Y tras la larga ausencia volvimos a reencontrarnos. Y lejos de
sentirnos extraños, cuando nuestras miradas se cruzaron a los dos se nos
iluminó el rostro esbozando esa típica sonrisa, mezcla de felicidad y deseo, de
ternura y picardía, aderezada con el brillo de nuestros ojos.
Cuando nuestras manos se rozaron sentí ese escalofrío adolescente
recorriendo mi espalda, excitante, sexualmente excitante, a la vez que
inspiraste profundamente, casi exageradamente, como si te faltase el aire al
contacto con mi piel.
Cuando nuestras bocas se redescubrieron un tsunami de lujuriosas
sensaciones se despertaron en nuestro bajo vientre. Lenguas ávidas por
recuperar el tiempo perdido, manos ansiosas por acariciar el cuerpo deseado,
sexos impacientes por sentir y hacer sentir.
Tus manos continuaron buscando y encontrando mi cuerpo abandonado,
retorciéndolo de placer con cada caricia, convirtiendo mi sexo dormido en
guerrero combatiente, tornando la paz de mi entrepierna por la tensión de
sentirme prisionero de la ropa interior. Erección abultada que invitaba a ser
tomada, rozada, acariciada, salvajemente sobada con el deseo de liberar toda la
tensión acumulada mientras mis dedos subían temblorosos por entre tus muslos,
apenas rozándote la piel, atraídos por la cálida humedad que desprendían tus
bragas.
Y mi verga saltó como un resorte cuando por fin la liberaste, y la
cogiste, y la agitaste haciendo que mis testículos rebotasen contra el sofá en
cada movimiento.
Y tu sexo se abrió al sentir las yemas de mis dedos ahuecando el
elástico de tus bragas en tu ingle. Y te arqueaste al sentir mis yemas rozando
tus labios vaginales. Y moví mis caderas al sentir tus flujos en mi mano en
unos ataques incontrolables.
Y me montaste, apartando a un lado tus húmedas bragas, clavándote
mi polla hasta el fondo de tu cuerpo, mientras mi boca buscaba tus pechos, que
se movían frente a mí, irreverentes, con tus pezones desafiantes ante las
caricias de mi lengua.
Gemías con cada salto al tiempo que aplastabas mis huevos con tus
nalgas, humedeciéndolos con tu excitación, mientras mis manos te aupaban por el
culo, recogiendo tus flujos con la yema de mi dedo índice, acariciando tu
perineo y masajeando tu ano, lubricándolo con tus propios jugos.
Y pasaste un brazo entre nosotros, impaciente y excitada, hasta
llegar con tu mano a tu clítoris, que comenzaste a masajear con fuerza mientras
tu respiración se agitaba más todavía. Cerraste los ojos y aceleraste,
cabalgándome con frenético ritmo, masturbándote mientras me exprimías en tu
interior.
Presionaba suavemente tu ano, lubricado por tus flujos, dibujando
círculos con la yema de mi dedo hasta que en un frenético movimiento se
introdujo apenas dos centímetros en tu prohibido agujero, lo suficiente para
que desencadenara en ti unos vaivenes descontrolados, infernales, que me
arrancaron profundos sonidos roncos de placer mientras comenzaba a inundar tu
interior, mientras un jadeo prolongado anunció tu agónico clímax, a la vez que
tu ano se contraía con fuerza sobre mi dedo, hasta liberarlo y caer
desfallecida sobre mi cuerpo sudoroso.
Y solo necesitamos eso, reencontrarnos y soplar la luz de la
cerilla que iluminaba nuestros rostros. Esta vez la soplé yo. ¿La soplarás tú
la siguiente vez que nos reencontremos?
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Deja tu comentario sincero sobre lo que te ha parecido el relato. Lo leeré con mucha atención. Gracias.