Piel que quema como ascuas. Brasas entre tus muslos. Calor que te
lleva a retorcerte cada vez que rozas el clímax con las crestas de la boca de
tu túnel. Cruel desesperación.
Caderas que levantas ansiosa buscando con tu cuerpo el extremo
erguido del mío, que presientes a tu alcance. Te agitas.
Lo percibes, lo notas, lo sientes, pero no me tienes. Humedad
salvaje que moja tus entrañas. Desfalleces. Respiras, jadeas. Vuelves a
intentarlo levantando más alto tu cuerpo, arqueando tu espalda, moviendo tu
cintura de un lado a otro, todo lo que las ataduras te permiten.
Traspiras nerviosa e impaciente. Tus pechos brillan imponentes y
sus tostados adornos se levantan al sentir el aire de mi aliento sobre ellos.
Quieres mis dientes.
Desorientada sin saber el tiempo que llevas así lo único que te
importa es saciar tu sexo, ávido de sentirse pleno, complacido, entregado,
penetrado.
Casi me rozas, casi me tienes, casi me sientes, pero no. Tus
entrañas se frustran. Tu mente te estalla. Tu cuerpo no aguanta.
Lenta agonía la que sientes, de asomarte una y otra vez al vacío
de la necesidad de tu vientre pero sin colmarte con su placer indescriptible.
Desmesurada humedad la que soportas, enjugando tus esencias en tus
rincones, asomando y resbalando, rezumando mil aromas y sabores.