los
dos nos gusta el misterio, lo esotérico, lo inexplicable y conocíamos la
leyenda urbana de que en ese sitio se habían registrado algunos fenómenos
extraños. No hacía falta linterna, la luz de la luna iluminaba el camino
perfectamente y empezamos a andar cuando comenzaron a oírse las campanas, presentando
la puntual hora que daba por finalizado un día y anunciaba la llegada de la
gran noche, y tañendo solemnes acto seguido, con el inconfundible y sagrado replicar
del toque a difuntos. Un largo escalofrío recorrió nuestra columna, y te apreté
la mano buscando protección al sentir miedo a lo desconocido. Apenas había una
media hora de recorrido y según nos acercábamos vimos que algo resplandecía
cuando al final del camino, los árboles se abrían dejando a la vista la espectacular
belleza de esa dehesa.
Una brisa fría y húmeda se levantó y el silencio se apoderó de la
noche a la vez que extraños destellos se imaginaban entre el bosque, lo que
provocó que nuestros corazones comenzaran a bombear descontrolados, casi con
angustia, a pesar de lo cual continuamos.
Y según me contabas mi mente comenzaba a recrear la escena y a
recordar lo sucedido, por lo que te pedí que me dejaras seguir a mí y me
corrigieras si no estaba en lo cierto.
Sí, recuerdo ese apretón que me diste y como te cogiste a mi brazo
y buscaste refugio en mi cuerpo, pero continuamos caminando, como atrapados por
la llamada de esos destellos que se veían al final del camino. Según nos
acercábamos pudimos comprobar que se trataba de una hoguera, casi una pira
funeraria, de no demasiado diámetro pero con altas llamaradas erigiéndose
poderosamente hacia el cielo.
Sin poder saber cómo, ni quién ni cuándo se había encendido ese
fuego, a la prudencial distancia que el calor que desprendía nos permitía, le
dimos la vuelta completa, buscando una explicación a lo inexplicable, cuando de
repente cuatro estrellas brillantes comenzaron a girar a nuestro alrededor y el
de la hoguera, aumentando su tamaño a cada vuelta, aumentando su brillo en cada
recorrido, a una velocidad desconocida, hasta que metamorfosearon en seres tangibles
de carne y hueso, que levitaban circunscribiendo el purificador fuego.
Un rito desconocido por nosotros dio comienzo, en una lengua nunca
oída y mirándote vi que te transformabas en un alado ángel blanco, en una mujer
delicada, bella e inocente, en una virgen doncella. Y ensimismado e hipnotizado
en tu proceso no reparé en el mío hasta que sentí sobre mi frente la cornamenta
del negro cabrón que busca la comunión para su propia salvación.
Mis manos se tornaron en garras y, a pesar de bípedo, mis piernas
eran patas que escondían la verga salida, colgando imponente, de este macho
cabrío que necesitaba saciar el celo que se despertaba.
El ritual continuó, alzándome sobre el fuego, presidiendo la
ceremonia, mostrándote a ti al otro lado de las llamas, levitando, cual ofrenda
a Belcebú y cerrando el cortejo, dos por cada lado, las cuatro mujeres que habían
invocado el aquelarre, flotando y bailando en el aire.
Las féminas hablaron y el ritual continuó y, a pesar de no
entender lo que rezaban, ni lo que rogaban, ni las ofrendas que hacían, mi
mente me abandonó dando paso al Lucifer que debía consumar la carnal comunión
en ofrenda al Dios que debía devolver la luz del camino a las almas perdidas.
Y así se hizo.
Salté sobre el fuego y delante de ti aparecí. Desnuda y bella te
vi. El instinto se aceleró, y mientras te abrazaba, a mi cuerpo te ceñías con
fuerza, aplastando tus suaves senos en mi pecho, no llegando a comprender que
no sintieras animadversión o rechazo por la bestia que tenías delante, más bien
al contrario, parecía que te excitaba tanto como a mí.
El embrujo continuaba y tu timidez ibas perdiendo a medida que sentías
el calor de mi cuerpo en tu piel. Te volteé y por la espalda te abracé, pasando
mis brazos bajo tus blancas alas y recorriendo tu abdomen hasta acunar y masajear
tus pechos, sintiendo como tus pezones se erguían del mismo modo que se erguía
mi verga, que rozaba entre tus nalgas según se hinchaba y empujaba, buscando el
dulce túnel que escondes entre tus muslos.
Arqueaste la espalda al tiempo que levantabas tus talones y
separabas tus piernas facilitándome el acceso y, sujetándote por las caderas,
comencé a buscar con mi ariete la puerta de tu templo, hasta que el calor y la
humedad me hicieron saber que era el momento de consumar. Y con una medida
presión, comencé a deslizarme hasta que sentí mi glande cobijado entre tus
labios vaginales.
No sé si suspiré o gruñí, solo sé lo que sentí, que fue un dulce
placer que me llevó a presionar con suavidad, a pesar de la necesidad, hasta
que un leve quejido me hizo detenerme.
Entonces entendí la ceremonia. Los ofrecidos éramos nosotros,
víctimas de un perverso ritual. Tú, convertida en virgen dama a la que
desvirgar ante el altar en llamas. Yo, convertido en bestia sin compasión por
los demás.
Sin haber perdido la delicadeza por completo intenté saber qué
querías que hiciera, pero en medio de esta reflexión, comenzaste a mover el
culo de una manera que hacía que fueras engulléndome lentamente, provocando que
mi polla erecta se enervara más todavía, que mis testículos, que colgaban
abandonados, se endurecieran e hincharan, y que mis pezuñas resbalaran al
intentar buscar apoyo para empujar hasta alcanzar lo más profundo de tu cuerpo.
Me tumbaste y te pusiste sobre mí, cabalgándome con las ganas de
una amazona que siente que llega a la meta con su mejor potro entre los muslos.
Sentía tu cuerpo liberando elixires que impregnaban mis huevos y resbalaban por
mis ingles, por mi perineo, por mi ano. Saltabas con ritmo, apoyando tus manos
en mi pecho mientras yo buscaba tus tetas con mi boca. Y me arañabas, rasgabas
mi piel con tus uñas en comedidas lanzadas, haciendo que mis caderas empujaran hacia
arriba y obligándote a mantenerte en equilibrio haciendo uso de tus blancas
alas.
Y las cuatro mujeres etéreas sobre nosotros estaban, absortas en
el sacrílego encuentro, ajenas al placer que sentíamos, simplemente expectantes
esperando el desenlace mientras no cesaban en tus ininteligibles rezos.
Y con un batir de tus alas me desmontaste, sobre un colchón de hojas
te tumbaste y con una mirada me indicaste que ahora fuera yo el que te montara.
Y así lo hice, cubriéndote con cuidado, empujando con deseo pero mimo,
sintiendo como mi espalda con tus manos abrazabas, como mis nalgas acariciabas
y como con tus muslos mi cintura rodeabas.
Y con rítmicos envites, mi pubis aplastaba tu hinchado clítoris a
la vez que mis testículos golpeaban en tu culo, produciéndome un placer
indescriptible.
Las cuatro almas perdidas elevaron el volumen en sus cánticos
rituales, resonando en mi cabeza como un maléfico mantra, que me absorbía la
razón y me llevaba a seguir su ritmo cada vez que te penetraba.
Y empujaba cada vez más rápido y cada vez más fuerte, sintiendo
las vagantes ánimas cada vez más cerca de nosotros, hasta que comenzaste a exhalar
agónicos gemidos de placer, anunciando la llegada de tu clímax, momento en el
que comencé a sentir como tus uñas se clavaban en mi espalda y en mis nalgas,
llevándome a empujar desesperado hasta que pasaste una manos entre nuestros
cuerpos y, al tiempo que me mordías en los hombros y en el cuello me apretabas
con fuerza las pelotas, provocando que roncos gruñidos se escaparan de mi garganta
cuando descargaba todo mi néctar en tu interior y caía derrotado sobre ti, al
tiempo que un destello de luz iluminaba el cielo.
El sacrificio se había producido, la ofrenda estaba hecha, el
ritual había concluido y el aquelarre se daba por terminado.
Recuperaste tu ser y perdiste tus alas. Mis cuernos se reabsorbieron
y recuperé mi cuerpo de mortal hombre. Las cuatro meigas marcharon, siguiendo
ese rayo iluminado que las guiaría hacia el descanso eterno.
Me devolviste a mi casa. Amanecí desorientado.
El ritual nos llevó a entrar en trance.
Me mirabas absorta. Lo recordaste, me dijiste. No sé si repetiré,
añadiste. Yo tampoco, asentí.
¿Otro café? te sugerí, no, vamos a dar un paseo, me apuntaste. Vístete,
necesitamos que nos dé el aire, sí, mejor, afirmé, lo necesitamos y de paso
compraremos huesitos de santo.