No sé lo que será para una mujer escuchar a un hombre gemir cuando
está disfrutando, algo que no puedo evitar cuando es mi caso, pues el placer me
anula el entendimiento y me arranca roncos sonidos de lo más profundo de mi
alma.
Comienzan siendo sutiles, respiraciones agitadas que al ritmo que
el placer aumenta se convierten en suaves gemidos, apenas exhalaciones, que van
subiendo de intensidad tornándose en primitivos gruñidos cuando me siento
animal y salvaje.
Pero para un hombre oír gemir a la mujer con la que está
compartiendo un momento tan íntimo, es escuchar la mejor de las melodías. Es un
canto de sirenas que me convierte en Ulises e inevitablemente me arrastra hacia
su precipicio cuando mis oídos son acariciados por tan dulce sinfonía que,
inevitablemente, me hace perder el control de mi excitación y me avoca a caer
desplomado y derramado sobre su caliente cuerpo.
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