El piano dejó de sonar cuando tu mano se posó sobre la mía, suave, cual grácil mariposa. Te mantuviste observando como interpretaba esa tranquila melodía mientras saboreabas una copa de champagne. Miradas serenas y cómplices.
El último sorbo te impulsó a dejar salir el instinto reprimido. Tus ojos cambiaron de brillo. Solos tú y yo en el salón de la suite.
Lo siguiente que sentí fueron tus labios en mi cuello, provocándome un excitante escalofrío que recorrió toda mi columna vertebral, mientras mis manos buscaban y ascendían melosas por entre tus muslos.
Me desnudaste con urgencia, te desvestí con
impaciencia y nuestros cuerpos comenzaron a ejecutar la mejor de las sinfonías
jamás interpretadas.