METRICOOL

sábado, 3 de febrero de 2024

FELIZ NAVIDAD



¡Feliz Navidad!, es lo que toca en estas fechas, pero ¿Habéis sido lo realmente buenos como para merecer los regalos? No importa, en cualquier caso, todos merecemos pasar unos días de reencuentro con familiares y amigos a los que no podemos dedicar todo el tiempo que nos gustaría en el día a día, todo ello sin perder de vista la ilusión, por lo menos yo la mantengo, de despertar el día 25 y ver el pie del árbol de Navidad cubierto por regalos para toda la familia, a pesar de que, paradójicamente, sea yo quien haga que la ilusión se mantenga viva, o eso creía.

No recuerdo si os conté en alguna ocasión lo que me sucedió el año pasado, y a pesar de que muy pronto me veré en una situación parecida, intentaré que los nervios no me traicionen y procuraré ser eficiente entregando vuestros regalos puntualmente.

Desde tiempos inmemoriales había oído, casi como una trasnochada leyenda urbana, que yo no era el único que, en una noche tan mágica, se empleaba a fondo para sembrar de ilusión a todo el mundo en estas señaladas fechas. Había oído rumores de que, allende los mares, había otra desinteresada persona que se dedicaba a repartir alegría en forma de generosos presentes, más ésta era una figura casi mística y nunca tuve el convencimiento de que fuera real. Los comentarios hablaban de que era una mujer, una bella mujer, la que, al parecer, también ataviada con ropajes similares a los míos, rojos y blancos, la noche del 24 al 25 se afanaba por llegar a todos los rincones del planeta.

De más está decir que nunca tuve constancia fehaciente de su existencia, y tampoco quejas por haber dejado desatendido ningún hogar, pero como decía, la noche del 24 de diciembre del pasado año, mi sorpresa fue mayúscula.

Salí a repartir los regalos, después de una siestecita para mantenerme ágil y despierto durante todo el tiempo que me llevara hacer la entrega de los esperados regalos. Quería estar despejado para poder conducir con total seguridad el pesado trineo tirado por mis renos, contando con la inestimable ayuda de mi favorito, Rudolf.

Todo transcurría con normalidad, lo típico para mí, aunque pueda resultar extraño. Dejar el trineo en el jardín, en la terraza o en el parque más próximo, con mi reno Rudolf a cargo de todos los demás y entrar a hurtadillas por dónde bien pudiera en hogares ajenos, buscar el salón, que es dónde suele lucir el árbol y, cuidadosamente, dejar los regalos con precaución de no equivocarme de agraciado. Lo normal es aprovechar cuándo la familia duerme o, incluso, cuando salen a felicitar a amigos cercanos.

Como anunciaba, todo se desarrollaba según lo previsto, hasta que, en una casa a la que no había regresado nadie todavía, oí unos extraños ruidos. Cuál fue mi sorpresa al ver aparecer por la puerta del salón a una esplendorosa mujer, vestida a mi imagen y semejanza, cargada con un montón de regalos y que, al verme, frunció su ceño, endureció su gesto y muy enojada me dijo ¿Se puede saber qué haces tú aquí?, ¿Y quién eres tú? respondí, entre sorprendido y asustado. Soy Mamá Noel y tengo que dejar los regalos en esta casa. Debe haber un error, este domicilio lo tengo en mi lista, contesté, pero ella seguía visiblemente irritada. Parecía ofendida no sé muy bien por qué, supongo que por sentir que había invadido sus competencias, aunque hasta la fecha, e inconscientemente por mi parte siempre habíamos respetado los repartos del otro, pues yo no era conocedor de su existencia real. Tranquilízate, le dije, ven al sofá y tomémonos la copita de cava con los polvorones que nos han dejado, intentando calmarla y ganar un poco de tiempo para asimilar su presencia. Y así fue como, paulatinamente rebajó su enfado, volviendo a su rostro un gesto de cierta cordialidad.

Poco a poco, y conversando amigablemente, concluimos que todo había sido un error de los elfos encargados de asignar las zonas de reparto, seguramente por la coincidencia de nombres o direcciones en distintas localidades, así que, entre los dos, conseguimos averiguar quién de nosotros tenía los regalos para la familia del domicilio en el que estábamos.

Los moradores habían dejado la calefacción puesta, con la idea de llegar a un acogedor hogar cuando regresaran, pero, para nosotros, que llevábamos toda la noche sumidos en un ajetreo frenético, hacía mucho calor, así que decidimos ponernos algo más cómodos. Mamá Noel me miró fijamente a los ojos, y en un instante, el brillo de sus pupilas se volvió casi destellante y, a la vez que su boca esbozaba una inquietante y ladeada sonrisa, su mirada bajó a mis labios. Hipnotizado, y sin poder dejar de mirarla fijamente, mi boca buscó su boca y terminamos fundiéndonos en un apasionado y largo beso en el sofá del salón.

El morbo de poder ser descubiertos hizo que la llama de la excitación prendiera en cuestión de segundos, y sus besos se convirtieron en auténticos tsunamis que buscaban refugio en mi boca, mientras nuestras respiraciones se iban descompensando y el calor de nuestros cuerpos aumentaba considerablemente.

Sus manos comenzaron a buscar mi cuerpo y las mías fueron despojándola de sus rojos ropajes, dejándola solo con un deportivo top blanco y el gorrito puesto.

Cuando me di cuenta estaba tumbado boca arriba en el suelo del salón, con ella sentada sobre mí. Desabotonó mi chaqueta, abriéndola para dejar mi pecho aire y hábilmente desabrochó la enorme hebilla de mi cinturón, y bajó mis pantalones arrastrándolos con mi bóxer hasta mis tobillos, dejándome desnudo y expuesto a su lujuriosa voluntad.

Como pude, aparté a un ladito el elástico de su braguita y sentí la calidez de su humedad mojando la yema de mi dedo índice. Recorrí su vulva deslizando mi dedito entre sus labios vaginales mientras un suspiro ahogado se escapaba de su garganta.

La sentía caliente y mojada y, con cada caricia de mis dedos, su sexo se abría y desplegaba, dejando que manara de su interior un delicioso y viscoso néctar.

Como pude, sujeté sus braguitas por la parte que se estrechaba en sus caderas y, tirando de ellas hacia abajo, conseguí librar la redondez de sus nalgas y sacárselas por completo.

Luego ella, lentamente, pasó una mano entre nuestros cuerpos, agarró mi pene por el tronco y, hábilmente, comenzó a frotarse masturbándose con mi glande, extendiendo con la punta de mi ariete sus flujos por toda su entrepierna, como si del mejor pincel se tratara, provocando que sus labios vaginales se desplegaran por completo.

Mi excitación era brutal, intentaba empujar mis caderas hacia arriba para penetrarla, pero era ella la que llevaba el control, hasta que decidió poner mi glande frente a la entrada de sus muslos y, cuando se sintió cómoda, se dejó caer de golpe, aplastando mis testículos con su culo.

Se apoyó sobre mí, con su brazo entre nuestros cuerpos, y comenzó a moverse con rítmicos envites, mientras mis manos acariciaban sus nalgas y sus senos, protegidos por el sostén, a la vez que se masturbaba lujuriosamente.

Le di unas cachetadas con mis manos cubiertas por mis largos guantes blancos, lo que desató su ira, comenzando a moverse endiabladamente teniéndome prisionero de su sexo y entregado a su merced, con mi voluntad anulada por el inmenso placer que me estaba proporcionando.

Su respiración comenzó a entrecortarse a la vez que se agitaba espasmódicamente ciñendo su coñito sobre mi verga. Se sentó sobre mí y comenzó a dibujar círculos con sus caderas hasta arrancarme un gruñido ahogado cuando comencé a liberar mi esencia en su interior a la vez que exhaló con fuerza un ronco “siiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii”.

No duramos más de tres o cuatro minutos en alcanzar el paraíso en forma de orgasmo simultáneo. Nos vestimos y nos marchamos antes de que regresara la familia que allí vivía.

Por supuesto, a partir de entonces, continuamos toda la noche repartiendo los regalos juntos, ya más amigablemente.

Sobra deciros que, a partir de entonces, cuando oigo comentarios sobre la hipotética existencia de Mamá Noel, vienen a mi memoria la suavidad de sus senos, el húmedo y aterciopelado tacto de su sexo, sus suspiros y gemidos ahogados, su rostro de placer contemplándome sometido mientras me cabalgaba y su lujuria mayúscula buscando nuestro placer con ansia y, como comprenderéis, esbozo una ligera sonrisa, miro al infinito y procuro disimular la erección que, inevitablemente provocan estos recuerdos.

Espero que hayáis sido buenos este año, deseo que, entre los dos, podamos dejaros todo lo que pedisteis y haré todo lo que esté en mis manos para que no se me olvide nada, con la ilusión puesta, como convendréis conmigo, en volver a coincidir con mi querida Mamá Noel.


 

2 comentarios:

  1. Un sorprendente, original y mágico relato, espero que vuelvas a coincidir muchos años con esa exuberante Mamá Noel porque seguramente tu reparto de regalos será mucho más ameno 😉y por el bien de los niños espero que nunca os descubran , en cuanto a mí yo sigo creyendo más en Papá Noel 😜

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    Respuestas
    1. Me gusta que prefieras a Papá Noel por la parte que me toca. Por lo demás, estaremos siempre atentos a miradas ajenas para evitar situaciones incómodas para voyeurs inesperados.

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