METRICOOL

jueves, 30 de mayo de 2024

EL ECLIPSE


 

Zarpamos en la pequeña lancha sobre las cinco de la tarde, más o menos. Llevábamos un par de días preparando la excursión. Una nevera repleta de hielo con un par de botellas de cava muy frío, las copas, algún aperitivo ligero, un plaid enorme, toallas, un pequeño altavoz bluetooth y, por supuesto, las imprescindibles gafas protectoras para no perdernos el fenómeno.

Sabíamos que toda la isla iba a buscar el mejor lugar para disfrutar de este eclipse total de sol, y sabíamos que la mayoría de las embarcaciones de recreo apenas saldrían de la bahía, ya que desde allí había una vista del horizonte privilegiada, pero guardábamos un as en la manga.

Como nos gustaba disfrutar de baños en el mar, en playas no muy concurridas, siempre estábamos explorando nuevos lugares donde ir. Por tierra habíamos encontrado calas impresionantemente bellas, con el acceso complicado por escarpados caminos que, la verdad, eran frecuentadas por muy pocos visitantes. Y por mar habíamos accedido a calas a las que era imposible llegar por tierra y en las que fondeábamos algunas embarcaciones. Pero esta pasada semana, en una deshabitada isla, apenas a cinco millas, habíamos descubierto una cala especialmente discreta, no tanto porque estuviera muy escondida, sino porque los bancos de arena en las proximidades de la costa la hacían especialmente peligrosa para barcos con cierto calado, corriendo el riesgo de encallar, y mi pequeña lancha, de apenas seis metros de eslora, y muy poco calado, me permitía aproximarme casi hasta la orilla sin ningún riesgo, con la única precaución de levantar apenas unos ángulos el motor fuera borda para que no rozase en el fondo marino, todo ello y a pesar de ser una playa de piedras.

En el amarre, llené el depósito de agua dulce de la ducha, comprobé el depósito de gasolina y embarcamos. Una vez salimos de puerto, nos quitamos las camisetas quedándonos en bañador, y a menos de veinte nudos, llegamos a nuestra reservada playa con tiempo suficiente para prepararnos para el espectáculo meteorológico. La corta travesía fue muy tranquila, con el mar sereno, casi sin olas y con un sol radiante. Los dos reímos cuando, en un par de ocasiones, el agua nos salpicó refrescándonos, y esa sensación del agua se agradecía al contacto con la brisa de la velocidad que llevábamos.

Al aproximarnos a nuestro paraíso, vimos que no había absolutamente nadie a la vista, ningún barquito, ni ninguna lancha, lo que confirmó nuestro vaticinio de que sería un lugar idílico para disfrutar del singular momento.

Apenas a cincuenta metros de la playa paré el motor y lo levanté. Me tiré al agua, que casi no me cubría las rodillas, y con el mismo cabo de fondeo arrastré la lancha hasta que el casco tocó arena. Solté el ancla y comencé a llevar todo lo que habíamos preparado a la playa de piedras. La incomodidad que pudieran tener se convertía en todo lo contrario, pues una vez fuera del agua no te manchabas con la arena. Solo se oían las olas como relajante mantra chocando contra las piedras.

Puse las colchonetas de proa de la lancha sobre las piedras y extendimos el plaid encima, pusimos sobre él las toallas, la nevera y el altavoz. Pusiste la play list de Spotify que habías preparado, miramos el reloj y comprobamos que teníamos tiempo de sobra para darnos un chapuzón así que, mirándonos a los ojos y con un gesto de complicidad, nos quitamos los bañadores, nos dimos un beso en los labios y, cogidos de la mano, fuimos paseando hasta quedar casi flotando en el mar.

El agua estaba a una temperatura fantástica, ni caliente ni excesivamente fría. Quitados los primeros metros de piedra, el fondo del mar era de arena. Dimos unas brazadas a crol y, donde no hacíamos pie, nos quedamos flotando boca arriba dejando que el sol nos acariciara. Estuvimos unos minutos hasta que nos recompusimos y, a braza, regresamos lentamente a la orilla mientras hablábamos sobre la expectación del eclipse.

Cuando el agua nos cubría los hombros nos pusimos frente a frente y nos abrazamos. La sensación de sentir tu cuerpo desnudo contra el mío, en el agua, me resultaba muy excitante. Tus pechos aplastando tus areolas tostadas con tus pezones turgentes por la sensibilidad a la temperatura del agua contra mi pecho era muy estimulante. Nuestras lenguas comenzaron a juguetear, y mi erección no tardó en manifestarse. Intenté evitarlo, pero fue imposible, mi cuerpo reaccionó de manera natural y sentí como me hinchaba lentamente, como iba endureciéndome y como se comenzaba a descubrir mi ariete, sintiendo la arrugada piel tensarse y liberar la protección de mi glande. Cuando sentiste mi miembro rígido contra tu cuerpo, abrazándome el cuello te aupaste y rodeaste mi cintura con tus muslos, dejando mi pene presionando en tu entrepierna y, a la vez que llevaba mis manos a tus nalgas, para sujetarte, comenzaste a mover las caderas en un vaivén cadenciosamente lento, masturbándote con mi erección.

Si ese roce me estaba endureciendo más, sentir el ritmo de nuestra respiración acelerarse y oír los ahogados gemidos que se te escapaban hacían que me sintiera en el mismo cielo, flotando entre nubes de algodón.

No pude calcular el tiempo que así te estuviste frotando, pero no debió ser mucho, porque yo no hubiese aguantado, a pesar estar así, rozándote sin penetrarte, pero el placer era superior, y lentamente comenzaste a desacelerar, hasta parar, y cuando bajaste, nos volvimos a abrazar y sin articular palabra nos dirigimos a la orilla.

Al ir saliendo del agua mi erección se mantenía, miraste mi miembro, alargaste una mano, sopesaste mis testículos, como queriendo comprobar el nivel de mi excitación por su propia carga, y reíste traviesa. De fondo se oía la música que habías puesto. Llegamos al plaid, miramos la hora, y comprobamos que todavía era temprano. Cariño, te dije, ¿Te apetece una copa de cava? Por favor, contestaste. Así que abrí la nevera, saqué las dos copas perfectamente embaladas y descorché una de las botellas. Serví las dos copas, “por nosotros y nuestro paraíso” te dije y, tras chocar delicadamente las copas, le dimos un largo sorbo al frío cava. Tenía la garganta seca, no sé si por el calor o por la excitación, el caso es que, sentir el espumoso burbujeante al tragar en mi garganta, volvió a reavivar la erección que comenzaba a desaparecer.

No teníamos ninguna prisa, la tarde era nuestra, el lugar idílico y estábamos juntos, así que, con ganas de disfrutar el uno del otro, pero sin querer terminar, comenzamos a volver a calentarnos sutilmente. Sentados, el uno frente al otro y con las piernas entrecruzadas por detrás de nuestros cuerpos, volvimos a dejar que nuestras lenguas jugaran, y mientras con mis manos retiraba el cabello mojado de tu rostro, tú me acariciabas el cuello y la espalda, arañándome con tus uñas muy delicadamente. Mi miembro de nuevo anunció su presencia, esta vez con una reacción más rápida que dentro del agua, y sentí mi glande hinchado y terso, libre al contacto con la brisa del mar.

Fui descendiendo con mis manos por los costados de tu cuerpo hasta rozar las redondeces de tus senos, y acuné tus tetas con delicadeza, masajeándolas suavemente, disfrutando de tu aterciopelada piel y dándoles la bienvenida a tus pezones que, de nuevo, se marcaban. Las areolas estaban rugosas y contrastaban con la suavidad de la copa de tus pechos y mientras una mano seguía rozándolos, la otra comenzaba a descender bajo tu ombligo, hasta llegara tu pubis. Alargué un dedito, sin presionar, y sentí las crestas de tus labios vaginales que comenzaban a desplegarse. Aplasté tu clítoris con mi dedo y tus uñas se clavaron en mi espalda a la vez que arqueabas la tuya y soltabas un gemido.

Seguí acariciándote con cariño, rozando tus ingles, abandonando tu caramelo más sensible, apenas rozando tus labios, que lentamente comenzaban a humedecerse por tus jugos naturales. Sentía en mis dedos como te ibas abriendo, sin prisa, pero sin pausa, y como las yemas de mis dedos se impregnaban en tus flujos cuando sentí tu mano agarrar con fuerza mi polla y agitarla, durante unos segundos, casi con violencia. Cuando paraste, empujándola hacia abajo, comenzaste a masturbarte de nuevo, frotándote la vulva con mi glande, que resbalaba, casi patinaba, entre tus labios vaginales totalmente abiertos y empapados en tu lubricante néctar. Y a la vez que te pajeabas movías tus caderas de adelante hacia atrás para aumentar la presión y casi sentir la cabeza de mi verga en tu interior. Tus tetas se bamboleaban delante de mi rostro y alargando mi cara las buscaba para lamer esos pezones, para abrazarlos con mis labios, para succionarlos, para mordisquearlos.

Nuestros cuerpos habían comenzado a transpirar y sentíamos las gotas de sudor caer por nuestras espaldas, hasta perderse entre nuestras nalgas. Comenzábamos a sentirnos realmente cachondos, la respiración se nos entrecortaba y, de nuevo, nuestras bocas se habían secado.

Para, te dije, no quiero que terminemos ya, e inmediatamente me soltaste, lo que hizo que mi verga saltara como un resorte hacia arriba, resbalando entre tu vulva. Nos separamos un poco, lo justo para coger aire y poder servir otras dos copas del frío cava. Estábamos sudorosos y volvimos a darle un sorbo largo al espumoso. Rellené las copas y las terminamos saboreándolas a cortos sorbos.

Te pregunté: ¿Estás bien? Corazón. Muy cachonda, me dijiste, y eso me encendió de nuevo. Démonos un baño, te dije. Nos levantamos y nos dirigimos al agua. Te pusiste dos pasos por delante de mí, como si tuvieses prisa por refrigerar tu entrepierna, lo que dejó a mi vista tu glorioso culo, dándote una sonora cachetada, que te hizo dar un saltito y volver tu mirada hacia mí con ojos revoltosos.

Repetimos el baño, unas brazadas hacia donde cubre, un poco de relax dejándonos mecer por las olas y un regreso pausado a la orilla, con la particularidad de que ahora estábamos realmente encendidos. Calculo que llevaríamos unas dos horas jugando, y estábamos muy, muy excitados, con ganas de retomar y no parar hasta que nuestros cuerpos no aguantasen más este placer delirante.

Sobre el plaid volvimos a saborear el cava, miré el reloj y apenas faltaban quince minutos para la hora prevista del eclipse. ¿Te apetece comer algo? Inquirí. Me comería tu polla, respondiste con un descaro y un tono lujurioso que hizo que me empalmara de nuevo. Ahora vamos a ver el eclipse, te recriminé.

Entre sorbo y sorbo, mirando al horizonte y ya con las gafas especiales puestas, apenas distinguíamos el brillo del astro rey, cuando sentí tu cabello caer sobre mi abdomen y tus labios rodeando mi glande. Sin mover tu boca comenzaste a jugar con tu lengua, recorriendo cada pliegue de mi polla, recreándote en el frenillo y arrancándome unos gruñidos ininteligibles de placer mayúsculo. Recorriste mi falo sin prisa, hasta lamer mi escroto y succionar en tu boca mis testículos, uno a uno, lo que hacía que me retorciera de placer. Volviste a la cabeza hinchada de mi verga, donde me lamiste, me mordisqueaste y me succionaste como queriendo extraerme ese veneno que me ponía tan caliente mientras un dedo travieso se escondía tras mis huevos y comenzaba a acariciarme el ano, lo que me provocó una oleada de calor tan intenso que tuve que retirar tu cabeza de mi polla porque sentía que me corría.

El sol cada vez estaba menos brillante y, sin decirme nada, te sentaste sobre mí, dándome la espalda, para poder verlo también. Alargaste una mano entre tus muslos y cogiste mi polla erecta, te frotaste un par de veces y, apuntando a tu entrada, te dejaste caer lentamente hasta que mis huevos hicieron tope. Te quedaste quieta y apenas sentía como tu vagina comenzaba a contraerse rítmicamente, cuando la luna comenzó a cubrir el brillo del sol.

Hubiese jurado que fue para ti una orden astral que te pidió que comenzaras a mover tu culo en un vaivén endemoniado. Me incorporé lo suficiente para poder lamerte la espalda y sujetarte las tetas que botaban descaradas con tu baile. Pincé tus pezones con dos dedos, tiré de ellos hacia la luz que se desvanecía y aumentaste el ritmo, apretaste tus músculos y la telúrica oscuridad se iba haciendo más patente. Abandoné tus pechos y te sujeté por las caderas, llevando una mano a tu clítoris y comenzando a masturbarte a la vez que me follabas, cada vez con más fuerza, cada vez más rápido, cada vez más salvaje.

El sol se ocultaba mientras sentía como mis huevos se mojaban con tus flujos. No pares cariño, te dije agonizante, intercambiando gemidos y jadeos. Sigue así, me estás volviendo loco y te di una cachetada en las nalgas. A pesar de la penumbra la espalda te brillaba, pues habíamos comenzado a transpirar de nuevo. La temperatura había bajado unos grados, pero nuestros sexos estaban abrasando. Tu clítoris asomaba hinchado y la yema de mi dedo resbalaba lubricada sobre él, presionándolo rítmicamente y agitándolo de izquierda a derecha todo lo que la apertura de tus muslos me permitía, hasta que cuando la luz se fue, me dejé caer hacia atrás, te ayudé en tu vaivén con la elevación de mis caderas y al tiempo que exclamabas un ¡Me corroooooooooooo!, un sonido desgarrador salió de mi garganta mientras nos corríamos como dos auténticos salvajes, vaciando mi semen en tu vientre y contrayéndote sobre mi verga exprimiéndola por completo.

Poco a poco la luz recuperó su brillo y nuestros corazones volvieron al ritmo normal. Recuperamos la calma. ¿Te apetece un baño? te sugerí. Aceptaste y, de nuevo, de la mano fuimos a recuperar la temperatura natural de nuestros cuerpos.

Nos secamos tumbados con el sol que el eclipse había consentido mantener. Serví cava y dijiste “Por el eclipse, por nuestro orgasmo” en un singular brindis que recogí gustoso. Hicimos sonar nuestras copas y bebimos un sorbo de cava. Tomamos algo de los aperitivos que habíamos preparado y, cuando el sol, ahora de manera natural, anunciaba su retirada en el horizonte, embarcamos de nuevo.

Nos dimos una ducha de agua dulce con la ducha de la lancha, para quitarnos restos de la sal del mar y de nuestra apasionada sesión de intenso sexo.

Nos pusimos los bañadores y pusimos rumbo a puerto.

En la corta travesía nos encontramos con embarcaciones que habían salido a disfrutar del fenómeno, pero afortunadamente, ninguna había invadido nuestra intimidad.

La felicidad se reflejaba en nuestros rostros, y el placer en nuestros sexos.

No pienso esperar hasta el próximo eclipse para repetir, te advertí en tono divertidamente amenazante. Me ha parecido oír en las noticias que mañana hay otro, me respondiste divertidamente descarada.

Mañana nos eclipsaremos al atardecer.

miércoles, 29 de mayo de 2024

SEXO INTENSO



Sexo intenso que nos deja agotados. Sexo fuerte que me hace buscar refugio en el cobijo de tu regazo. Sexo que huele, sexo que moja, sexo que excita, sexo que agota. Juega con mi cabello mesándolo como si fuese un niño. León convertido en gatito, furia en calma, dominante sometido. Recuperemos el aliento, recobremos el ritmo cardiaco. Busquemos la paz uno en el otro. Reposo. Descanso. Asueto. Y tira de mi cabello haciendo que levante mi mirada hacia ti para decirme con los ojos que quieres volver a hacerlo.

 

 

martes, 28 de mayo de 2024

LUCHA IMPARABLE


Noche larga de lucha imparable. Combate entre tus muslos, peligroso vértice húmedo y salado. Sudores, sofocos, calores, orgasmos.

Hembra insaciable buscando una y otra vez licuar mi tótem erguido, tu capricho y tu deseo. Placeres imposibles, caricias excitantes, besos apasionados. Cuerpos recorridos y lamidos, sudorosos y expectantes de dos salvajes en celo.

Perdí la cuenta de las veces que me derramé inundando tus entrañas, perdí la cuenta de las veces que sentí tu vientre contraerse rítmicamente sobre mi verga hasta arrancarme la última gota de mi esencia. Sexos insatisfechos que se buscaban cada vez recuperado el aliento hasta caer desfallecidos por el nuevo clímax. Me costó colmarte y calmar tus ansias. Me costó apagar tu fuego. Me costó llevarte a los brazos de Morfeo.

Escapé de entre tus brazos, temeroso de no poder recuperarme. Cobarde deambulé buscando quien me llevara a mi reposo. Haciendo autostop confío que despiertes y me recuerdes, parando a mi altura e invitándome a sufrir de nuevo entre tus muslos.

¿Me recoges y me llevas al infierno de tu pubis?


 

lunes, 27 de mayo de 2024

SOLO OSCURIDAD



Y tras la larga ausencia volvimos a reencontrarnos. Y lejos de sentirnos extraños, cuando nuestras miradas se cruzaron a los dos se nos iluminó el rostro esbozando esa típica sonrisa, mezcla de felicidad y deseo, de ternura y picardía, aderezada con el brillo de nuestros ojos.

Cuando nuestras manos se rozaron sentí ese escalofrío adolescente recorriendo mi espalda, excitante, sexualmente excitante, a la vez que inspiraste profundamente, casi exageradamente, como si te faltase el aire al contacto con mi piel.

Cuando nuestras bocas se redescubrieron un tsunami de lujuriosas sensaciones se despertaron en nuestro bajo vientre. Lenguas ávidas por recuperar el tiempo perdido, manos ansiosas por acariciar el cuerpo deseado, sexos impacientes por sentir y hacer sentir.

Tus manos continuaron buscando y encontrando mi cuerpo abandonado, retorciéndolo de placer con cada caricia, convirtiendo mi sexo dormido en guerrero combatiente, tornando la paz de mi entrepierna por la tensión de sentirme prisionero de la ropa interior. Erección abultada que invitaba a ser tomada, rozada, acariciada, salvajemente sobada con el deseo de liberar toda la tensión acumulada mientras mis dedos subían temblorosos por entre tus muslos, apenas rozándote la piel, atraídos por la cálida humedad que desprendían tus bragas.

Y mi verga saltó como un resorte cuando por fin la liberaste, y la cogiste, y la agitaste haciendo que mis testículos rebotasen contra el sofá en cada movimiento.

Y tu sexo se abrió al sentir las yemas de mis dedos ahuecando el elástico de tus bragas en tu ingle. Y te arqueaste al sentir mis yemas rozando tus labios vaginales. Y moví mis caderas al sentir tus flujos en mi mano en unos ataques incontrolables.

Y me montaste, apartando a un lado tus húmedas bragas, clavándote mi polla hasta el fondo de tu cuerpo, mientras mi boca buscaba tus pechos, que se movían frente a mí, irreverentes, con tus pezones desafiantes ante las caricias de mi lengua.

Gemías con cada salto al tiempo que aplastabas mis huevos con tus nalgas, humedeciéndolos con tu excitación, mientras mis manos te aupaban por el culo, recogiendo tus flujos con la yema de mi dedo índice, acariciando tu perineo y masajeando tu ano, lubricándolo con tus propios jugos.

Y pasaste un brazo entre nosotros, impaciente y excitada, hasta llegar con tu mano a tu clítoris, que comenzaste a masajear con fuerza mientras tu respiración se agitaba más todavía. Cerraste los ojos y aceleraste, cabalgándome con frenético ritmo, masturbándote mientras me exprimías en tu interior.

Presionaba suavemente tu ano, lubricado por tus flujos, dibujando círculos con la yema de mi dedo hasta que en un frenético movimiento se introdujo apenas dos centímetros en tu prohibido agujero, lo suficiente para que desencadenara en ti unos vaivenes descontrolados, infernales, que me arrancaron profundos sonidos roncos de placer mientras comenzaba a inundar tu interior, mientras un jadeo prolongado anunció tu agónico clímax, a la vez que tu ano se contraía con fuerza sobre mi dedo, hasta liberarlo y caer desfallecida sobre mi cuerpo sudoroso.

Y solo necesitamos eso, reencontrarnos y soplar la luz de la cerilla que iluminaba nuestros rostros. Esta vez la soplé yo. ¿La soplarás tú la siguiente vez que nos reencontremos?

 

domingo, 26 de mayo de 2024

ESPONTÁNEO



 

Con tus artes conseguiste

que, recién amanecido

mi cuerpo erecto y salido,

tu voluntad consintiese,

mostrándose esplendoroso,

terso, brillante, turgente,

pétreo, diamantino, curioso.

Y con apenas un susurro,

con un rozar de tus labios

de mi cuerpo y sin preludios

mi néctar goteó puro.

sábado, 25 de mayo de 2024

CARICIA


Siente la sutil caricia del torso de mi mano recorriendo tu rostro. Inspira hondo, ciega y nerviosa por la intensidad de las sensaciones amplificadas por la ausencia de visión.

Susurros que te calman, palabras que te excitan, roces que te arropan, muslos que se agitan.

Cuerpo que indefenso se abandona a los caprichos de tu hombre, ese que te protege y consuela, que te libera y te llena.

Placer desconocido que te sorprende y te agrada. Dedos que recorren tu garganta y se aproximan a tu boca, aire que te ahoga cuando te sientes presa de lo que en tu vientre despierta.

Deseo que se aviva al contacto con mi cuerpo. Tiritas. Pides. Suplicas. Ruegas saciarte pero no hay prisa. Desesperas.

Y cuando menos lo esperas… te complazco y te arrastro al abismo de tu clímax.


 

viernes, 24 de mayo de 2024

DÍA INTERNACIONAL DEL ORGASMO FEMENINO (D.I.O.F.)


Vaya por delante que, en ocasiones, uno se sorprende con las celebraciones de las más variopintas efemérides. No se interprete esta personalísima reflexión como una crítica, sino como eso, sencillamente una sorpresa.

Bajo esta premisa, nos encontramos con que se celebra el día de lo más trascendente y el de lo más peregrino, pasando por el de lo más curioso. Y en ese sentido, despertó mi curiosidad saber que hoy se celebra el Día Internacional del Orgasmo Femenino.

No es que haya sido un alma rebelde ni un defensor de causas perdidas, pero siempre me he posicionado, en debates estériles entre machos alfa, a favor de las mujeres, y siempre he defendido un feminismo equilibrado y sensato, entendiéndose como esto el que reconoce y cree, honestamente, en la igualdad real de hombres y mujeres.

Todavía guardo bonitos recuerdos de mi etapa de joven estudiante, cuando en las fiestas en pisos compartidos, siempre me resultaban mucho más interesantes las conversaciones de mujeres que las de los hombres, en las que, salvo excepciones, solo se hablaba de fútbol, lo cual me aburría soberanamente y por eso, a pesar de intentar socializar con todos, cuando quería darme cuenta, me veía rodeado de chicas, hablando de recetas de cocina, de decoración, de política, de economía o de asuntos de actualidad y no, no pienses que es un estereotipo, eran conversaciones de cierto calado, interesantes y divertidas.

Por otro lado, considero oportuno hacer una aclaración al respecto, por las suspicacias que haya podido levantar. No, mi interés por verme rodeado de chicas no era por ligar, era porque su inteligencia me atraía, me gustaba su forma de enfocar los problemas, su punto de vista de la vida y aprendía de ellas, y me sentía comprendido en mis argumentos sobre los temas de debate, lo que no quiere decir que compartiéramos opinión, pero nos respetábamos en las discusiones y, además, nunca ligaba, en primer lugar porque no era esa mi intención, y en segundo, porque yo era visto por todas como el buen amigo, el chico majo, el confesor discreto, pero no el malote, el atractivo o el guapo y en tercer lugar porque siempre he sido muy tonto para eso, nunca he sabido ligar, no he sabido interpretar las señales del flirteo y eso me ha dejado en el andén cuando ha pasado el tren de la oportunidad en más de una ocasión.

Pero no quiero desviarme de lo que me trae aquí, que es nada más y nada menos que la Celebración del Día Internacional del Orgasmo Femenino.

Y vengo ilusionado por la firme creencia en la reivindicación del poder de la mujer, igual que el del hombre, no más, pero tampoco menos. Por lo que considero que, si un hombre hace cualquier cosa, lleva a cabo cualquier acción, tiene determinado comportamiento, una mujer tiene que ser vista bajo el mismo cristal cuando hace lo mismo, para bien o para mal, y no merece ser criticada, menospreciada, vapuleada socialmente, vilipendiada o incluso descalificada, por no decir insultada, cuando tiene comportamientos que en la masculinidad se consideran como triunfales y en la feminidad como descarados, por ser prudente en las apreciaciones y, naturalmente, acogiéndome al beneficio de las generalizaciones, y creo que los dos sabemos de qué hablo.

Así que aquí estoy, firme defensor de la libertad de acción en todo lo que nos plazca y siempre que respetemos a los demás, lo que incluye, por supuesto, el derecho a disfrutar de nuestro cuerpo, el derecho al placer, el derecho a gozar de maravillosos clímax, por lo que bienvenido sea el Día Internacional del Orgasmo Femenino y, como no podría ser de otra manera, mis más sinceras felicitaciones a todas las mujeres del mundo en un día tan especial.

Porque ¿Qué importa la fuente de placer cuando se alcanza el objetivo? El placer puede ser compartido, en un apasionado encuentro en el que los amantes se dispensan todo tipo de atenciones. Esos besos al comienzo que, poco a poco, comienzan a despertar el deseo y a calentar los cuerpos. Besos que enredan lenguas y arrastran en su jugueteo las manos que buscan pieles, para sentir la suavidad y calor del cuerpo de nuestro amante. Y la temperatura sigue subiendo y los hornos de nuestra entrepierna se encienden. Y las ropas sobran, mientras seguimos besándonos, hasta que las manos torpes, desabrochan corchetes, sueltan cinturones, bajan cremalleras, desabotonan botones y arrancan íntimas prendas en febril arrebato dejando a la luz sexos excitados. Una verga erguida, un coño mojado. Y con el masculino miembro tú te frotas, sin prisa, pero con ganas, arrastrándolo de sur a norte a lo largo de tu entrada, desplegando tus labios, extendiendo tu esencia con la que te lubricas y gozas, apretando, presionando, como tu más íntimo juguete. Deslizándose cada vez más suave, más hinchado, más caliente, pero sin acogerlo en tu cueva. Los cuerpos se tensan, tu espalda arqueas, tus muslos separas y el ritmo aumenta hasta no poder resistir más ese placer y, acompañado de un ahogado gemido, convulsionas apretando mi glande contra tu clítoris, cerrando las piernas, encogiendo el vientre, contrayendo tus músculos, corriéndote presa del gusto en el cuerpo bajo tu ombligo. Recuperas el aliento, risoteas, y sofocado, y todavía erguido y excitado, solo alcanzo a decirte: Feliz Día Internacional del Orgasmo Femenino.

Pero el placer también puede ser pura autocomplacencia, sin necesidad de amantes apasionados, torpes o incómodos. Y todos sentimos la necesidad de liberar la tensión que acumulamos en nuestras gónadas cuando la abstinencia, voluntaria o impuesta, se prolonga más tiempo del deseado. Tensión que se muestra impertinente cuando, desnuda sobre la cama, inspiras profundamente a la vez que cierras los ojos y dejas que tus manos suban desde tus caderas, apenas rozando tu piel, hasta acunar tus pechos mientras, inconscientemente, vas separando tus piernas. Y comienzas a masajearlos suavemente, circunscribiendo tus areolas con las yemas de tus dedos índices, hasta que las notas rugosas y pinzas con cuidado tus pezones tirando suavemente de ellos, a la vez que comienzas a contraer y relajar involuntariamente tus músculos más íntimos, apretando con fuerza tu vagina, cerrando con precisión tu ano, como repitiendo un hipnótico mantra, contrayendo fuerte cuando pinzas tus pezones y relajando los músculos cuando los liberas, hasta que sientes en tu sexo un calor dulce e intenso que necesitas comprobar con tus propias manos, que abandonan tus pechos y, lentamente, se dirigen al sur de tu vientre. Acaricias la cara interna de tus muslos, rozas tus ingles, pasando tus dedos una y otra vez, sintiéndote cada vez más excitada y, mientras apoyas unos dedos sobre tu bajo pubis, tu mano libre busca de nuevo refugio en el calor de tus pezones. Comienzas el juego de las “O” redondas y perfectas sobre tu escondido clítoris, dibujando círculos amplios y presionando con precisión y sin prisa, hasta que el calor aumenta y te sientes húmeda. Y alargas un dedito sobre tu vulva y te sientes abierta, mojada y predispuesta. Lo pasas de arriba hacia abajo muy despacio, disfrutando conscientemente de la caricia sobre las crestas de tus labios vaginales, que comienzas a lubricar con tu propio flujo. Terminas de desplegar los pétalos de tu sexo con una ligera presión en el recorrido de ese placentero camino. Y llevas tu humedad a tu clítoris, que comienza a asomar curioso. Lo rodeas con dos dedos y, sin tocarlo directamente, comienzas a ejercer en sus costados una suave fricción que provoca que termine de salir del capuchoncito de piel que lo protege, hasta que lo sientes congestionado y turgente. Aumentas el ritmo y te aprietas un pecho, que abandonas inmediatamente buscando calmar la atención que tu entrepierna demanda, resbalando un dedito por tu vulva mientras sigues consolando tu clítoris, cada vez más hinchado y sensible, hasta que te penetras tímidamente con un dedo, que te resulta insuficiente para satisfacer tu deseo. Lo liberas y pruebas con dos, que sin dificultad entran en tu interior y los mueves al tiempo que le das unas palmaditas a tu clítoris, lo que te produce un placer inmenso que tienes que verbalizar a golpe de gemidos. Y vuelves a los círculos sobre tu caramelito, esta vez directamente, con tus dedos totalmente embadurnados en tu viscoso néctar, que sigues liberando en el vaivén de los dedos con los que te penetras, cada vez más fuerte, cada vez más rápido, cada vez más adentro. Clavas tus talones en el colchón, arqueas tu espalda, elevas las nalgas, tensas los muslos y a la vez que agitas con violencia los deditos de izquierda a derecha sobre tu inflamado clítoris, rítmicas contracciones se apoderan de tu vientre y te empujan a un espectacular orgasmo. Te dejas caer en la cama, sudorosa, sofocada y satisfecha. Piensas: Feliz Día Internacional del Orgasmo Femenino.

Y más allá de estos placeres, también está el placer de disfrutar con esa mujer que siempre te atrajo, que siempre te gustó y con la que, en alguna que otra ocasión fantaseaste. Porque dime, sinceramente ¿Quién mejor que una mujer para satisfacer a otra mujer? No hay secretos para quien su cuerpo conoce y tiene a su alcance uno igual.

Las formas cambian, los tamaños difieren, las sensaciones puede que no sean las mismas exactamente, pero los puntos, los resortes, los rincones donde están las más sensibles zonas las conoce mejor que nadie.

Y se obra el milagro con delicadeza entre dos mujeres, que saben dónde y cómo tocar, que saben dónde y cómo besar, que saben dónde y cómo lamer. Y las damas, tras los primeros besos tímidos y expectantes, abandonan sus cuerpos al antojo de la otra. Y se buscan con los labios y se tocan con las manos y se frotan con los pubis. Caricias de nalgas desnudas, caricias de espaldas, caricias de muslos, caricias en las sensibles almas. Y se abrazan sintiendo en sus pechos los pechos de la otra, y los pezones se arañan. Y mientras las lenguas luchan, las cinturas se aprietan buscando el ángulo del cuerpo de la otra con el que alimentar el fuego que entre los muslos te abrasa. Tumbadas, una sobre la otra, con las miradas enfrentadas, y te frotas con su pierna mientras con tus pechos juega a la vez que girada con tus manos la masturbas. Y el cielo se nubla y la excitación habla con gemidos contenidos, con jadeos sofocados, con exclamaciones por la sorpresa del placer que te da esa mujer que te ama. Hasta que las palabras ruegan que no dure más la tortura, que termine ya el castigo, que el clímax deseado haga acto de presencia, transportándote a un Olimpo de placer multicolor. Y a esa mujer te abrazas. Y la besas, y consolándola en su placer el cabello del rostro le apartas. Y os miráis y al unísono decís: Feliz Día Internacional del Orgasmo Femenino.

Y hasta aquí mi delirio, mis demonios, mi deseo: queda felicitada. Feliz Día Internacional del Orgasmo Femenino.

 

 

jueves, 23 de mayo de 2024

ATRACCIÓN



 

En el lugar más inoportuno nuestra imaginación nos juega una mala pasada.

Vienen a nuestra mente recuerdos y fantasías, deseos de pasiones no vividas.

Nos dejamos llevar, las manos cobran vida, nuestro vientre arde.

Y hasta la más fría y dura piedra nos parece un templo cálido y excitante.

Te abrazas a la esculpida figura,

la dureza te transporte,

esa firmeza y belleza

en tu mente te tortura.

Recuerdas el cuerpo firme

de tu buen amante discreto,

que te da placer, sacia tu hambre

con su cuerpo duro y pétreo.

La frialdad del granito

la comparas con la carne

ardiente y caliente siempre

de ese, tu buen amante.

Dejaos llevar por la imaginación.

Sentid.

miércoles, 22 de mayo de 2024

GEMIDOS



No sé lo que será para una mujer escuchar a un hombre gemir cuando está disfrutando, algo que no puedo evitar cuando es mi caso, pues el placer me anula el entendimiento y me arranca roncos sonidos de lo más profundo de mi alma.

Comienzan siendo sutiles, respiraciones agitadas que al ritmo que el placer aumenta se convierten en suaves gemidos, apenas exhalaciones, que van subiendo de intensidad tornándose en primitivos gruñidos cuando me siento animal y salvaje.

Pero para un hombre oír gemir a la mujer con la que está compartiendo un momento tan íntimo, es escuchar la mejor de las melodías. Es un canto de sirenas que me convierte en Ulises e inevitablemente me arrastra hacia su precipicio cuando mis oídos son acariciados por tan dulce sinfonía que, inevitablemente, me hace perder el control de mi excitación y me avoca a caer desplomado y derramado sobre su caliente cuerpo.

 

martes, 21 de mayo de 2024

SED DE HOMBRE


Intenso calor el que sube por mi cuerpo cuando te veo así postrada, frente a mí, con la mirada fija, con tu trofeo asido con fuerza, con tus ganas desbocadas, como la salvaje hembra en celo que por fin tiene a su presa recién cobrada.

Pero con tenerlo tus ganas no quedan saciadas y vas a querer exprimirlo hasta sacarle la última gota de su esencia blanca. Ignorando mi presencia, buscando la tersa turgencia, de esa carne alocada que, con tu intención va creciendo, hasta estar altiva y clara.

Y mi deseo aumenta por sentirlo.

Y de mi garganta salen gruñidos,

cuando con tus artes magnas,

aprietas, agitas, frotas,

mueves, retuerces, desgranas,

alientas, lames y besas,

muerdes, succionas, desgastas

con tus labios endiablados,

hasta que mi negra alma

no soporta la dulzura

de tu desabrida boca

que sin piedad me desangra.


 

EL ECLIPSE

  Zarpamos en la pequeña lancha sobre las cinco de la tarde, más o menos. Llevábamos un par de días preparando la excursión. Una nevera repl...