Zarpamos en la pequeña lancha sobre las cinco de la tarde, más o
menos. Llevábamos un par de días preparando la excursión. Una nevera repleta de
hielo con un par de botellas de cava muy frío, las copas, algún aperitivo
ligero, un plaid enorme, toallas, un pequeño altavoz bluetooth y, por supuesto,
las imprescindibles gafas protectoras para no perdernos el fenómeno.
Sabíamos que toda la isla iba a buscar el mejor lugar para
disfrutar de este eclipse total de sol, y sabíamos que la mayoría de las
embarcaciones de recreo apenas saldrían de la bahía, ya que desde allí había
una vista del horizonte privilegiada, pero guardábamos un as en la manga.
Como nos gustaba disfrutar de baños en el mar, en playas no muy
concurridas, siempre estábamos explorando nuevos lugares donde ir. Por tierra
habíamos encontrado calas impresionantemente bellas, con el acceso complicado
por escarpados caminos que, la verdad, eran frecuentadas por muy pocos
visitantes. Y por mar habíamos accedido a calas a las que era imposible llegar
por tierra y en las que fondeábamos algunas embarcaciones. Pero esta pasada semana,
en una deshabitada isla, apenas a cinco millas, habíamos descubierto una cala
especialmente discreta, no tanto porque estuviera muy escondida, sino porque
los bancos de arena en las proximidades de la costa la hacían especialmente
peligrosa para barcos con cierto calado, corriendo el riesgo de encallar, y mi pequeña
lancha, de apenas seis metros de eslora, y muy poco calado, me permitía
aproximarme casi hasta la orilla sin ningún riesgo, con la única precaución de
levantar apenas unos ángulos el motor fuera borda para que no rozase en el
fondo marino, todo ello y a pesar de ser una playa de piedras.
En el amarre, llené el depósito de agua dulce de la ducha,
comprobé el depósito de gasolina y embarcamos. Una vez salimos de puerto, nos
quitamos las camisetas quedándonos en bañador, y a menos de veinte nudos,
llegamos a nuestra reservada playa con tiempo suficiente para prepararnos para
el espectáculo meteorológico. La corta travesía fue muy tranquila, con el mar sereno,
casi sin olas y con un sol radiante. Los dos reímos cuando, en un par de
ocasiones, el agua nos salpicó refrescándonos, y esa sensación del agua se
agradecía al contacto con la brisa de la velocidad que llevábamos.
Al aproximarnos a nuestro paraíso, vimos que no había
absolutamente nadie a la vista, ningún barquito, ni ninguna lancha, lo que
confirmó nuestro vaticinio de que sería un lugar idílico para disfrutar del singular
momento.
Apenas a cincuenta metros de la playa paré el motor y lo levanté.
Me tiré al agua, que casi no me cubría las rodillas, y con el mismo cabo de
fondeo arrastré la lancha hasta que el casco tocó arena. Solté el ancla y comencé
a llevar todo lo que habíamos preparado a la playa de piedras. La incomodidad
que pudieran tener se convertía en todo lo contrario, pues una vez fuera del
agua no te manchabas con la arena. Solo se oían las olas como relajante mantra
chocando contra las piedras.
Puse las colchonetas de proa de la lancha sobre las piedras y extendimos
el plaid encima, pusimos sobre él las toallas, la nevera y el altavoz. Pusiste
la play list de Spotify que habías preparado, miramos el reloj y comprobamos
que teníamos tiempo de sobra para darnos un chapuzón así que, mirándonos a los
ojos y con un gesto de complicidad, nos quitamos los bañadores, nos dimos un
beso en los labios y, cogidos de la mano, fuimos paseando hasta quedar casi
flotando en el mar.
El agua estaba a una temperatura fantástica, ni caliente ni
excesivamente fría. Quitados los primeros metros de piedra, el fondo del mar
era de arena. Dimos unas brazadas a crol y, donde no hacíamos pie, nos quedamos
flotando boca arriba dejando que el sol nos acariciara. Estuvimos unos minutos
hasta que nos recompusimos y, a braza, regresamos lentamente a la orilla
mientras hablábamos sobre la expectación del eclipse.
Cuando el agua nos cubría los hombros nos pusimos frente a frente
y nos abrazamos. La sensación de sentir tu cuerpo desnudo contra el mío, en el
agua, me resultaba muy excitante. Tus pechos aplastando tus areolas tostadas con
tus pezones turgentes por la sensibilidad a la temperatura del agua contra mi
pecho era muy estimulante. Nuestras lenguas comenzaron a juguetear, y mi erección
no tardó en manifestarse. Intenté evitarlo, pero fue imposible, mi cuerpo
reaccionó de manera natural y sentí como me hinchaba lentamente, como iba
endureciéndome y como se comenzaba a descubrir mi ariete, sintiendo la arrugada
piel tensarse y liberar la protección de mi glande. Cuando sentiste mi miembro
rígido contra tu cuerpo, abrazándome el cuello te aupaste y rodeaste mi cintura
con tus muslos, dejando mi pene presionando en tu entrepierna y, a la vez que llevaba
mis manos a tus nalgas, para sujetarte, comenzaste a mover las caderas en un
vaivén cadenciosamente lento, masturbándote con mi erección.
Si ese roce me estaba endureciendo más, sentir el ritmo de nuestra
respiración acelerarse y oír los ahogados gemidos que se te escapaban hacían
que me sintiera en el mismo cielo, flotando entre nubes de algodón.
No pude calcular el tiempo que así te estuviste frotando, pero no
debió ser mucho, porque yo no hubiese aguantado, a pesar estar así, rozándote
sin penetrarte, pero el placer era superior, y lentamente comenzaste a
desacelerar, hasta parar, y cuando bajaste, nos volvimos a abrazar y sin
articular palabra nos dirigimos a la orilla.
Al ir saliendo del agua mi erección se mantenía, miraste mi
miembro, alargaste una mano, sopesaste mis testículos, como queriendo comprobar
el nivel de mi excitación por su propia carga, y reíste traviesa. De fondo se
oía la música que habías puesto. Llegamos al plaid, miramos la hora, y
comprobamos que todavía era temprano. Cariño, te dije, ¿Te apetece una copa de
cava? Por favor, contestaste. Así que abrí la nevera, saqué las dos copas
perfectamente embaladas y descorché una de las botellas. Serví las dos copas, “por
nosotros y nuestro paraíso” te dije y, tras chocar delicadamente las copas, le
dimos un largo sorbo al frío cava. Tenía la garganta seca, no sé si por el
calor o por la excitación, el caso es que, sentir el espumoso burbujeante al
tragar en mi garganta, volvió a reavivar la erección que comenzaba a
desaparecer.
No teníamos ninguna prisa, la tarde era nuestra, el lugar idílico y
estábamos juntos, así que, con ganas de disfrutar el uno del otro, pero sin
querer terminar, comenzamos a volver a calentarnos sutilmente. Sentados, el uno
frente al otro y con las piernas entrecruzadas por detrás de nuestros cuerpos, volvimos
a dejar que nuestras lenguas jugaran, y mientras con mis manos retiraba el
cabello mojado de tu rostro, tú me acariciabas el cuello y la espalda, arañándome
con tus uñas muy delicadamente. Mi miembro de nuevo anunció su presencia, esta
vez con una reacción más rápida que dentro del agua, y sentí mi glande hinchado
y terso, libre al contacto con la brisa del mar.
Fui descendiendo con mis manos por los costados de tu cuerpo hasta
rozar las redondeces de tus senos, y acuné tus tetas con delicadeza,
masajeándolas suavemente, disfrutando de tu aterciopelada piel y dándoles la bienvenida
a tus pezones que, de nuevo, se marcaban. Las areolas estaban rugosas y
contrastaban con la suavidad de la copa de tus pechos y mientras una mano seguía
rozándolos, la otra comenzaba a descender bajo tu ombligo, hasta llegara tu pubis.
Alargué un dedito, sin presionar, y sentí las crestas de tus labios vaginales
que comenzaban a desplegarse. Aplasté tu clítoris con mi dedo y tus uñas se
clavaron en mi espalda a la vez que arqueabas la tuya y soltabas un gemido.
Seguí acariciándote con cariño, rozando tus ingles, abandonando tu
caramelo más sensible, apenas rozando tus labios, que lentamente comenzaban a humedecerse
por tus jugos naturales. Sentía en mis dedos como te ibas abriendo, sin prisa,
pero sin pausa, y como las yemas de mis dedos se impregnaban en tus flujos
cuando sentí tu mano agarrar con fuerza mi polla y agitarla, durante unos
segundos, casi con violencia. Cuando paraste, empujándola hacia abajo,
comenzaste a masturbarte de nuevo, frotándote la vulva con mi glande, que resbalaba,
casi patinaba, entre tus labios vaginales totalmente abiertos y empapados en tu
lubricante néctar. Y a la vez que te pajeabas movías tus caderas de adelante
hacia atrás para aumentar la presión y casi sentir la cabeza de mi verga en tu
interior. Tus tetas se bamboleaban delante de mi rostro y alargando mi cara las
buscaba para lamer esos pezones, para abrazarlos con mis labios, para
succionarlos, para mordisquearlos.
Nuestros cuerpos habían comenzado a transpirar y sentíamos las
gotas de sudor caer por nuestras espaldas, hasta perderse entre nuestras
nalgas. Comenzábamos a sentirnos realmente cachondos, la respiración se nos
entrecortaba y, de nuevo, nuestras bocas se habían secado.
Para, te dije, no quiero que terminemos ya, e inmediatamente me
soltaste, lo que hizo que mi verga saltara como un resorte hacia arriba,
resbalando entre tu vulva. Nos separamos un poco, lo justo para coger aire y
poder servir otras dos copas del frío cava. Estábamos sudorosos y volvimos a
darle un sorbo largo al espumoso. Rellené las copas y las terminamos
saboreándolas a cortos sorbos.
Te pregunté: ¿Estás bien? Corazón. Muy cachonda, me dijiste, y eso
me encendió de nuevo. Démonos un baño, te dije. Nos levantamos y nos dirigimos
al agua. Te pusiste dos pasos por delante de mí, como si tuvieses prisa por
refrigerar tu entrepierna, lo que dejó a mi vista tu glorioso culo, dándote una
sonora cachetada, que te hizo dar un saltito y volver tu mirada hacia mí con
ojos revoltosos.
Repetimos el baño, unas brazadas hacia donde cubre, un poco de
relax dejándonos mecer por las olas y un regreso pausado a la orilla, con la
particularidad de que ahora estábamos realmente encendidos. Calculo que
llevaríamos unas dos horas jugando, y estábamos muy, muy excitados, con ganas
de retomar y no parar hasta que nuestros cuerpos no aguantasen más este placer
delirante.
Sobre el plaid volvimos a saborear el cava, miré el reloj y apenas
faltaban quince minutos para la hora prevista del eclipse. ¿Te apetece comer
algo? Inquirí. Me comería tu polla, respondiste con un descaro y un tono lujurioso
que hizo que me empalmara de nuevo. Ahora vamos a ver el eclipse, te recriminé.
Entre sorbo y sorbo, mirando al horizonte y ya con las gafas
especiales puestas, apenas distinguíamos el brillo del astro rey, cuando sentí
tu cabello caer sobre mi abdomen y tus labios rodeando mi glande. Sin mover tu
boca comenzaste a jugar con tu lengua, recorriendo cada pliegue de mi polla,
recreándote en el frenillo y arrancándome unos gruñidos ininteligibles de
placer mayúsculo. Recorriste mi falo sin prisa, hasta lamer mi escroto y succionar
en tu boca mis testículos, uno a uno, lo que hacía que me retorciera de placer.
Volviste a la cabeza hinchada de mi verga, donde me lamiste, me mordisqueaste y
me succionaste como queriendo extraerme ese veneno que me ponía tan caliente
mientras un dedo travieso se escondía tras mis huevos y comenzaba a acariciarme
el ano, lo que me provocó una oleada de calor tan intenso que tuve que retirar
tu cabeza de mi polla porque sentía que me corría.
El sol cada vez estaba menos brillante y, sin decirme nada, te
sentaste sobre mí, dándome la espalda, para poder verlo también. Alargaste una
mano entre tus muslos y cogiste mi polla erecta, te frotaste un par de veces y,
apuntando a tu entrada, te dejaste caer lentamente hasta que mis huevos
hicieron tope. Te quedaste quieta y apenas sentía como tu vagina comenzaba a
contraerse rítmicamente, cuando la luna comenzó a cubrir el brillo del sol.
Hubiese jurado que fue para ti una orden astral que te pidió que
comenzaras a mover tu culo en un vaivén endemoniado. Me incorporé lo suficiente
para poder lamerte la espalda y sujetarte las tetas que botaban descaradas con
tu baile. Pincé tus pezones con dos dedos, tiré de ellos hacia la luz que se
desvanecía y aumentaste el ritmo, apretaste tus músculos y la telúrica
oscuridad se iba haciendo más patente. Abandoné tus pechos y te sujeté por las
caderas, llevando una mano a tu clítoris y comenzando a masturbarte a la vez
que me follabas, cada vez con más fuerza, cada vez más rápido, cada vez más
salvaje.
El sol se ocultaba mientras sentía como mis huevos se mojaban con
tus flujos. No pares cariño, te dije agonizante, intercambiando gemidos y
jadeos. Sigue así, me estás volviendo loco y te di una cachetada en las nalgas.
A pesar de la penumbra la espalda te brillaba, pues habíamos comenzado a
transpirar de nuevo. La temperatura había bajado unos grados, pero nuestros
sexos estaban abrasando. Tu clítoris asomaba hinchado y la yema de mi dedo
resbalaba lubricada sobre él, presionándolo rítmicamente y agitándolo de izquierda
a derecha todo lo que la apertura de tus muslos me permitía, hasta que cuando
la luz se fue, me dejé caer hacia atrás, te ayudé en tu vaivén con la elevación
de mis caderas y al tiempo que exclamabas un ¡Me corroooooooooooo!, un sonido
desgarrador salió de mi garganta mientras nos corríamos como dos auténticos
salvajes, vaciando mi semen en tu vientre y contrayéndote sobre mi verga
exprimiéndola por completo.
Poco a poco la luz recuperó su brillo y nuestros corazones
volvieron al ritmo normal. Recuperamos la calma. ¿Te apetece un baño? te
sugerí. Aceptaste y, de nuevo, de la mano fuimos a recuperar la temperatura natural
de nuestros cuerpos.
Nos secamos tumbados con el sol que el eclipse había consentido
mantener. Serví cava y dijiste “Por el eclipse, por nuestro orgasmo” en un
singular brindis que recogí gustoso. Hicimos sonar nuestras copas y bebimos un
sorbo de cava. Tomamos algo de los aperitivos que habíamos preparado y, cuando
el sol, ahora de manera natural, anunciaba su retirada en el horizonte,
embarcamos de nuevo.
Nos dimos una ducha de agua dulce con la ducha de la lancha, para
quitarnos restos de la sal del mar y de nuestra apasionada sesión de intenso
sexo.
Nos pusimos los bañadores y pusimos rumbo a puerto.
En la corta travesía nos encontramos con embarcaciones que habían
salido a disfrutar del fenómeno, pero afortunadamente, ninguna había invadido
nuestra intimidad.
La felicidad se reflejaba en nuestros rostros, y el placer en
nuestros sexos.
No pienso esperar hasta el próximo eclipse para repetir, te
advertí en tono divertidamente amenazante. Me ha parecido oír en las noticias
que mañana hay otro, me respondiste divertidamente descarada.
Mañana nos eclipsaremos al atardecer.
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