METRICOOL

viernes, 7 de junio de 2024

PASIÓN DE COLOR


Camino del deseado encuentro,

nuestras manos se encuentran.

Cruce de sutiles caricias

que despiertan las pieles.

Vello erizado.

Escalofrío nervioso,

sensación inquietante.

Vientre encogido,

respiración agitada.

Corazón desbocado,

entrepierna abultada.

Humedad incipiente,

sudores en ciernes,

ropajes sobrantes,

sexos latentes.

Pasión de color que desata el roce de las yemas.

Fuego que enciende las ganas.

Irreverente.

 

jueves, 6 de junio de 2024

DULCES SUEÑOS


Dulces sueños, pero sueña traviesamente.


 

miércoles, 5 de junio de 2024

FUERTE


A veces me pides “fuerte”, cuando ansiosa deseas que te empotre contra la pared.

Solo quieres sentir la dureza de mi acero en tu interior, mientras sofocada gimes al sentirte plena.

Mueves tus nalgas, de puntillas te pones, arqueas la espalda, sientes esa cachetada que te hace arder la entrepierna y provoca que mojes mis huevos, instantes antes de correrte al sentir mi lava blanca inundando tu interior.


 

martes, 4 de junio de 2024

ESCONDIDA FLOR


Prudente descubro la escondida flor, sonrosada, aterciopelada, cálida y húmeda que comienza a desplegar sus pétalos, a la vez que mana su embriagador néctar.

Resbalo mi dedo entre ellos, apenas rozándolos, mientras se estremecen cobrando vida propia, al tiempo que se abren de par en par, boqueando como pececillos necesitados de oxígeno.

Mágica escena cuando aparece el pistilo, con su altitud turgente, demandando la atención que la yema de ese dedo que sigue jugueteando entre los pétalos, hasta que lo aplasta sin compasión, provocando la convulsión de la flor, que comienza rítmicamente a contraerse hasta estallar de pura belleza, derramando su esencia que la impregna por completo.

Bella escena, dulce placer.



 

lunes, 3 de junio de 2024

LEVANTA LAS NALGAS


Levanta las nalgas, te dije, y elevando tus caderas, tiré de tus bragas hacia mí hasta sacarlas por tus pies, a la vez que subías tus piernas, dejando tu bonito cuerpo expuesto y accesible a la perversión de mi lujuriosa mente.


 

domingo, 2 de junio de 2024

EL BESO ROTO


Amanecer luminoso que impertinente nos despierta con el sol, que insolente se cuela por las rendijas de la persiana, revelándonos uno al otro nuestras miradas cruzadas.

Miradas que provocan brillos en nuestras pupilas curiosas, que se fijan en los labios que, entreabiertos, desean besar al otro cuando la luna se acueste.

Lenguas que, como el día, se abren paso lentamente, humedeciendo las bocas y calentando el ambiente, igual que sol coge fuerza para romper el valiente beso de amor que nos damos en este día incipiente.

Y la luz rasgó el encuentro. Y las lenguas bien ardientes, suavemente se besaron, se enredaron, se anudaron, al tiempo que el rayo vil, esa luz impertinente, iba desnudando cuerpos que brillaban como aceite que reflejan ese sol, testigo mudo y ausente.

Los cuerpos quedaron expuestos. Nuestras pieles relucientes buscaron calor de otras pieles. Los sexos se despertaron bravos, duros, húmedos, calientes, y buscaron desbravarse en cópula visceral y ardiente.

Los ritmos se aceleraron, la respiración rugiente, las caderas agitadas, el entendimiento ausente, la excitación bien presente nos llevó a caer rendidos, abrazados, juntos, presentes, cuando ese impertinente rayo, que rompió el ósculo inocente, atravesó nuestros vientres, que se fundieron en vivo, en humedades, en brasas, que nos hicieron arder en la hoguera de un orgasmo muy bienvenido al alba.



 

sábado, 1 de junio de 2024

DESPLOMADA



 

Dame tu flor sonrosada,

esa flor que yo deseo,

toma mi dureza brava,

la que quieres en tu cuerpo.

Respira, transpira, goza,

gime, jadea, tiembla,

busca mi cuerpo, frota

mi más viril entrepierna.

Abandónate al placer,

deja que te recorra,

con mis labios, hasta saber

que tu cuerpo se desploma,

que ya no resistes más,

que tu sexo se derrite,

que deseas que te invite

a mi esencia más fugaz.

viernes, 31 de mayo de 2024

PLACER CLAMADO


Vienes, para despertar un viernes,

con el vibrar de tus timbales,

yaces inocente, a veces,

confundiendo mis modales.

Siento tus muslos latir,

siento tu delta inundado,

siento mi cuerpo parir

una dureza en mi falo.

Te abandonas al placer,

registras tu mejor “adagio”,

quieres mi calor lamer

hasta mi último atrio.

Gime, araña, aprieta, goza,

que de tu placer clamado,

brota mi almibarado

néctar de humedad rota.


 

jueves, 30 de mayo de 2024

EL ECLIPSE


 

Zarpamos en la pequeña lancha sobre las cinco de la tarde, más o menos. Llevábamos un par de días preparando la excursión. Una nevera repleta de hielo con un par de botellas de cava muy frío, las copas, algún aperitivo ligero, un plaid enorme, toallas, un pequeño altavoz bluetooth y, por supuesto, las imprescindibles gafas protectoras para no perdernos el fenómeno.

Sabíamos que toda la isla iba a buscar el mejor lugar para disfrutar de este eclipse total de sol, y sabíamos que la mayoría de las embarcaciones de recreo apenas saldrían de la bahía, ya que desde allí había una vista del horizonte privilegiada, pero guardábamos un as en la manga.

Como nos gustaba disfrutar de baños en el mar, en playas no muy concurridas, siempre estábamos explorando nuevos lugares donde ir. Por tierra habíamos encontrado calas impresionantemente bellas, con el acceso complicado por escarpados caminos que, la verdad, eran frecuentadas por muy pocos visitantes. Y por mar habíamos accedido a calas a las que era imposible llegar por tierra y en las que fondeábamos algunas embarcaciones. Pero esta pasada semana, en una deshabitada isla, apenas a cinco millas, habíamos descubierto una cala especialmente discreta, no tanto porque estuviera muy escondida, sino porque los bancos de arena en las proximidades de la costa la hacían especialmente peligrosa para barcos con cierto calado, corriendo el riesgo de encallar, y mi pequeña lancha, de apenas seis metros de eslora, y muy poco calado, me permitía aproximarme casi hasta la orilla sin ningún riesgo, con la única precaución de levantar apenas unos ángulos el motor fuera borda para que no rozase en el fondo marino, todo ello y a pesar de ser una playa de piedras.

En el amarre, llené el depósito de agua dulce de la ducha, comprobé el depósito de gasolina y embarcamos. Una vez salimos de puerto, nos quitamos las camisetas quedándonos en bañador, y a menos de veinte nudos, llegamos a nuestra reservada playa con tiempo suficiente para prepararnos para el espectáculo meteorológico. La corta travesía fue muy tranquila, con el mar sereno, casi sin olas y con un sol radiante. Los dos reímos cuando, en un par de ocasiones, el agua nos salpicó refrescándonos, y esa sensación del agua se agradecía al contacto con la brisa de la velocidad que llevábamos.

Al aproximarnos a nuestro paraíso, vimos que no había absolutamente nadie a la vista, ningún barquito, ni ninguna lancha, lo que confirmó nuestro vaticinio de que sería un lugar idílico para disfrutar del singular momento.

Apenas a cincuenta metros de la playa paré el motor y lo levanté. Me tiré al agua, que casi no me cubría las rodillas, y con el mismo cabo de fondeo arrastré la lancha hasta que el casco tocó arena. Solté el ancla y comencé a llevar todo lo que habíamos preparado a la playa de piedras. La incomodidad que pudieran tener se convertía en todo lo contrario, pues una vez fuera del agua no te manchabas con la arena. Solo se oían las olas como relajante mantra chocando contra las piedras.

Puse las colchonetas de proa de la lancha sobre las piedras y extendimos el plaid encima, pusimos sobre él las toallas, la nevera y el altavoz. Pusiste la play list de Spotify que habías preparado, miramos el reloj y comprobamos que teníamos tiempo de sobra para darnos un chapuzón así que, mirándonos a los ojos y con un gesto de complicidad, nos quitamos los bañadores, nos dimos un beso en los labios y, cogidos de la mano, fuimos paseando hasta quedar casi flotando en el mar.

El agua estaba a una temperatura fantástica, ni caliente ni excesivamente fría. Quitados los primeros metros de piedra, el fondo del mar era de arena. Dimos unas brazadas a crol y, donde no hacíamos pie, nos quedamos flotando boca arriba dejando que el sol nos acariciara. Estuvimos unos minutos hasta que nos recompusimos y, a braza, regresamos lentamente a la orilla mientras hablábamos sobre la expectación del eclipse.

Cuando el agua nos cubría los hombros nos pusimos frente a frente y nos abrazamos. La sensación de sentir tu cuerpo desnudo contra el mío, en el agua, me resultaba muy excitante. Tus pechos aplastando tus areolas tostadas con tus pezones turgentes por la sensibilidad a la temperatura del agua contra mi pecho era muy estimulante. Nuestras lenguas comenzaron a juguetear, y mi erección no tardó en manifestarse. Intenté evitarlo, pero fue imposible, mi cuerpo reaccionó de manera natural y sentí como me hinchaba lentamente, como iba endureciéndome y como se comenzaba a descubrir mi ariete, sintiendo la arrugada piel tensarse y liberar la protección de mi glande. Cuando sentiste mi miembro rígido contra tu cuerpo, abrazándome el cuello te aupaste y rodeaste mi cintura con tus muslos, dejando mi pene presionando en tu entrepierna y, a la vez que llevaba mis manos a tus nalgas, para sujetarte, comenzaste a mover las caderas en un vaivén cadenciosamente lento, masturbándote con mi erección.

Si ese roce me estaba endureciendo más, sentir el ritmo de nuestra respiración acelerarse y oír los ahogados gemidos que se te escapaban hacían que me sintiera en el mismo cielo, flotando entre nubes de algodón.

No pude calcular el tiempo que así te estuviste frotando, pero no debió ser mucho, porque yo no hubiese aguantado, a pesar estar así, rozándote sin penetrarte, pero el placer era superior, y lentamente comenzaste a desacelerar, hasta parar, y cuando bajaste, nos volvimos a abrazar y sin articular palabra nos dirigimos a la orilla.

Al ir saliendo del agua mi erección se mantenía, miraste mi miembro, alargaste una mano, sopesaste mis testículos, como queriendo comprobar el nivel de mi excitación por su propia carga, y reíste traviesa. De fondo se oía la música que habías puesto. Llegamos al plaid, miramos la hora, y comprobamos que todavía era temprano. Cariño, te dije, ¿Te apetece una copa de cava? Por favor, contestaste. Así que abrí la nevera, saqué las dos copas perfectamente embaladas y descorché una de las botellas. Serví las dos copas, “por nosotros y nuestro paraíso” te dije y, tras chocar delicadamente las copas, le dimos un largo sorbo al frío cava. Tenía la garganta seca, no sé si por el calor o por la excitación, el caso es que, sentir el espumoso burbujeante al tragar en mi garganta, volvió a reavivar la erección que comenzaba a desaparecer.

No teníamos ninguna prisa, la tarde era nuestra, el lugar idílico y estábamos juntos, así que, con ganas de disfrutar el uno del otro, pero sin querer terminar, comenzamos a volver a calentarnos sutilmente. Sentados, el uno frente al otro y con las piernas entrecruzadas por detrás de nuestros cuerpos, volvimos a dejar que nuestras lenguas jugaran, y mientras con mis manos retiraba el cabello mojado de tu rostro, tú me acariciabas el cuello y la espalda, arañándome con tus uñas muy delicadamente. Mi miembro de nuevo anunció su presencia, esta vez con una reacción más rápida que dentro del agua, y sentí mi glande hinchado y terso, libre al contacto con la brisa del mar.

Fui descendiendo con mis manos por los costados de tu cuerpo hasta rozar las redondeces de tus senos, y acuné tus tetas con delicadeza, masajeándolas suavemente, disfrutando de tu aterciopelada piel y dándoles la bienvenida a tus pezones que, de nuevo, se marcaban. Las areolas estaban rugosas y contrastaban con la suavidad de la copa de tus pechos y mientras una mano seguía rozándolos, la otra comenzaba a descender bajo tu ombligo, hasta llegara tu pubis. Alargué un dedito, sin presionar, y sentí las crestas de tus labios vaginales que comenzaban a desplegarse. Aplasté tu clítoris con mi dedo y tus uñas se clavaron en mi espalda a la vez que arqueabas la tuya y soltabas un gemido.

Seguí acariciándote con cariño, rozando tus ingles, abandonando tu caramelo más sensible, apenas rozando tus labios, que lentamente comenzaban a humedecerse por tus jugos naturales. Sentía en mis dedos como te ibas abriendo, sin prisa, pero sin pausa, y como las yemas de mis dedos se impregnaban en tus flujos cuando sentí tu mano agarrar con fuerza mi polla y agitarla, durante unos segundos, casi con violencia. Cuando paraste, empujándola hacia abajo, comenzaste a masturbarte de nuevo, frotándote la vulva con mi glande, que resbalaba, casi patinaba, entre tus labios vaginales totalmente abiertos y empapados en tu lubricante néctar. Y a la vez que te pajeabas movías tus caderas de adelante hacia atrás para aumentar la presión y casi sentir la cabeza de mi verga en tu interior. Tus tetas se bamboleaban delante de mi rostro y alargando mi cara las buscaba para lamer esos pezones, para abrazarlos con mis labios, para succionarlos, para mordisquearlos.

Nuestros cuerpos habían comenzado a transpirar y sentíamos las gotas de sudor caer por nuestras espaldas, hasta perderse entre nuestras nalgas. Comenzábamos a sentirnos realmente cachondos, la respiración se nos entrecortaba y, de nuevo, nuestras bocas se habían secado.

Para, te dije, no quiero que terminemos ya, e inmediatamente me soltaste, lo que hizo que mi verga saltara como un resorte hacia arriba, resbalando entre tu vulva. Nos separamos un poco, lo justo para coger aire y poder servir otras dos copas del frío cava. Estábamos sudorosos y volvimos a darle un sorbo largo al espumoso. Rellené las copas y las terminamos saboreándolas a cortos sorbos.

Te pregunté: ¿Estás bien? Corazón. Muy cachonda, me dijiste, y eso me encendió de nuevo. Démonos un baño, te dije. Nos levantamos y nos dirigimos al agua. Te pusiste dos pasos por delante de mí, como si tuvieses prisa por refrigerar tu entrepierna, lo que dejó a mi vista tu glorioso culo, dándote una sonora cachetada, que te hizo dar un saltito y volver tu mirada hacia mí con ojos revoltosos.

Repetimos el baño, unas brazadas hacia donde cubre, un poco de relax dejándonos mecer por las olas y un regreso pausado a la orilla, con la particularidad de que ahora estábamos realmente encendidos. Calculo que llevaríamos unas dos horas jugando, y estábamos muy, muy excitados, con ganas de retomar y no parar hasta que nuestros cuerpos no aguantasen más este placer delirante.

Sobre el plaid volvimos a saborear el cava, miré el reloj y apenas faltaban quince minutos para la hora prevista del eclipse. ¿Te apetece comer algo? Inquirí. Me comería tu polla, respondiste con un descaro y un tono lujurioso que hizo que me empalmara de nuevo. Ahora vamos a ver el eclipse, te recriminé.

Entre sorbo y sorbo, mirando al horizonte y ya con las gafas especiales puestas, apenas distinguíamos el brillo del astro rey, cuando sentí tu cabello caer sobre mi abdomen y tus labios rodeando mi glande. Sin mover tu boca comenzaste a jugar con tu lengua, recorriendo cada pliegue de mi polla, recreándote en el frenillo y arrancándome unos gruñidos ininteligibles de placer mayúsculo. Recorriste mi falo sin prisa, hasta lamer mi escroto y succionar en tu boca mis testículos, uno a uno, lo que hacía que me retorciera de placer. Volviste a la cabeza hinchada de mi verga, donde me lamiste, me mordisqueaste y me succionaste como queriendo extraerme ese veneno que me ponía tan caliente mientras un dedo travieso se escondía tras mis huevos y comenzaba a acariciarme el ano, lo que me provocó una oleada de calor tan intenso que tuve que retirar tu cabeza de mi polla porque sentía que me corría.

El sol cada vez estaba menos brillante y, sin decirme nada, te sentaste sobre mí, dándome la espalda, para poder verlo también. Alargaste una mano entre tus muslos y cogiste mi polla erecta, te frotaste un par de veces y, apuntando a tu entrada, te dejaste caer lentamente hasta que mis huevos hicieron tope. Te quedaste quieta y apenas sentía como tu vagina comenzaba a contraerse rítmicamente, cuando la luna comenzó a cubrir el brillo del sol.

Hubiese jurado que fue para ti una orden astral que te pidió que comenzaras a mover tu culo en un vaivén endemoniado. Me incorporé lo suficiente para poder lamerte la espalda y sujetarte las tetas que botaban descaradas con tu baile. Pincé tus pezones con dos dedos, tiré de ellos hacia la luz que se desvanecía y aumentaste el ritmo, apretaste tus músculos y la telúrica oscuridad se iba haciendo más patente. Abandoné tus pechos y te sujeté por las caderas, llevando una mano a tu clítoris y comenzando a masturbarte a la vez que me follabas, cada vez con más fuerza, cada vez más rápido, cada vez más salvaje.

El sol se ocultaba mientras sentía como mis huevos se mojaban con tus flujos. No pares cariño, te dije agonizante, intercambiando gemidos y jadeos. Sigue así, me estás volviendo loco y te di una cachetada en las nalgas. A pesar de la penumbra la espalda te brillaba, pues habíamos comenzado a transpirar de nuevo. La temperatura había bajado unos grados, pero nuestros sexos estaban abrasando. Tu clítoris asomaba hinchado y la yema de mi dedo resbalaba lubricada sobre él, presionándolo rítmicamente y agitándolo de izquierda a derecha todo lo que la apertura de tus muslos me permitía, hasta que cuando la luz se fue, me dejé caer hacia atrás, te ayudé en tu vaivén con la elevación de mis caderas y al tiempo que exclamabas un ¡Me corroooooooooooo!, un sonido desgarrador salió de mi garganta mientras nos corríamos como dos auténticos salvajes, vaciando mi semen en tu vientre y contrayéndote sobre mi verga exprimiéndola por completo.

Poco a poco la luz recuperó su brillo y nuestros corazones volvieron al ritmo normal. Recuperamos la calma. ¿Te apetece un baño? te sugerí. Aceptaste y, de nuevo, de la mano fuimos a recuperar la temperatura natural de nuestros cuerpos.

Nos secamos tumbados con el sol que el eclipse había consentido mantener. Serví cava y dijiste “Por el eclipse, por nuestro orgasmo” en un singular brindis que recogí gustoso. Hicimos sonar nuestras copas y bebimos un sorbo de cava. Tomamos algo de los aperitivos que habíamos preparado y, cuando el sol, ahora de manera natural, anunciaba su retirada en el horizonte, embarcamos de nuevo.

Nos dimos una ducha de agua dulce con la ducha de la lancha, para quitarnos restos de la sal del mar y de nuestra apasionada sesión de intenso sexo.

Nos pusimos los bañadores y pusimos rumbo a puerto.

En la corta travesía nos encontramos con embarcaciones que habían salido a disfrutar del fenómeno, pero afortunadamente, ninguna había invadido nuestra intimidad.

La felicidad se reflejaba en nuestros rostros, y el placer en nuestros sexos.

No pienso esperar hasta el próximo eclipse para repetir, te advertí en tono divertidamente amenazante. Me ha parecido oír en las noticias que mañana hay otro, me respondiste divertidamente descarada.

Mañana nos eclipsaremos al atardecer.

miércoles, 29 de mayo de 2024

SEXO INTENSO



Sexo intenso que nos deja agotados. Sexo fuerte que me hace buscar refugio en el cobijo de tu regazo. Sexo que huele, sexo que moja, sexo que excita, sexo que agota. Juega con mi cabello mesándolo como si fuese un niño. León convertido en gatito, furia en calma, dominante sometido. Recuperemos el aliento, recobremos el ritmo cardiaco. Busquemos la paz uno en el otro. Reposo. Descanso. Asueto. Y tira de mi cabello haciendo que levante mi mirada hacia ti para decirme con los ojos que quieres volver a hacerlo.

 

 

ENTREGA

Nívea piel la de tus nalgas desnudas que se tornan sonrosadas cada vez que la palma de mi mano cae sobre ellas. Resuello que recuperas cuand...