No era la primera que vez que charlábamos, de hecho, llevábamos haciéndolo unos meses y, poco a poco, habíamos ido cogiendo confianza el uno con el otro. Nuestras conversaciones habían sido de lo más dispares, desde temas banales, como la socorrida climatología en insulsas conversaciones de ascensor, hasta cuestiones más profundas, como las conexiones espirituales y las comuniones tántricas entre las personas, pasando de refilón por cuestiones políticas o religiosas.
Obviamente, el tema de las relaciones íntimas había aflorado en
más de una ocasión, y los dos habíamos mantenido un perfil más bien bajo, sin
entrar en demasiados detalles ni profundizando tanto como para descubrir los
gustos y perversiones que, en mayor o menor medida, todos guardamos en nuestra
intimidad más privada, a pesar de lo cual, sí que habíamos abordado en alguna
ocasión la importancia de evitar la monotonía en las relaciones de pareja, en
buscar alicientes que salpimentaran los encuentros y, por supuesto, en dejar
volar la imaginación y alimentar las fantasías.
En cierta ocasión te confesé que me encantaba tu forma de ver e
interpretar las fantasías y, además, que las compartieras conmigo. Los dos
habíamos llegado a la conclusión de que, a veces, son solo eso, fantasías que, quizá
si intentamos hacerlas realidad, quizá por haberlas hecho tan deseadas, quizá
por haberlas idealizado, resultaban frustrantemente decepcionantes. En cambio, los
dos estábamos convencidos de que otras fantasías eran para cumplirlas, para
materializarlas, para llevarlas a cabo, para disfrutarlas, embriagándonos por
ese perturbador aroma del deseo al fin alcanzado.
En esas nos encontrábamos cuando los dos reparamos en la fantasía
de compartir una ducha. Una fantasía que, a priori, no debiera resultar difícil
disfrutarla pero que no siempre resulta fácil que eso suceda, unas veces por
cuestiones como el propio plato de ducha y el espacio disponible, otras por la
temperatura y otras porque, seamos sinceros, no todos tenemos las mismas
fantasías y hay personas a las que un encuentro bajo el agua les resulta tan
morboso como resolver una integral.
Recuerdo haber desnudado mi alma frente a ti, en ese aspecto,
revelándote que, para mí, siempre era un placer disfrutar de una ducha de agua
tibia. Que sentir las gotas golpeando sobre nuestras cabezas y nuestros hombros
y cómo resbalaban por nuestra piel desnuda era una sensación indescriptible.
Hacía mucho tiempo que no disfrutaba de esos placeres, tanto que,
según lo iba recordando mi imaginación se iba desbordando.
Además, apunté, si la ducha está acompañada de la mejor compañía,
miel sobre hojuelas. Disfrutar del agua compartiendo espacio con la persona
amada y su piel anhelada y deseada, sentir las salpicaduras del agua de un
cuerpo a otro, rozarnos las manos tímidamente y cogernos por ellas, mientras
nuestros ojos se buscan y nuestros labios se encuentran curiosos, a la vez que
el agua cae por nuestros rostros empañando nuestras miradas resulta
inevitablemente excitante.
Sentir nuestros labios mojados, cuando nuestros cuerpos se rozan
inevitablemente, mientras siento tus senos en mi pecho y nuestros corazones se aceleran
hasta no poder evitar fundirnos en un abrazo bajo el agua, uniendo nuestros
cuerpos mientras nuestras lenguas siguen jugueteando, hace que el deseo comience
a transpirar en nuestras pieles.
Continuar, besándonos los cuellos, mordisqueándonos los hombros,
hasta que me permites seguir explorando sobre tu piel, dejando que la punta de
mi lengua se arrastre por tu anatomía, recorriendo tu escote y tus pechos,
buscando tus pezones que comienzan a desperezarse cuando sientes como dibujo circulitos
sobre tus tostadas areolas, hace que mi vigilante sexo se erija impertinente, y
provocas que desee seguir descendiendo por la copa de tus senos, resbalando por
tu abdomen buscando tu ombligo, bajando por tu tripita hasta llegar a tu pubis,
que rodeo delicadamente, haciéndote sentirlo ignorado, siguiendo bajando por tu
muslo, alcanzando tu rodilla, llegando a tu tobillo y tu pie, que con hábil
gesto levantas dejándolo al alcance de mi boca, y comienzo a besar tus deditos,
recorriendo los espacios entre ellos con mi lengua, introduciéndolos en mi boca
y succionándolos, mientras mis manos acarician la cara interna de tu rodilla y de
tu muslo, mientras me observas, arrodillado debajo de ti, disfrutando de la
estampa de mi desnudez cubierta bajo la capa de agua, nos lleva a un estado de
potenciada tensión sexual.
Y así, sin levantar mis labios de tu piel, comienzo a ascender por
tu tobillo hasta llegar a tu rodilla, y desde allí, sigo subiendo por la cara
interna de tu muslo, que has elevado posándolo sobre mi hombro, para dejarme
más accesible tu rinconcito más preciado. Alargo mi cuerpo y apenas lo rozo con
mi rostro, alcanzándolo y, muy suavemente, comienzo a circunvalarlo con mi
lengua, subiendo por tus ingles hasta alcanzar tu caramelito de placer, que
sutilmente rozo pasando sobre él, todavía protegido por su capuchoncito de piel,
y comienzo a descender por tu otra ingle, hasta llegar al final de tu sexo desde
donde, en vez de detenerme, continuo en infernal recorrido hasta alcanzar tu prohibido
esfínter, que masajeo suavemente con mi lengua antes de volver a recorrer tu
intimidad de sur a norte pero, esta vez, apoyando mi lengua en tu vagina y,
presionando suavemente pero con firmeza, la deslizo entre tus labios vaginales
y comienzo a recorrerte hasta llegar a tu clítoris que, ahora ya, asoma curioso,
brillante, terso y sonrosado, en busca del ansiado placer. Lo beso y lo
succiono, lo recorro y lo masajeo con mi lengua y mis labios, sintiendo como se
torna turgente por la excitación.
Has comenzado a destilar tu dulce néctar, que mezclado con el agua
que cae y con mi saliva, extiendo por cada rincón de tu entrepierna. Las
crestas de tus labios se muestran nerviosas, desplegándose a cada pasada de mi
mojado apéndice, que no cesa en la búsqueda de nuevos rincones, deshaciendo
pliegues y liberando placeres.
Ahogados gemidos salen de tu garganta cuando vuelves a sentir la
presión, esta vez más intensa, de la punta de mi lengua en tu ano, que comienza
dar muestras de entrega aflojando sus anillos y, manteniendo la tensión, la
arrastro hacia tu sexo hasta penetrarte aplastando mi rostro contra tu cuerpo
y, a la vez que te sujeto con las manos por las nalgas, comienzo dibujar
círculos en tu interior, recorriendo todas tus paredes vaginales, y tu
respiración se agita cuando comienzas a sentir como tu coñito convulsiona en
rítmicas oleadas de placer que te arrancan un prolongado gruñidito al sentirte
abandonada al abismo del orgasmo.
Y siento mi erección palpitante abandonada mientras disfruto de tu
placer en mi rostro.
Y, ufff, mejor lo dejo ahí, porque creo que imaginando y fantaseando,
lo que siento en mi sexo ahora mismo es pura realidad.
Y, en cualquier caso, nunca te quedes con ganas de una ducha, de
una buena ducha, si tienes la oportunidad.
Una conversación muy amena jajaja, y muy sorprendente final, ( no me lo esperaba) ☺️
ResponderEliminarMuchas gracias, espero que el sorprendente final no te haya decepcionado.
EliminarPara nada, al contrario, me ha sacado una sonrisa, con perdón del protagonista que no debe ser agradable la situación final...🙏🏻
ResponderEliminarGracias de nuevo. El protagonista acepta con agrado la sonrisa.
EliminarMuchísimas gracias por tu amabilidad...
EliminarSiempre es un placer.
Eliminar