METRICOOL

viernes, 21 de junio de 2024

NOCHE DE DIFUNTOS



Acompañando a la luna llena, tan brillante como siniestra, las campanas tañeron fúnebres a golpe de inerte badajo, anunciando la llegada de la larga noche en la que las ánimas despiertan, por única vez en el año, al oír la llamada de los repliques del bronce, que las guían desde el más allá para reencontrarse con los todavía mortales que habitamos este mundo.

Puntuales y austeras las recuerdo hoy, cuando el solemne sonido todavía resuena en mis oídos, cuando intento recordar qué es lo que sucedió anoche, pues siento mi cuerpo cansado, mi mente dispersa y confundida y mi deseo anulado.

Exhausto amanecí esta mañana cuando los rayos del sol de otoño golpearon mis cerrados párpados mientras, inmerso en un profundo sueño, yacía desnudo en mi cama, amnésico y agotado.

Extraño me sentí y, somnoliento, me dirigí a lavarme la cara para desperezarme, y mientras el agua corría intenté reconocer a aquel que, frente a mí, en el espejo se reflejaba. Y era yo, pero no reconocía el gesto ni el rictus del serio hombre que, con afilada mirada clavaba sus pupilas en mis ojos. Me refresqué la cara con la fría agua en dos o tres ocasiones, froté mi rostro y mis ojos y me sequé con la toalla de manos. Volví a mirar al reflejado extraño intentando reencontrarme y recordar qué había pasado.

Seguía sintiéndome raro cuando, caminando por el pasillo hasta la cocina para poner la cafetera, me vi reflejado, de cuerpo entero en el espejo que ilumina el final del pasillo, no dando crédito a lo que mis ojos estaban viendo.

Mi cuerpo estaba magullado con arañazos por el pecho y el abdomen, huellas de mordiscos en mis hombros y cuello y heridas en la espalda y en mis nalgas como si me hubieran clavado las uñas con desgarradoras ganas.

Aturdido por la escena, no alcanzaba a recomponer los acontecimientos que la pasada noche habían acontecido.

Me di la vuelta y regresé al baño con una necesidad desconocida por ducharme, como queriendo limpiar mi cuerpo de los restos del todavía desconocido suceso, y mi alma del embrujo de la litúrgica noche.

Cuando comenzó a correr el agua tibia me metí bajo la ducha, alzando la cara al cielo abrí los ojos y dejé que la cálida lluvia limpiara mi mirada y comencé a enjabonar mi cuerpo con mis manos, mientras mi piel herida se quejaba, escociéndome ligeramente, pero tan soportablemente como para poder incidir, intentado desinfectar y aliviar las laceraciones, pero lo más sorprendente no lo había descubierto todavía.

Al enjabonar mi pubis, mi sexo no reaccionó como habitualmente hacía, alegrándose del frote de mis jabonosas manos, todo lo contrario. Sentí mi glande hipersensibilizado, de manera que casi me molestaba cualquier roce, por suave que fuera. Di por finalizada la ducha apresuradamente. Me sequé y fui con urgencia a tomarme el pospuesto café.

En albornoz, sentado en la cocina, mi mente se atormentaba por no recordar lo sucedido. Miré el reloj, eran las doce y pensé, doce horas han pasado de la llamada, a golpe de replique de campanas, al aquelarre en el que celebrar la comunión de los muertos con los vivos, cuando sonó mi smartphone.

Eras tú, comprobé al mirar la pantalla del teléfono. Hola, te saludé, intentando sonar alegre. Hola, me respondiste jovial, interpelándome al instante ¿Qué tal lo pasaste anoche? Mmmm, dudé un instante y me sinceré: no me acuerdo de mucho, la verdad, pero si te apetece refrescarme la memoria, te invito a un café, está recién hecho.

Apenas me había dado tiempo a ventilar el piso cuando, habiendo pasado unos quince o veinte minutos como mucho, estaba cerrando las ventanas y sonó el telefonillo. Soy yo, dijiste, y abrí inmediatamente.

Al abrir tus ojos brillaban y, esbozando una sonrisa, te pusiste de puntillas para darme un beso en los labios. No reaccioné para inclinarme y acercarme, todavía confuso.

Estabas muy guapa, divertida y locuaz, como si hubieras dormido quince horas, lo cual me desconcertaba más todavía. ¿Quieres ir al salón? No, en la cocina está bien, así que fuimos allí. ¿Caliento el café, o pongo otra cafetera? igual se ha quedado frío, te aclaré. No, así está bien, y te serví una taza con unas gotas de leche apenas difuminando la negra infusión, como sé que te gusta. Yo me serví otra, con un polvito de canela y comprobé que todavía estaba templado.

Tu mirada se tornó traviesa cuando, mientras le dabas un sorbo al café, me miraste con descaro y con un aura de superioridad. Así que no te acuerdas mucho de lo que pasó anoche, reflexionaste en voz alta, sabiendo que generabas en mí una incertidumbre poderosa.

La verdad es que no, recuerdo el sonido de las campanas y poco más. Cuando he despertado estaba muy cansado y al verme en el espejo, tenía arañazos por todo el cuerpo, y mientras te relataba todo esto, tus pupilas aumentaban su brillo y tus labios dibujaban una sonrisa inquietante.

Son señales del encuentro, de la comunión, del sacrificio en el aquelarre al que fuimos convocados cuando cayó la noche, me dijiste haciéndote la interesante.

Con los ojos como platos te rogué que continuarás, necesitaba darle explicación a mi estado y a mi mente.

Como todas las noches de difuntos, comenzaste el relato, fuimos convocados al aquelarre en el que, las ánimas desorientadas y errantes que vagan por páramos desiertos, son llamadas al encuentro con humildes mortales, para celebrar la liturgia del sagrado respeto a los ausentes y, si la comunión lo demanda, ofrecer en sacrificio al humano, de manera que los Dioses se contenten y guíen a las desorientadas almas por senderos luminosos que las lleven al descanso eterno.

Me petrifiqué al oírte y, a la vez que le daba un largo trago al café, mi mente comenzaba a hilvanar, a duras penas, lo que había podido suceder.

Sigue, por favor, te pedí mientras me servía otra taza de café.

Habíamos quedado a las once y media, te recogí con mi coche y nos fuimos hacia el cementerio. Aparcamos a la entrada del Camposanto y, andando, nos dirigimos por el camino que lleva a la pradera que hay cerca del río. A los dos nos gusta el misterio, lo esotérico, lo inexplicable y conocíamos la leyenda urbana de que en ese sitio se habían registrado algunos fenómenos extraños. No hacía falta linterna, la luz de la luna iluminaba el camino perfectamente y empezamos a andar cuando comenzaron a oírse las campanas, presentando la puntual hora que daba por finalizado un día y anunciaba la llegada de la gran noche, y tañendo solemnes acto seguido, con el inconfundible y sagrado replicar del toque a difuntos. Un largo escalofrío recorrió nuestra columna, y te apreté la mano buscando protección al sentir miedo a lo desconocido. Apenas había una media hora de recorrido y según nos acercábamos vimos que algo resplandecía cuando al final del camino, los árboles se abrían dejando a la vista la espectacular belleza de esa dehesa.

Una brisa fría y húmeda se levantó y el silencio se apoderó de la noche a la vez que extraños destellos se imaginaban entre el bosque, lo que provocó que nuestros corazones comenzaran a bombear descontrolados, casi con angustia, a pesar de lo cual continuamos.

Y según me contabas mi mente comenzaba a recrear la escena y a recordar lo sucedido, por lo que te pedí que me dejaras seguir a mí y me corrigieras si no estaba en lo cierto.

Sí, recuerdo ese apretón que me diste y como te cogiste a mi brazo y buscaste refugio en mi cuerpo, pero continuamos caminando, como atrapados por la llamada de esos destellos que se veían al final del camino. Según nos acercábamos pudimos comprobar que se trataba de una hoguera, casi una pira funeraria, de no demasiado diámetro pero con altas llamaradas erigiéndose poderosamente hacia el cielo.

Sin poder saber cómo, ni quién ni cuándo se había encendido ese fuego, a la prudencial distancia que el calor que desprendía nos permitía, le dimos la vuelta completa, buscando una explicación a lo inexplicable, cuando de repente cuatro estrellas brillantes comenzaron a girar a nuestro alrededor y el de la hoguera, aumentando su tamaño a cada vuelta, aumentando su brillo en cada recorrido, a una velocidad desconocida, hasta que metamorfosearon en seres tangibles de carne y hueso, que levitaban circunscribiendo el purificador fuego.

Un rito desconocido por nosotros dio comienzo, en una lengua nunca oída y mirándote vi que te transformabas en un alado ángel blanco, en una mujer delicada, bella e inocente, en una virgen doncella. Y ensimismado e hipnotizado en tu proceso no reparé en el mío hasta que sentí sobre mi frente la cornamenta del negro cabrón que busca la comunión para su propia salvación.

Mis manos se tornaron en garras y, a pesar de bípedo, mis piernas eran patas que escondían la verga salida, colgando imponente, de este macho cabrío que necesitaba saciar el celo que se despertaba.

El ritual continuó, alzándome sobre el fuego, presidiendo la ceremonia, mostrándote a ti al otro lado de las llamas, levitando, cual ofrenda a Belcebú y cerrando el cortejo, dos por cada lado, las cuatro mujeres que habían invocado el aquelarre, flotando y bailando en el aire.

Las féminas hablaron y el ritual continuó y, a pesar de no entender lo que rezaban, ni lo que rogaban, ni las ofrendas que hacían, mi mente me abandonó dando paso al Lucifer que debía consumar la carnal comunión en ofrenda al Dios que debía devolver la luz del camino a las almas perdidas.

Y así se hizo.

Salté sobre el fuego y delante de ti aparecí. Desnuda y bella te vi. El instinto se aceleró, y mientras te abrazaba, a mi cuerpo te ceñías con fuerza, aplastando tus suaves senos en mi pecho, no llegando a comprender que no sintieras animadversión o rechazo por la bestia que tenías delante, más bien al contrario, parecía que te excitaba tanto como a mí.

El embrujo continuaba y tu timidez ibas perdiendo a medida que sentías el calor de mi cuerpo en tu piel. Te volteé y por la espalda te abracé, pasando mis brazos bajo tus blancas alas y recorriendo tu abdomen hasta acunar y masajear tus pechos, sintiendo como tus pezones se erguían del mismo modo que se erguía mi verga, que rozaba entre tus nalgas según se hinchaba y empujaba, buscando el dulce túnel que escondes entre tus muslos.

Arqueaste la espalda al tiempo que levantabas tus talones y separabas tus piernas facilitándome el acceso y, sujetándote por las caderas, comencé a buscar con mi ariete la puerta de tu templo, hasta que el calor y la humedad me hicieron saber que era el momento de consumar. Y con una medida presión, comencé a deslizarme hasta que sentí mi glande cobijado entre tus labios vaginales.

No sé si suspiré o gruñí, solo sé lo que sentí, que fue un dulce placer que me llevó a presionar con suavidad, a pesar de la necesidad, hasta que un leve quejido me hizo detenerme.

Entonces entendí la ceremonia. Los ofrecidos éramos nosotros, víctimas de un perverso ritual. Tú, convertida en virgen dama a la que desvirgar ante el altar en llamas. Yo, convertido en bestia sin compasión por los demás.

Sin haber perdido la delicadeza por completo intenté saber qué querías que hiciera, pero en medio de esta reflexión, comenzaste a mover el culo de una manera que hacía que fueras engulléndome lentamente, provocando que mi polla erecta se enervara más todavía, que mis testículos, que colgaban abandonados, se endurecieran e hincharan, y que mis pezuñas resbalaran al intentar buscar apoyo para empujar hasta alcanzar lo más profundo de tu cuerpo.

Me tumbaste y te pusiste sobre mí, cabalgándome con las ganas de una amazona que siente que llega a la meta con su mejor potro entre los muslos. Sentía tu cuerpo liberando elixires que impregnaban mis huevos y resbalaban por mis ingles, por mi perineo, por mi ano. Saltabas con ritmo, apoyando tus manos en mi pecho mientras yo buscaba tus tetas con mi boca. Y me arañabas, rasgabas mi piel con tus uñas en comedidas lanzadas, haciendo que mis caderas empujaran hacia arriba y obligándote a mantenerte en equilibrio haciendo uso de tus blancas alas.

Y las cuatro mujeres etéreas sobre nosotros estaban, absortas en el sacrílego encuentro, ajenas al placer que sentíamos, simplemente expectantes esperando el desenlace mientras no cesaban en tus ininteligibles rezos.

Y con un batir de tus alas me desmontaste, sobre un colchón de hojas te tumbaste y con una mirada me indicaste que ahora fuera yo el que te montara. Y así lo hice, cubriéndote con cuidado, empujando con deseo pero mimo, sintiendo como mi espalda con tus manos abrazabas, como mis nalgas acariciabas y como con tus muslos mi cintura rodeabas.

Y con rítmicos envites, mi pubis aplastaba tu hinchado clítoris a la vez que mis testículos golpeaban en tu culo, produciéndome un placer indescriptible.

Las cuatro almas perdidas elevaron el volumen en sus cánticos rituales, resonando en mi cabeza como un maléfico mantra, que me absorbía la razón y me llevaba a seguir su ritmo cada vez que te penetraba.

Y empujaba cada vez más rápido y cada vez más fuerte, sintiendo las vagantes ánimas cada vez más cerca de nosotros, hasta que comenzaste a exhalar agónicos gemidos de placer, anunciando la llegada de tu clímax, momento en el que comencé a sentir como tus uñas se clavaban en mi espalda y en mis nalgas, llevándome a empujar desesperado hasta que pasaste una manos entre nuestros cuerpos y, al tiempo que me mordías en los hombros y en el cuello me apretabas con fuerza las pelotas, provocando que roncos gruñidos se escaparan de mi garganta cuando descargaba todo mi néctar en tu interior y caía derrotado sobre ti, al tiempo que un destello de luz iluminaba el cielo.

El sacrificio se había producido, la ofrenda estaba hecha, el ritual había concluido y el aquelarre se daba por terminado.

Recuperaste tu ser y perdiste tus alas. Mis cuernos se reabsorbieron y recuperé mi cuerpo de mortal hombre. Las cuatro meigas marcharon, siguiendo ese rayo iluminado que las guiaría hacia el descanso eterno.

Me devolviste a mi casa. Amanecí desorientado.

El ritual nos llevó a entrar en trance.

Me mirabas absorta. Lo recordaste, me dijiste. No sé si repetiré, añadiste. Yo tampoco, asentí.

¿Otro café? te sugerí, no, vamos a dar un paseo, me apuntaste. Vístete, necesitamos que nos dé el aire, sí, mejor, afirmé, lo necesitamos y de paso compraremos huesitos de santo.

 

jueves, 20 de junio de 2024

DUCHA


Sudor impertinente el que corría por mi espalda cuando la luna se reflejaba brillando por mi piel. Calor agobiante el que me desvelaba y, sin razón aparente, hacía que tu cuerpo regresara a mi memoria, tu aroma a mi nariz, tu sabor a mi boca. Extraña excitación la que se apodera de mi cuerpo cuando el sol tímido se cuela por las rendijas de la persiana llevando mi cuerpo a su máxima expresión, rígido e inamovible. Solo una buena ducha me hará recobrar la calma.

¿Me acercas la toalla?

 

miércoles, 19 de junio de 2024

DOMINGO Y COLADA


Uffff!!! Domingo aburrido en el que tengo que hacer todas las tareas domésticas que no hice a lo largo de la semana. Limpiar el polvo, pasar el aspirador, el baño, la cocina, la colada…. He comenzado por lo que menos me desagrada, que es poner la lavadora, habida cuenta de la gran fantasía, que aún no he llevado a cabo, que es hacerlo sentándote sobre ella en pleno centrifugado. Vacío el cubo de la ropa que me ido poniendo a lo largo de la semana, quito las sábanas, cambio las toallas. Ropa blanca, de color, de algodón, sintética. Vaya lío. ¡No hay quien se aclare! No quiero desesperarme y de nuevo tu recuerdo y mi deseo te hacen regresar a mi mente. ¿No te apetecerá venir a ayudarme?

 

martes, 18 de junio de 2024

ESTA NOCHE TUVE CALOR



Esta noche tuve calor e hizo que me destapara, dejando mi cuerpo desnudo flotando sobre las sábanas, húmedas por mi sudor.

Siento el aire acariciar mis nalgas y provoca que la piel se me erice, como cuando siento tus manos recorriendo mi espalda.

La luz de la luna se cuela entre la persiana de mi ventana y, al girarme boca arriba, ilumina mi sexo despierto, como si velara mi sueño, inquieto y expectante, preparado para la lid que ansía ejecutar contra las curvas de tu cuerpo.

Ese cuerpo ausente que, sin embargo, cada vez que abrazo tu almohada, hace que me estremezca, inundando con tu recuerdo mi mente, hasta sentir tu aroma al hundir mi nariz en el plumón.

Ese aroma que me recuerda a esas noches de encuentros, apasionados, morbosos, salvajemente excitantes que llevan a mi sexo a un grado más de excitación, que hacen que, inconscientemente, lo frote contra el fino hilo de las sábanas.

Ese roce que aumenta mi temperatura corporal, que hace que se me acelere el corazón, que mi respiración se agite, que mis manos me busquen hasta no poder evitar derramarme como un adolescente.

 

lunes, 17 de junio de 2024

AUSENCIA


Cuando tu ausencia se hace eco en mi cabeza, cuando tu deseo me atormenta, lo único que me consuela es saber que me leerás, saber que mis labios no podrán besarte esta noche una vez más, pero saber que tus palabras las encontraré al amanecer es lo único que vagamente me reconforta.

 

domingo, 16 de junio de 2024

HOY TENGO GANAS


Anodina mañana de jueves en la que el sol, perezoso, se resiste a iluminar el día y a templar los cueros. Cuerpos yacientes dormidos en el discreto tálamo, templo de placeres compartidos. Almas perversas que despiertan traviesos rincones privados de nuestras anatomías Almas que calientan más que el propio sol que se anuncia, sexos que curiosos reaccionan.

Deseo febril.

Mástil templado que al alba se yergue cuando mi mente todavía duerme, buscando entre sueños tu dulce bandera con la que enarbolar la mañana.

Calor ardiente.

Hoy tengo ganas de despertar sobre ti, te tomarte sin permiso, de cubrirte con mi cuerpo, de poseerte y amarte, de hacerte disfrutar y gozar, de llevarte al paraíso del placer, de hacer que tu vientre explote hasta empaparme, y que me exprimas no dejando en mi interior ni una gota de mi néctar, para deleitarnos los dos con el placer del desayuno más sabroso.

Tras la pasión las miradas, los besos, los abrazos. Una caricia, un te quiero, una taza de café.


 

sábado, 15 de junio de 2024

NOVATA SOMETIDA


Siempre supe que no sería fácil doblegar tu irreverencia, más lo comprendiste rápido. Nunca te imaginaste postrada y ofrecida a las artes que se iban a desdibujar sobre la piel de tu cuerpo. El silbido del látigo, cortando el aire, hace que se te encoja el estómago, pero que se te erice la piel, pero eso no es nada comparado con las húmedas e involuntarias reacciones que tu entrepierna experimenta al sentir el cuero sobre tus nalgas. Gemidos ahogados que se escapan de tu garganta con cada caricia. Espalda que se arquea y cimbrea como junco verde cada vez que el cuero se posa sobre tu cuerpo. Pechos que despiertan insolentes marcando tus pezones vigías al sentir como tu sexo se contrae rítmicamente.

Ahora sigues sin entenderlo, pero lo suplicas, consciente de que el dolor se ausenta cuando aparece el goce. Buscando el placer que mi presencia provoca en tu mente, buscando el placer que mi disciplina provoca en tu sexo. Buscando placer y más placer.

Placer sublime e indescriptible.


 

viernes, 14 de junio de 2024

BATERÍA BAJA



Todos tenemos momentos angustiosos en los que sentimos que nos falta la energía, estamos decaídos, flojos, con las baterías bajas, como ese viejo juguete que, a duras penas, consigue moverse y hacer parpadear las luces cuando lleva meses condenado al ostracismo del fondo de un cajón con las pilas alcalinas a punto de expirar.

Eso es lo que le ocurre a mi cuerpo cuando hace tiempo que no comparte momentos de especial intimidad y unión con una mujer que sepa sacar mi lado más romántico y cariñoso y provoque el oscuro y perverso.

Como un vampiro que barrunta el alba, y precisa alimentar su alma con la sangre de una damisela inocente, yo necesito alimentar mi cuerpo y mi mente, con las caricias, palabras, besos y esencias de una mujer contundente, de una mujer entregada, de una poderosa hembra.

Una fémina que haga que mi sangre hierva, que mi cuerpo dormido metamorfosee y recobre la vida y que mi sexo entre en incandescencia. Una mujer que sienta su vientre revolverse al contacto con mi piel, que sienta entre tus muslos el rescoldo de unas brasas que se avivan por momentos, que sienta el deseo irreprimible de colmar sus puertas de placer con la entrada de mi más servicial invitado.

Y así, los dos, en privado encuentro, en visceral coyunda, en salvaje y animal cópula dar rienda suelta a nuestras ansias, dejar que se liberen nuestras tensiones, compartir fluidos y cargar nuestras baterías hasta el próximo encuentro.

 

jueves, 13 de junio de 2024

SOLEDAD


Soledad es lo que siento cuando, de noche y desnudo, tumbado en mi cama, alargo la mano buscando tu cuerpo y solo encuentro tu ausencia.

Soledad es quien me visita por sorpresa cuando, excitado, necesito tenerte y al buscarte no alcanzo la tersura de tu piel.

Soledad es la que me arroja al abismo de la autocomplacencia cuando, nublado por mis instintos, no puedo evitar buscar y apretar con desesperación mi sexo.

Soledad es la que me acompaña, me dirige y me agita, susurrándome que libere la tensión que se acumula en mis testículos.

Soledad es la que me abraza, consuela y acuna, una vez derramado, saciado y tranquilo, esperando el momento de volver a provocarme.

¿Eres tú mi soledad?


 

miércoles, 12 de junio de 2024

TÚ A SOLAS



Preguntaste y contesté. Y tu imaginación comenzó a desbordarse. Y tu curiosidad comenzó a despegar. Y tras una pregunta vino otra, y otra, y otra, convirtiendo la velada en un tercer grado sobre mis artes amatorias. Cuando terminamos la botella de vino quisiste más. No te conformaste con palabras y demandaste pruebas fehacientes de lo que unas copas de vino antes, te había explicado. La ropa fue cayendo mostrando nuestros cuerpos sin adornos, salvo con los propios que la naturaleza nos otorgó. Te tumbaste y me retaste: -vamos, demuéstrame lo que me has dicho. Y cerraste los ojos y te abandonaste a toda suerte de caricias y de besos. Y seguiste con diligencia las instrucciones sobre lo que tenías que hacer con determinados músculos todavía desconocidos. Y ejecutaste con disciplina cada uno de los ejercicios, sorprendiéndote a ti misma de cómo tu cuerpo reaccionaba, de cómo tu piel ardía, de cómo tu sexo destilaba tu jugo más íntimo.

Y caricias en rincones ocultos te retorcían de placer mientras tus caderas se elevaban, arqueando tu espalda, clavando tus talones en la cama. Cada vez te costaba más ahogar en tu garganta gemidos imposibles. Y cada vez estabas más sorprendida del nivel de excitación que te invadía.

Y el ritmo de las caricias aumentó, en velocidad y en presión, y una extraña sensación invadió tu vientre, y dudaste, pero seguiste. Y mis dedos desbocados frotaban ese resorte de placer desconocido por ti, y sentí tus contracciones, esta vez involuntarias, premonitorias del clímax que se asomaba entre tus muslos. Y avancé, y aceleré, y perseveré con la certeza de que lo mejor estaba por llegar, hasta que no pudiste evitarlo y comenzaste a derramarte como un manantial en primavera, salpicando mi cuerpo con ese nuevo elixir, jadeando desconsoladamente mientras te retorcías, mientras tu cuerpo temblaba y se convulsionaba, mientras cerrabas con fuerza tus muslos apresando mi mano entre ellos, todavía con mis dedos dentro de ti.

Ni por un momento buscaste mi cuerpo, esta era tu noche y tu placer fue el mío.

Hoy has amanecido sola y el recuerdo de esa sensación ha llegado a tu mente, y tu cuerpo ha deseado volver a experimentarla. Hoy ya sabes cómo y dónde acariciar. Hoy lo harás tú sola.

NOCHE DE DIFUNTOS

Acompañando a la luna llena, tan brillante como siniestra, las campanas tañeron fúnebres a golpe de inerte badajo, anunciando la llegada de ...