Por
más que te lo había dicho nunca me hiciste caso. Siempre tenías mejores
opciones que la de venir a cenar conmigo. Siempre rechazabas mi invitación.
Las
estrellas nos acompañarán en la velada, te dije mil veces. Las luces
tintineantes de las velas serán quienes nos iluminen. Delicados manjares
saborearemos mirándonos a los ojos. Frío espumoso saciará nuestra sed con sus
dulces burbujas.
Sin
etiquetas ni protocolos, uno junto al otro, mirando el horizonte y con la luna
como expectante y discreta testigo.
Descalzos
en la arena, dejando correr las agujas del reloj, entre bocado y bocado, mirada
y mirada, sorbo y sorbo, hasta que la noche se adueñe de nosotros.
Nunca
hubo mejor salón, ni mejor decorado, ni mejor compañía.
Y
esa noche viniste, y cenamos, y nos amamos.
Agua
que recoge el reflejo de la luna blanca, agua que nos cubre, agua que nos moja.
Baño furtivo en la oscuridad del ocaso. Baño compartido. Besos salados en el
salado mar, cuerpos abrazados, desnudos y prudentes cuerpos callados. Manos
curiosas que buscan al otro bajo la condescendencia de las suaves olas. Piel
que se eriza, calor que nos invade, excitación que aparece. Sexos imprudentes
que desean, cuerpos impertinentes que despiertan, celo que brota volviéndonos
lascivos y salvajes. Acople animal y sumergido, vaivenes brutales, besos,
lenguas, mordiscos, éxtasis compartido. El mar se calma, las olas cesan. La
luna se acuesta, el alba acecha.
Cena
memorable y baño imborrable. Me entraron ganas de volver a cenar contigo.
Espero que esta vez no tardes tanto en aceptar.
Una impecable cita, un comienzo romántico en un lugar ideal y una cena que termina con los cuerpos amándose entre las olas del mar...
ResponderEliminarNo concibo mejor velada.
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