Amanecer luminoso que impertinente nos despierta con el sol, que
insolente se cuela por las rendijas de la persiana, revelándonos uno al otro
nuestras miradas cruzadas.
Miradas que provocan brillos en nuestras pupilas curiosas, que se
fijan en los labios que, entreabiertos, desean besar al otro cuando la luna se
acueste.
Lenguas que, como el día, se abren paso lentamente, humedeciendo
las bocas y calentando el ambiente, igual que sol coge fuerza para romper el
valiente beso de amor que nos damos en este día incipiente.
Y la luz rasgó el encuentro. Y las lenguas bien ardientes,
suavemente se besaron, se enredaron, se anudaron, al tiempo que el rayo vil,
esa luz impertinente, iba desnudando cuerpos que brillaban como aceite que
reflejan ese sol, testigo mudo y ausente.
Los cuerpos quedaron expuestos. Nuestras pieles relucientes
buscaron calor de otras pieles. Los sexos se despertaron bravos, duros,
húmedos, calientes, y buscaron desbravarse en cópula visceral y ardiente.
Los ritmos se aceleraron, la respiración rugiente, las caderas
agitadas, el entendimiento ausente, la excitación bien presente nos llevó a
caer rendidos, abrazados, juntos, presentes, cuando ese impertinente rayo, que
rompió el ósculo inocente, atravesó nuestros vientres, que se fundieron en
vivo, en humedades, en brasas, que nos hicieron arder en la hoguera de un
orgasmo muy bienvenido al alba.