Cayendo la lluvia incesante en un domingo huérfano de emociones,
buscamos refugio en la intimidad del coche. Cristales empañados por el vaho. En
la radio suena una melodía lenta que invita a que nuestros labios se
encuentren. Te arropo con la mantita de viaje, dejando que retoces sobre mi
pecho. Besos nerviosos que provocan la curiosidad de nuestras manos. Cuerpos
calientes en tan minúsculo espacio. Reímos al unísono al recordar aquellos
encuentros furtivos. Ahora, adultos, repetimos escena, con más experiencia,
pero las mismas ganas. Nos sobra la ropa y me dejas quitártela casi por completo, hasta quedar solo vestida con tus braguitas
negras, siempre negras, como entonces. Posturas imposibles, contorsiones
circenses que ponen nuestras bocas en partes prohibidas de nuestra anatomía.
Temperatura que sube, ropa que estorba, cuerpos ensamblados, rítmico cabalgue
el de tu cuerpo sobre el mío, hasta desfallecer al unísono en plena galopada.
Sexos mojados y ardientes. Desenfreno sin pudor. Recuerdos que de vez en cuando
hay que volver a hacer realidad.
Dejemos que llueva.
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