Hoy, que amanecí despierto por la más madrugadora parte de mi
anatomía, hundí la nariz en la almohada, inspiré profundamente, y le arranqué
los sutiles matices que todavía guardaba de tu perfume.
Poderoso efecto el que el recuerdo de los olores tiene en nuestra
mente pues, inmediatamente, se despertó en mí el deseo de tenerte entre mis
brazos.
Y poderosas órdenes las que la mente transmite, asociando esa
olorosa evocación con placenteros recuerdos de cópulas y placeres en los que se
mezclan besos, caricias, mordiscos y cuerpos entregados uno al otro en una
bacanal de gozo.
Resignado, me dirijo a la ducha y dejo que corra el agua, y de
nuevo mi cabeza asocia el ruido del salpicar de las gotas con encuentros bajo
la lluvia del agua templada, cuando con nuestras manos como única esponja, nos
enjabonábamos el uno al otro y disfrutábamos del resbalar sedoso de nuestros apéndices
por todos los rincones de nuestros cuerpos, hasta frotarnos abrazados y
culminar en un acuático éxtasis, siendo finalmente acariciados por esa sutil
lámina de agua que nos aclaraba y arrastraba los fluidos del encuentro por el
sumidero de la ducha.
Hoy me hubiera encantado que te hubieras duchado conmigo, que
hubiéramos jugado bajo el agua.
Hoy me hubiera encantado haberte arropado con la toalla secando tu
precioso cuerpo al salir.
Hoy me hubiera encantado que, estando todavía desnudos en el baño,
no hubieras podido reprimir tus ganas y me hubieras tomado allí mismo, gozando
los dos.
Hoy me hubiera encantado.
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