Todos tenemos momentos angustiosos en los que sentimos que nos
falta la energía, estamos decaídos, flojos, con las baterías bajas, como ese
viejo juguete que, a duras penas, consigue moverse y hacer parpadear las luces
cuando lleva meses condenado al ostracismo del fondo de un cajón con las pilas
alcalinas a punto de expirar.
Eso es lo que le ocurre a mi cuerpo cuando hace tiempo que no
comparte momentos de especial intimidad y unión con una mujer que sepa sacar mi
lado más romántico y cariñoso y provoque el oscuro y perverso.
Como un vampiro que barrunta el alba, y precisa alimentar su alma
con la sangre de una damisela inocente, yo necesito alimentar mi cuerpo y mi
mente, con las caricias, palabras, besos y esencias de una mujer contundente,
de una mujer entregada, de una poderosa hembra.
Una fémina que haga que mi sangre hierva, que mi cuerpo dormido
metamorfosee y recobre la vida y que mi sexo entre en incandescencia. Una mujer
que sienta su vientre revolverse al contacto con mi piel, que sienta entre tus
muslos el rescoldo de unas brasas que se avivan por momentos, que sienta el
deseo irreprimible de colmar sus puertas de placer con la entrada de mi más
servicial invitado.
Y así, los dos, en privado encuentro, en visceral coyunda, en
salvaje y animal cópula dar rienda suelta a nuestras ansias, dejar que se
liberen nuestras tensiones, compartir fluidos y cargar nuestras baterías hasta
el próximo encuentro.
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