¡Feliz Navidad!, es lo que toca en estas
fechas, pero ¿Habéis sido lo realmente buenos como para merecer los regalos? No
importa, en cualquier caso, todos merecemos pasar unos días de reencuentro con
familiares y amigos a los que no podemos dedicar todo el tiempo que nos
gustaría en el día a día, todo ello sin perder de vista la ilusión, por lo
menos yo la mantengo, de despertar el día 25 y ver el pie del árbol de Navidad
cubierto por regalos para toda la familia, a pesar de que, paradójicamente, sea
yo quien haga que la ilusión se mantenga viva, o eso creía.
No recuerdo si os conté en alguna
ocasión lo que me sucedió el año pasado, y a pesar de que muy pronto me veré en
una situación parecida, intentaré que los nervios no me traicionen y procuraré
ser eficiente entregando vuestros regalos puntualmente.
Desde tiempos inmemoriales había oído,
casi como una trasnochada leyenda urbana, que yo no era el único que, en una
noche tan mágica, se empleaba a fondo para sembrar de ilusión a todo el mundo
en estas señaladas fechas. Había oído rumores de que, allende los mares, había
otra desinteresada persona que se dedicaba a repartir alegría en forma de
generosos presentes, más ésta era una figura casi mística y nunca tuve el
convencimiento de que fuera real. Los comentarios hablaban de que era una
mujer, una bella mujer, la que, al parecer, también ataviada con ropajes
similares a los míos, rojos y blancos, la noche del 24 al 25 se afanaba por
llegar a todos los rincones del planeta.
De más está decir que nunca tuve
constancia fehaciente de su existencia, y tampoco quejas por haber dejado
desatendido ningún hogar, pero como decía, la noche del 24 de diciembre del
pasado año, mi sorpresa fue mayúscula.
Salí a repartir los regalos, después de
una siestecita para mantenerme ágil y despierto durante todo el tiempo que me
llevara hacer la entrega de los esperados regalos. Quería estar despejado para
poder conducir con total seguridad el pesado trineo tirado por mis renos,
contando con la inestimable ayuda de mi favorito, Rudolf.
Todo transcurría con normalidad, lo
típico para mí, aunque pueda resultar extraño. Dejar el trineo en el jardín, en
la terraza o en el parque más próximo, con mi reno Rudolf a cargo de todos los
demás y entrar a hurtadillas por dónde bien pudiera en hogares ajenos, buscar
el salón, que es dónde suele lucir el árbol y, cuidadosamente, dejar los
regalos con precaución de no equivocarme de agraciado. Lo normal es aprovechar
cuándo la familia duerme o, incluso, cuando salen a felicitar a amigos
cercanos.
Como anunciaba, todo se desarrollaba
según lo previsto, hasta que, en una casa a la que no había regresado nadie
todavía, oí unos extraños ruidos. Cuál fue mi sorpresa al ver aparecer por la
puerta del salón a una esplendorosa mujer, vestida a mi imagen y semejanza,
cargada con un montón de regalos y que, al verme, frunció su ceño, endureció su
gesto y muy enojada me dijo ¿Se puede saber qué haces tú aquí?, ¿Y quién eres tú?
respondí, entre sorprendido y asustado. Soy Mamá Noel y tengo que dejar los
regalos en esta casa. Debe haber un error, este domicilio lo tengo en mi lista,
contesté, pero ella seguía visiblemente irritada. Parecía ofendida no sé muy
bien por qué, supongo que por sentir que había invadido sus competencias,
aunque hasta la fecha, e inconscientemente por mi parte siempre habíamos
respetado los repartos del otro, pues yo no era conocedor de su existencia real.
Tranquilízate, le dije, ven al sofá y tomémonos la copita de cava con los
polvorones que nos han dejado, intentando calmarla y ganar un poco de tiempo
para asimilar su presencia. Y así fue como, paulatinamente rebajó su enfado,
volviendo a su rostro un gesto de cierta cordialidad.
Poco a poco, y conversando
amigablemente, concluimos que todo había sido un error de los elfos encargados
de asignar las zonas de reparto, seguramente por la coincidencia de nombres o
direcciones en distintas localidades, así que, entre los dos, conseguimos
averiguar quién de nosotros tenía los regalos para la familia del domicilio en
el que estábamos.
Los moradores habían dejado la
calefacción puesta, con la idea de llegar a un acogedor hogar cuando
regresaran, pero, para nosotros, que llevábamos toda la noche sumidos en un ajetreo
frenético, hacía mucho calor, así que decidimos ponernos algo más cómodos. Mamá
Noel me miró fijamente a los ojos, y en un instante, el brillo de sus pupilas
se volvió casi destellante y, a la vez que su boca esbozaba una inquietante y
ladeada sonrisa, su mirada bajó a mis labios. Hipnotizado, y sin poder dejar de
mirarla fijamente, mi boca buscó su boca y terminamos fundiéndonos en un
apasionado y largo beso en el sofá del salón.
El morbo de poder ser descubiertos hizo
que la llama de la excitación prendiera en cuestión de segundos, y sus besos se
convirtieron en auténticos tsunamis que buscaban refugio en mi boca, mientras
nuestras respiraciones se iban descompensando y el calor de nuestros cuerpos
aumentaba considerablemente.
Sus manos comenzaron a buscar mi cuerpo
y las mías fueron despojándola de sus rojos ropajes, dejándola solo con un
deportivo top blanco y el gorrito puesto.
Cuando me di cuenta estaba tumbado boca
arriba en el suelo del salón, con ella sentada sobre mí. Desabotonó mi
chaqueta, abriéndola para dejar mi pecho aire y hábilmente desabrochó la enorme
hebilla de mi cinturón, y bajó mis pantalones arrastrándolos con mi bóxer hasta
mis tobillos, dejándome desnudo y expuesto a su lujuriosa voluntad.
Como pude, aparté a un ladito el elástico
de su braguita y sentí la calidez de su humedad mojando la yema de mi dedo
índice. Recorrí su vulva deslizando mi dedito entre sus labios vaginales
mientras un suspiro ahogado se escapaba de su garganta.
La sentía caliente y mojada y, con cada
caricia de mis dedos, su sexo se abría y desplegaba, dejando que manara de su
interior un delicioso y viscoso néctar.
Como pude, sujeté sus braguitas por la
parte que se estrechaba en sus caderas y, tirando de ellas hacia abajo,
conseguí librar la redondez de sus nalgas y sacárselas por completo.
Luego ella, lentamente, pasó una mano
entre nuestros cuerpos, agarró mi pene por el tronco y, hábilmente, comenzó a
frotarse masturbándose con mi glande, extendiendo con la punta de mi ariete sus
flujos por toda su entrepierna, como si del mejor pincel se tratara, provocando
que sus labios vaginales se desplegaran por completo.
Mi excitación era brutal, intentaba
empujar mis caderas hacia arriba para penetrarla, pero era ella la que llevaba
el control, hasta que decidió poner mi glande frente a la entrada de sus muslos
y, cuando se sintió cómoda, se dejó caer de golpe, aplastando mis testículos
con su culo.
Se apoyó sobre mí, con su brazo entre
nuestros cuerpos, y comenzó a moverse con rítmicos envites, mientras mis manos
acariciaban sus nalgas y sus senos, protegidos por el sostén, a la vez que se
masturbaba lujuriosamente.
Le di unas cachetadas con mis manos
cubiertas por mis largos guantes blancos, lo que desató su ira, comenzando a
moverse endiabladamente teniéndome prisionero de su sexo y entregado a su
merced, con mi voluntad anulada por el inmenso placer que me estaba
proporcionando.
Su respiración comenzó a entrecortarse a
la vez que se agitaba espasmódicamente ciñendo su coñito sobre mi verga. Se
sentó sobre mí y comenzó a dibujar círculos con sus caderas hasta arrancarme un
gruñido ahogado cuando comencé a liberar mi esencia en su interior a la vez que
exhaló con fuerza un ronco “siiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii”.
No duramos más de tres o cuatro minutos
en alcanzar el paraíso en forma de orgasmo simultáneo. Nos vestimos y nos
marchamos antes de que regresara la familia que allí vivía.
Por supuesto, a partir de entonces,
continuamos toda la noche repartiendo los regalos juntos, ya más amigablemente.
Sobra deciros que, a partir de entonces,
cuando oigo comentarios sobre la hipotética existencia de Mamá Noel, vienen a
mi memoria la suavidad de sus senos, el húmedo y aterciopelado tacto de su
sexo, sus suspiros y gemidos ahogados, su rostro de placer contemplándome
sometido mientras me cabalgaba y su lujuria mayúscula buscando nuestro placer
con ansia y, como comprenderéis, esbozo una ligera sonrisa, miro al infinito y
procuro disimular la erección que, inevitablemente provocan estos recuerdos.
Espero que hayáis sido buenos este año,
deseo que, entre los dos, podamos dejaros todo lo que pedisteis y haré todo lo
que esté en mis manos para que no se me olvide nada, con la ilusión puesta,
como convendréis conmigo, en volver a coincidir con mi querida Mamá Noel.