METRICOOL

lunes, 27 de mayo de 2024

SOLO OSCURIDAD



Y tras la larga ausencia volvimos a reencontrarnos. Y lejos de sentirnos extraños, cuando nuestras miradas se cruzaron a los dos se nos iluminó el rostro esbozando esa típica sonrisa, mezcla de felicidad y deseo, de ternura y picardía, aderezada con el brillo de nuestros ojos.

Cuando nuestras manos se rozaron sentí ese escalofrío adolescente recorriendo mi espalda, excitante, sexualmente excitante, a la vez que inspiraste profundamente, casi exageradamente, como si te faltase el aire al contacto con mi piel.

Cuando nuestras bocas se redescubrieron un tsunami de lujuriosas sensaciones se despertaron en nuestro bajo vientre. Lenguas ávidas por recuperar el tiempo perdido, manos ansiosas por acariciar el cuerpo deseado, sexos impacientes por sentir y hacer sentir.

Tus manos continuaron buscando y encontrando mi cuerpo abandonado, retorciéndolo de placer con cada caricia, convirtiendo mi sexo dormido en guerrero combatiente, tornando la paz de mi entrepierna por la tensión de sentirme prisionero de la ropa interior. Erección abultada que invitaba a ser tomada, rozada, acariciada, salvajemente sobada con el deseo de liberar toda la tensión acumulada mientras mis dedos subían temblorosos por entre tus muslos, apenas rozándote la piel, atraídos por la cálida humedad que desprendían tus bragas.

Y mi verga saltó como un resorte cuando por fin la liberaste, y la cogiste, y la agitaste haciendo que mis testículos rebotasen contra el sofá en cada movimiento.

Y tu sexo se abrió al sentir las yemas de mis dedos ahuecando el elástico de tus bragas en tu ingle. Y te arqueaste al sentir mis yemas rozando tus labios vaginales. Y moví mis caderas al sentir tus flujos en mi mano en unos ataques incontrolables.

Y me montaste, apartando a un lado tus húmedas bragas, clavándote mi polla hasta el fondo de tu cuerpo, mientras mi boca buscaba tus pechos, que se movían frente a mí, irreverentes, con tus pezones desafiantes ante las caricias de mi lengua.

Gemías con cada salto al tiempo que aplastabas mis huevos con tus nalgas, humedeciéndolos con tu excitación, mientras mis manos te aupaban por el culo, recogiendo tus flujos con la yema de mi dedo índice, acariciando tu perineo y masajeando tu ano, lubricándolo con tus propios jugos.

Y pasaste un brazo entre nosotros, impaciente y excitada, hasta llegar con tu mano a tu clítoris, que comenzaste a masajear con fuerza mientras tu respiración se agitaba más todavía. Cerraste los ojos y aceleraste, cabalgándome con frenético ritmo, masturbándote mientras me exprimías en tu interior.

Presionaba suavemente tu ano, lubricado por tus flujos, dibujando círculos con la yema de mi dedo hasta que en un frenético movimiento se introdujo apenas dos centímetros en tu prohibido agujero, lo suficiente para que desencadenara en ti unos vaivenes descontrolados, infernales, que me arrancaron profundos sonidos roncos de placer mientras comenzaba a inundar tu interior, mientras un jadeo prolongado anunció tu agónico clímax, a la vez que tu ano se contraía con fuerza sobre mi dedo, hasta liberarlo y caer desfallecida sobre mi cuerpo sudoroso.

Y solo necesitamos eso, reencontrarnos y soplar la luz de la cerilla que iluminaba nuestros rostros. Esta vez la soplé yo. ¿La soplarás tú la siguiente vez que nos reencontremos?

 

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