A mitad de la interpretación,
las instrucciones sobraron.
Aumentó el ritmo y la cadencia,
las corcheas estorbaron,
las almas se estremecieron
y los acordes saltaron.
Mi cuerpo se ciñó al tuyo,
que, con demostrado agrado,
permitió que en ti yo entrara,
que, sin permiso ni aviso,
te penetró con descaro,
haciendo arrugar las hojas que hasta hacía un compás, marcaban la
dirección de la musical escena, que hizo arder nuestras mentes y con magistral
ejecución, nos llevó al carnal encuentro del sinfónico placer.
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