Prepara tus níveas nalgas para el oscuro castigo.
Blancos deseos.
Negros placeres.
Nada es lo que parece, pues hasta el más romántico de los hombres tiene su lado oscuro.
Prepara tus níveas nalgas para el oscuro castigo.
Blancos deseos.
Negros placeres.
Esta, mi historia, no es en sí un gran relato, sino más bien, microrrelatos, más o menos extensos, más o menos autobiográficos, donde se mezcla el recuerdo de experiencias con fantasías, de olvidadas sensaciones con deseados encuentros. No es mi ánimo ofender a nadie, pues en el fondo es una forma de terapia para calmar los diablillos que habitan en mi mente, a veces traviesos, a veces oscuros, pero siempre respetuosos con todo el mundo.
Es cierto que se divierten dibujando en mi mente situaciones que, en mi intimidad, me atrapan y doblegan, haciéndome caer en el pecado de la carne.
Parafraseando al popular cantante, "a mis cincuenta y tres, cincuenta y dos dicen que aparento", lo que me hace tener cierto bagaje sin perder por ello, ni un ápice, el brillo curioso en mis pupilas, las ganas de aprender, de conocer, en definitiva, de vivir.
Espero que, desde ahí, disfrutes con mis humildes aportaciones, las leas, y seas indulgente con este aficionado autor, partiendo con la premisa, precisamente, de que son pequeñas historias contadas por un amateur.
No te robo más tiempo y te invito, humildemente, a que leas y opines, con toda tu sinceridad. Aprenderemos los dos.
Se os saluda.
Deja tu cuello a mi alcance y serás mi más preciada presa.
Gime al primer mordisco y desatarás todo mi deseo.
Suspira. Jadea. Goza.
Esta, mi historia, no es en sí un gran relato, sino más bien, microrrelatos, más o menos extensos, más o menos autobiográficos, donde se mezcla el recuerdo de experiencias con fantasías, de olvidadas sensaciones con deseados encuentros. No es mi ánimo ofender a nadie, pues en el fondo es una forma de terapia para calmar los diablillos que habitan en mi mente, a veces traviesos, a veces oscuros, pero siempre respetuosos con todo el mundo.
Es cierto que se divierten dibujando en mi mente situaciones que, en mi intimidad, me atrapan y doblegan, haciéndome caer en el pecado de la carne.
Parafraseando al popular cantante, "a mis cincuenta y tres, cincuenta y dos dicen que aparento", lo que me hace tener cierto bagaje sin perder por ello, ni un ápice, el brillo curioso en mis pupilas, las ganas de aprender, de conocer, en definitiva, de vivir.
Espero que, desde ahí, disfrutes con mis humildes aportaciones, las leas, y seas indulgente con este aficionado autor, partiendo con la premisa, precisamente, de que son pequeñas historias contadas por un amateur.
No te robo más tiempo y te invito, humildemente, a que leas y opines, con toda tu sinceridad. Aprenderemos los dos.
Se os saluda.
No era la primera que vez que charlábamos, de hecho, llevábamos haciéndolo unos meses y, poco a poco, habíamos ido cogiendo confianza el uno con el otro. Nuestras conversaciones habían sido de lo más dispares, desde temas banales, como la socorrida climatología en insulsas conversaciones de ascensor, hasta cuestiones más profundas, como las conexiones espirituales y las comuniones tántricas entre las personas, pasando de refilón por cuestiones políticas o religiosas.
Obviamente, el tema de las relaciones íntimas había aflorado en
más de una ocasión, y los dos habíamos mantenido un perfil más bien bajo, sin
entrar en demasiados detalles ni profundizando tanto como para descubrir los
gustos y perversiones que, en mayor o menor medida, todos guardamos en nuestra
intimidad más privada, a pesar de lo cual, sí que habíamos abordado en alguna
ocasión la importancia de evitar la monotonía en las relaciones de pareja, en
buscar alicientes que salpimentaran los encuentros y, por supuesto, en dejar
volar la imaginación y alimentar las fantasías.
En cierta ocasión te confesé que me encantaba tu forma de ver e
interpretar las fantasías y, además, que las compartieras conmigo. Los dos
habíamos llegado a la conclusión de que, a veces, son solo eso, fantasías que, quizá
si intentamos hacerlas realidad, quizá por haberlas hecho tan deseadas, quizá
por haberlas idealizado, resultaban frustrantemente decepcionantes. En cambio, los
dos estábamos convencidos de que otras fantasías eran para cumplirlas, para
materializarlas, para llevarlas a cabo, para disfrutarlas, embriagándonos por
ese perturbador aroma del deseo al fin alcanzado.
En esas nos encontrábamos cuando los dos reparamos en la fantasía
de compartir una ducha. Una fantasía que, a priori, no debiera resultar difícil
disfrutarla pero que no siempre resulta fácil que eso suceda, unas veces por
cuestiones como el propio plato de ducha y el espacio disponible, otras por la
temperatura y otras porque, seamos sinceros, no todos tenemos las mismas
fantasías y hay personas a las que un encuentro bajo el agua les resulta tan
morboso como resolver una integral.
Recuerdo haber desnudado mi alma frente a ti, en ese aspecto,
revelándote que, para mí, siempre era un placer disfrutar de una ducha de agua
tibia. Que sentir las gotas golpeando sobre nuestras cabezas y nuestros hombros
y cómo resbalaban por nuestra piel desnuda era una sensación indescriptible.
Hacía mucho tiempo que no disfrutaba de esos placeres, tanto que,
según lo iba recordando mi imaginación se iba desbordando.
Además, apunté, si la ducha está acompañada de la mejor compañía,
miel sobre hojuelas. Disfrutar del agua compartiendo espacio con la persona
amada y su piel anhelada y deseada, sentir las salpicaduras del agua de un
cuerpo a otro, rozarnos las manos tímidamente y cogernos por ellas, mientras
nuestros ojos se buscan y nuestros labios se encuentran curiosos, a la vez que
el agua cae por nuestros rostros empañando nuestras miradas resulta
inevitablemente excitante.
Sentir nuestros labios mojados, cuando nuestros cuerpos se rozan
inevitablemente, mientras siento tus senos en mi pecho y nuestros corazones se aceleran
hasta no poder evitar fundirnos en un abrazo bajo el agua, uniendo nuestros
cuerpos mientras nuestras lenguas siguen jugueteando, hace que el deseo comience
a transpirar en nuestras pieles.
Continuar, besándonos los cuellos, mordisqueándonos los hombros,
hasta que me permites seguir explorando sobre tu piel, dejando que la punta de
mi lengua se arrastre por tu anatomía, recorriendo tu escote y tus pechos,
buscando tus pezones que comienzan a desperezarse cuando sientes como dibujo circulitos
sobre tus tostadas areolas, hace que mi vigilante sexo se erija impertinente, y
provocas que desee seguir descendiendo por la copa de tus senos, resbalando por
tu abdomen buscando tu ombligo, bajando por tu tripita hasta llegar a tu pubis,
que rodeo delicadamente, haciéndote sentirlo ignorado, siguiendo bajando por tu
muslo, alcanzando tu rodilla, llegando a tu tobillo y tu pie, que con hábil
gesto levantas dejándolo al alcance de mi boca, y comienzo a besar tus deditos,
recorriendo los espacios entre ellos con mi lengua, introduciéndolos en mi boca
y succionándolos, mientras mis manos acarician la cara interna de tu rodilla y de
tu muslo, mientras me observas, arrodillado debajo de ti, disfrutando de la
estampa de mi desnudez cubierta bajo la capa de agua, nos lleva a un estado de
potenciada tensión sexual.
Y así, sin levantar mis labios de tu piel, comienzo a ascender por
tu tobillo hasta llegar a tu rodilla, y desde allí, sigo subiendo por la cara
interna de tu muslo, que has elevado posándolo sobre mi hombro, para dejarme
más accesible tu rinconcito más preciado. Alargo mi cuerpo y apenas lo rozo con
mi rostro, alcanzándolo y, muy suavemente, comienzo a circunvalarlo con mi
lengua, subiendo por tus ingles hasta alcanzar tu caramelito de placer, que
sutilmente rozo pasando sobre él, todavía protegido por su capuchoncito de piel,
y comienzo a descender por tu otra ingle, hasta llegar al final de tu sexo desde
donde, en vez de detenerme, continuo en infernal recorrido hasta alcanzar tu prohibido
esfínter, que masajeo suavemente con mi lengua antes de volver a recorrer tu
intimidad de sur a norte pero, esta vez, apoyando mi lengua en tu vagina y,
presionando suavemente pero con firmeza, la deslizo entre tus labios vaginales
y comienzo a recorrerte hasta llegar a tu clítoris que, ahora ya, asoma curioso,
brillante, terso y sonrosado, en busca del ansiado placer. Lo beso y lo
succiono, lo recorro y lo masajeo con mi lengua y mis labios, sintiendo como se
torna turgente por la excitación.
Has comenzado a destilar tu dulce néctar, que mezclado con el agua
que cae y con mi saliva, extiendo por cada rincón de tu entrepierna. Las
crestas de tus labios se muestran nerviosas, desplegándose a cada pasada de mi
mojado apéndice, que no cesa en la búsqueda de nuevos rincones, deshaciendo
pliegues y liberando placeres.
Ahogados gemidos salen de tu garganta cuando vuelves a sentir la
presión, esta vez más intensa, de la punta de mi lengua en tu ano, que comienza
dar muestras de entrega aflojando sus anillos y, manteniendo la tensión, la
arrastro hacia tu sexo hasta penetrarte aplastando mi rostro contra tu cuerpo
y, a la vez que te sujeto con las manos por las nalgas, comienzo dibujar
círculos en tu interior, recorriendo todas tus paredes vaginales, y tu
respiración se agita cuando comienzas a sentir como tu coñito convulsiona en
rítmicas oleadas de placer que te arrancan un prolongado gruñidito al sentirte
abandonada al abismo del orgasmo.
Y siento mi erección palpitante abandonada mientras disfruto de tu
placer en mi rostro.
Y, ufff, mejor lo dejo ahí, porque creo que imaginando y fantaseando,
lo que siento en mi sexo ahora mismo es pura realidad.
Y, en cualquier caso, nunca te quedes con ganas de una ducha, de
una buena ducha, si tienes la oportunidad.
Esta, mi historia, no es en sí un gran relato, sino más bien, microrrelatos, más o menos extensos, más o menos autobiográficos, donde se mezcla el recuerdo de experiencias con fantasías, de olvidadas sensaciones con deseados encuentros. No es mi ánimo ofender a nadie, pues en el fondo es una forma de terapia para calmar los diablillos que habitan en mi mente, a veces traviesos, a veces oscuros, pero siempre respetuosos con todo el mundo.
Es cierto que se divierten dibujando en mi mente situaciones que, en mi intimidad, me atrapan y doblegan, haciéndome caer en el pecado de la carne.
Parafraseando al popular cantante, "a mis cincuenta y tres, cincuenta y dos dicen que aparento", lo que me hace tener cierto bagaje sin perder por ello, ni un ápice, el brillo curioso en mis pupilas, las ganas de aprender, de conocer, en definitiva, de vivir.
Espero que, desde ahí, disfrutes con mis humildes aportaciones, las leas, y seas indulgente con este aficionado autor, partiendo con la premisa, precisamente, de que son pequeñas historias contadas por un amateur.
No te robo más tiempo y te invito, humildemente, a que leas y opines, con toda tu sinceridad. Aprenderemos los dos.
Se os saluda.
En tus manos confío cuando, revoltosa, insistes en rasurarme a la
salida de la ducha.
Acto de íntima confianza en el que nuestros cuerpos se acercan,
nuestras pieles se erizan y mi rostro se suaviza.
Prólogo de apasionados besos, toallas que caen y amores de mañana.
Esta, mi historia, no es en sí un gran relato, sino más bien, microrrelatos, más o menos extensos, más o menos autobiográficos, donde se mezcla el recuerdo de experiencias con fantasías, de olvidadas sensaciones con deseados encuentros. No es mi ánimo ofender a nadie, pues en el fondo es una forma de terapia para calmar los diablillos que habitan en mi mente, a veces traviesos, a veces oscuros, pero siempre respetuosos con todo el mundo.
Es cierto que se divierten dibujando en mi mente situaciones que, en mi intimidad, me atrapan y doblegan, haciéndome caer en el pecado de la carne.
Parafraseando al popular cantante, "a mis cincuenta y tres, cincuenta y dos dicen que aparento", lo que me hace tener cierto bagaje sin perder por ello, ni un ápice, el brillo curioso en mis pupilas, las ganas de aprender, de conocer, en definitiva, de vivir.
Espero que, desde ahí, disfrutes con mis humildes aportaciones, las leas, y seas indulgente con este aficionado autor, partiendo con la premisa, precisamente, de que son pequeñas historias contadas por un amateur.
No te robo más tiempo y te invito, humildemente, a que leas y opines, con toda tu sinceridad. Aprenderemos los dos.
Se os saluda.
Al alba, calor buscaste, y en mi cuerpo te fijaste.
Cuando salí de la ducha y te vi, esperando paciente, con tu taza
de café, contemplando como terminaba de secar mi cuerpo con la toalla, no pude
por menos que ofrecerte el espectáculo de mi cuerpo desnudo.
Aprovechaste la ocasión, saboreaste el café, disfrutaste de mí.
¿Otro café?
Esta, mi historia, no es en sí un gran relato, sino más bien, microrrelatos, más o menos extensos, más o menos autobiográficos, donde se mezcla el recuerdo de experiencias con fantasías, de olvidadas sensaciones con deseados encuentros. No es mi ánimo ofender a nadie, pues en el fondo es una forma de terapia para calmar los diablillos que habitan en mi mente, a veces traviesos, a veces oscuros, pero siempre respetuosos con todo el mundo.
Es cierto que se divierten dibujando en mi mente situaciones que, en mi intimidad, me atrapan y doblegan, haciéndome caer en el pecado de la carne.
Parafraseando al popular cantante, "a mis cincuenta y tres, cincuenta y dos dicen que aparento", lo que me hace tener cierto bagaje sin perder por ello, ni un ápice, el brillo curioso en mis pupilas, las ganas de aprender, de conocer, en definitiva, de vivir.
Espero que, desde ahí, disfrutes con mis humildes aportaciones, las leas, y seas indulgente con este aficionado autor, partiendo con la premisa, precisamente, de que son pequeñas historias contadas por un amateur.
No te robo más tiempo y te invito, humildemente, a que leas y opines, con toda tu sinceridad. Aprenderemos los dos.
Se os saluda.
Dame los buenos días con mordiscos de tus muslos.
Afloja mi vara, funde mi hierro, regala mi vientre.
Cabalga con brío.
Complace tus gustos hasta que se corra tu mente.
Esta, mi historia, no es en sí un gran relato, sino más bien, microrrelatos, más o menos extensos, más o menos autobiográficos, donde se mezcla el recuerdo de experiencias con fantasías, de olvidadas sensaciones con deseados encuentros. No es mi ánimo ofender a nadie, pues en el fondo es una forma de terapia para calmar los diablillos que habitan en mi mente, a veces traviesos, a veces oscuros, pero siempre respetuosos con todo el mundo.
Es cierto que se divierten dibujando en mi mente situaciones que, en mi intimidad, me atrapan y doblegan, haciéndome caer en el pecado de la carne.
Parafraseando al popular cantante, "a mis cincuenta y tres, cincuenta y dos dicen que aparento", lo que me hace tener cierto bagaje sin perder por ello, ni un ápice, el brillo curioso en mis pupilas, las ganas de aprender, de conocer, en definitiva, de vivir.
Espero que, desde ahí, disfrutes con mis humildes aportaciones, las leas, y seas indulgente con este aficionado autor, partiendo con la premisa, precisamente, de que son pequeñas historias contadas por un amateur.
No te robo más tiempo y te invito, humildemente, a que leas y opines, con toda tu sinceridad. Aprenderemos los dos.
Se os saluda.
El brillo de tus ojos delató tus aviesas intenciones. La lujuria
de tu mirada evidenció mis temidas sospechas. Tu habilidad al desnudarme
confirmó que estabas dispuesta a poseerme hasta satisfacer tus ansias de
placer.
Esta, mi historia, no es en sí un gran relato, sino más bien, microrrelatos, más o menos extensos, más o menos autobiográficos, donde se mezcla el recuerdo de experiencias con fantasías, de olvidadas sensaciones con deseados encuentros. No es mi ánimo ofender a nadie, pues en el fondo es una forma de terapia para calmar los diablillos que habitan en mi mente, a veces traviesos, a veces oscuros, pero siempre respetuosos con todo el mundo.
Es cierto que se divierten dibujando en mi mente situaciones que, en mi intimidad, me atrapan y doblegan, haciéndome caer en el pecado de la carne.
Parafraseando al popular cantante, "a mis cincuenta y tres, cincuenta y dos dicen que aparento", lo que me hace tener cierto bagaje sin perder por ello, ni un ápice, el brillo curioso en mis pupilas, las ganas de aprender, de conocer, en definitiva, de vivir.
Espero que, desde ahí, disfrutes con mis humildes aportaciones, las leas, y seas indulgente con este aficionado autor, partiendo con la premisa, precisamente, de que son pequeñas historias contadas por un amateur.
No te robo más tiempo y te invito, humildemente, a que leas y opines, con toda tu sinceridad. Aprenderemos los dos.
Se os saluda.
Despierto el domingo agotado,
después de una noche alegre,
despierto desnudo a tu lado,
después de liberar el cierre del botón de mi pijama.
Después de preparar mi arma,
hasta el momento dormida,
buscaste alimentar tu alma,
con mi rigidez fruncida enterrada en tus entrañas.
Y por buscar encontraste,
mi cuerpo a ti abandonado,
y sin pedir permiso montaste,
a tu potro desbocado,
hasta sacarle la esencia con la que satisfacer tus ganas.
Esta, mi historia, no es en sí un gran relato, sino más bien, microrrelatos, más o menos extensos, más o menos autobiográficos, donde se mezcla el recuerdo de experiencias con fantasías, de olvidadas sensaciones con deseados encuentros. No es mi ánimo ofender a nadie, pues en el fondo es una forma de terapia para calmar los diablillos que habitan en mi mente, a veces traviesos, a veces oscuros, pero siempre respetuosos con todo el mundo.
Es cierto que se divierten dibujando en mi mente situaciones que, en mi intimidad, me atrapan y doblegan, haciéndome caer en el pecado de la carne.
Parafraseando al popular cantante, "a mis cincuenta y tres, cincuenta y dos dicen que aparento", lo que me hace tener cierto bagaje sin perder por ello, ni un ápice, el brillo curioso en mis pupilas, las ganas de aprender, de conocer, en definitiva, de vivir.
Espero que, desde ahí, disfrutes con mis humildes aportaciones, las leas, y seas indulgente con este aficionado autor, partiendo con la premisa, precisamente, de que son pequeñas historias contadas por un amateur.
No te robo más tiempo y te invito, humildemente, a que leas y opines, con toda tu sinceridad. Aprenderemos los dos.
Se os saluda.
El
día transcurrió sin prisa, dejando que las horas pasaran como quien no tiene
prisa porque el deseado momento llegara, provocando que aumentara
exponencialmente tu impaciencia. El encuentro se ha demorado más de lo que nuestros
cuerpos hubieran deseado, más de lo que nuestros labios estaban dispuestos a
esperar, más de lo que nuestros sexos han podido contener, mucho más de lo que
cuesta robarle un orgasmo a la tímida y casta vecina de rellano.
Los
nervios se adueñaron de tu ser, provocando mil sensaciones, hermosas y
contradictorias. El deseo hizo que deambularas por casa como una leona
enjaulada, de una habitación a otra, del salón a la cocina, pasillo arriba,
pasillo abajo, sin dejar de mirar, inquieta, el telefonillo del portero
automático cada vez que estaba a tu alcance, mientras tus tacones repicaban
sordos en la madera del parqué.
Sentiste tu sexo dispuesto, preparado, húmedo, cálido y hormigueante, y
temiste perecer joven en la hoguera del deseado clímax. Temiste estallar en
explosivo clímax antes de lo que la piel que ansía ser acariciada necesita para
erizarse al contacto con la persona deseada.
El listón estaba alto y sabías que no te iba a defraudar, del mismo
modo que no me iba a conformar con cualquier beso, con cualquier caricia, con
cualquier placer. Los dos éramos conscientes de la sibarita sesión de placer
que íbamos a disfrutar.
Sublime ha de ser la comunión de dos seres que se entienden, sin
pronunciar palabra, con el lenguaje de los signos, de las miradas, de la dulce
dominación que te lleva a obedecer, que me obliga a complacer.
Confías y temes, deseas y agobias, esperas y ruegas que no me retrase.
Te preparas para servir, para complacer y, sobre todo, para gozar.
No conocerme le da un plus de excitación a tu inquietud, pero tienes
claro las cotas de placer que puedes alcanzar, lo que aún aviva más tus ganas.
Llegué. Te callaste. Bajaste la mirada y un escalofrío recorrió tu
espalda. Tu cuerpo tembló, tus rodillas se aflojaron y tu entrepierna entró en
combustión.
Ahora ven, no hay vuelta atrás. Es inútil que retrocedas a cada paso
que doy. La suerte está echada. El placer repartido. Inspira profundamente.
Comienza la sesión.
Esta, mi historia, no es en sí un gran relato, sino más bien, microrrelatos, más o menos extensos, más o menos autobiográficos, donde se mezcla el recuerdo de experiencias con fantasías, de olvidadas sensaciones con deseados encuentros. No es mi ánimo ofender a nadie, pues en el fondo es una forma de terapia para calmar los diablillos que habitan en mi mente, a veces traviesos, a veces oscuros, pero siempre respetuosos con todo el mundo.
Es cierto que se divierten dibujando en mi mente situaciones que, en mi intimidad, me atrapan y doblegan, haciéndome caer en el pecado de la carne.
Parafraseando al popular cantante, "a mis cincuenta y tres, cincuenta y dos dicen que aparento", lo que me hace tener cierto bagaje sin perder por ello, ni un ápice, el brillo curioso en mis pupilas, las ganas de aprender, de conocer, en definitiva, de vivir.
Espero que, desde ahí, disfrutes con mis humildes aportaciones, las leas, y seas indulgente con este aficionado autor, partiendo con la premisa, precisamente, de que son pequeñas historias contadas por un amateur.
No te robo más tiempo y te invito, humildemente, a que leas y opines, con toda tu sinceridad. Aprenderemos los dos.
Se os saluda.
Amaneceres
en los que tu recuerdo invade mi mente cuando todavía estoy dormido. Recuerdos
que me asaltan cuando, con los ojos todavía cerrados, el calor de tu cuerpo
desnudo arropa mi alba. Recuerdos que despiertan mi instinto cuando, con deseo,
confundo el roce de las sábanas con el aterciopelado tacto de tu piel. Inspiro
y disfruto de tan dulce sensación. Sin terminar de despejarme siento mi sexo
crecer al recordar tu cálida humedad anunciando tu deseo de tenerme en tu
interior. Recuerdos y deseos, realidad y fantasía que confunden mi cerebro.
Oigo tus gemidos cuando sientes como te colmo con cada acople profundo y
perfecto. Cuerpos que encajan como piezas del mismo puzle y que fijamos uno al
otro al abrazar y ceñir tu cuerpo al mío, al aprisionar mis caderas con tus
muslos empujando con tus talones en mis nalgas.
Calor
y más calor siento en mí y me siento transpirar. Silencio radiante y siento mi
corazón latir cada vez más rápido, y siento mi respiración cada vez más
agitada, y te siento en la ausencia, y lo que sí siento ya, sin duda alguna es
mi sexo cada vez más palpitante, más rígido, más despierto, más necesitado de
saciar ese primitivo instinto en el interior oscuro del sedoso túnel que se
intuye donde tus piernas convergen.
Necesito
poseerte.
Esta, mi historia, no es en sí un gran relato, sino más bien, microrrelatos, más o menos extensos, más o menos autobiográficos, donde se mezcla el recuerdo de experiencias con fantasías, de olvidadas sensaciones con deseados encuentros. No es mi ánimo ofender a nadie, pues en el fondo es una forma de terapia para calmar los diablillos que habitan en mi mente, a veces traviesos, a veces oscuros, pero siempre respetuosos con todo el mundo.
Es cierto que se divierten dibujando en mi mente situaciones que, en mi intimidad, me atrapan y doblegan, haciéndome caer en el pecado de la carne.
Parafraseando al popular cantante, "a mis cincuenta y tres, cincuenta y dos dicen que aparento", lo que me hace tener cierto bagaje sin perder por ello, ni un ápice, el brillo curioso en mis pupilas, las ganas de aprender, de conocer, en definitiva, de vivir.
Espero que, desde ahí, disfrutes con mis humildes aportaciones, las leas, y seas indulgente con este aficionado autor, partiendo con la premisa, precisamente, de que son pequeñas historias contadas por un amateur.
No te robo más tiempo y te invito, humildemente, a que leas y opines, con toda tu sinceridad. Aprenderemos los dos.
Se os saluda.
Indiscreción transparente la del vidrio que muestra el abrazo que te brindo después de nuestro placer. Momento mágico de máxima conexión...