El
día transcurrió sin prisa, dejando que las horas pasaran como quien no tiene
prisa porque el deseado momento llegara, provocando que aumentara
exponencialmente tu impaciencia. El encuentro se ha demorado más de lo que nuestros
cuerpos hubieran deseado, más de lo que nuestros labios estaban dispuestos a
esperar, más de lo que nuestros sexos han podido contener, mucho más de lo que
cuesta robarle un orgasmo a la tímida y casta vecina de rellano.
Los
nervios se adueñaron de tu ser, provocando mil sensaciones, hermosas y
contradictorias. El deseo hizo que deambularas por casa como una leona
enjaulada, de una habitación a otra, del salón a la cocina, pasillo arriba,
pasillo abajo, sin dejar de mirar, inquieta, el telefonillo del portero
automático cada vez que estaba a tu alcance, mientras tus tacones repicaban
sordos en la madera del parqué.
Sentiste tu sexo dispuesto, preparado, húmedo, cálido y hormigueante, y
temiste perecer joven en la hoguera del deseado clímax. Temiste estallar en
explosivo clímax antes de lo que la piel que ansía ser acariciada necesita para
erizarse al contacto con la persona deseada.
El listón estaba alto y sabías que no te iba a defraudar, del mismo
modo que no me iba a conformar con cualquier beso, con cualquier caricia, con
cualquier placer. Los dos éramos conscientes de la sibarita sesión de placer
que íbamos a disfrutar.
Sublime ha de ser la comunión de dos seres que se entienden, sin
pronunciar palabra, con el lenguaje de los signos, de las miradas, de la dulce
dominación que te lleva a obedecer, que me obliga a complacer.
Confías y temes, deseas y agobias, esperas y ruegas que no me retrase.
Te preparas para servir, para complacer y, sobre todo, para gozar.
No conocerme le da un plus de excitación a tu inquietud, pero tienes
claro las cotas de placer que puedes alcanzar, lo que aún aviva más tus ganas.
Llegué. Te callaste. Bajaste la mirada y un escalofrío recorrió tu
espalda. Tu cuerpo tembló, tus rodillas se aflojaron y tu entrepierna entró en
combustión.
Ahora ven, no hay vuelta atrás. Es inútil que retrocedas a cada paso
que doy. La suerte está echada. El placer repartido. Inspira profundamente.
Comienza la sesión.
Valentía y confianza plena para llevar a cabo ese encuentro, sin conocimiento de quien es y qué pasará...
ResponderEliminarAbsoluta confianza, predisposición y valentía.
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